Narcolepsia

Daniella Blejer
Diciembre de 2023-enero de 2024

 

 

Fotografía: Pixabay

 

Muchos años después supe que mientras papá dormía su cuerpo se desdoblaba en el tiempo y en el espacio. Mientras tomaba la siesta a la mitad de la carretera de Acapulco, despertó en la butaca de un tren. Por la ventana vio los paisajes de su infancia. Los sembradíos de la provincia de Entre Ríos, Argentina, se deslizaban ante su asombro. Sus manos sostenían un ejemplar de Rico Tipo, el semanario de humor que leía de niño. Los asientos y las puertas del tren eran de madera. El señor parado junto estaba leyendo un periódico. Se fijó en la fecha, era del mismo día, pero de 1952. Del otro lado y sostenido de un poste, dormía don Gregorio, su abuelo, quien tenía la habilidad de despertarse en el momento justo en el que el tren llegaba a la estación.

Pasando Chilpancingo, papá, como otras veces, se había estacionado sobre el arcén para tomar una siesta. Apenas nos avisó de sus intenciones cuando ya había cruzado los brazos y hundido la quijada en el pecho. Al poco rato empezó a roncar. No había manera de despertarlo, ya sabíamos que la siesta podía durar otro par de horas. Mientras tanto, mamá aprovechó para tomarse una siesta también. Mi hermana y yo jugamos cartas, turista y leímos comics de Archie para disminuir el paso del tiempo sobre la inmensidad del territorio mexicano. 

Dicen que la maldición familiar cayó una tarde de 1903 cuando el joven Gregorio regresaba de la construcción del ferrocarril a casa de sus padres. Montaba su caballo blanco en el instante en que un fuerte viento empezó a soplar. El caballo, asustado por la tormenta eléctrica, comenzó a recular hasta tirar a su jinete a las orillas del río Guayquiraró. Semiinconsciente, el bisabuelo recordó las historias del monstruo de cola corta y púas venenosas que habitaba por esas aguas y que los pobladores llamaban perro de río. Corría el rumor de que el monstruo patrullaba la orilla para cazar, pero nadie podía verlo porque sabía mimetizarse con el entorno. El perro, aprovechando su invisibilidad, atacaba caballos, vacas y a los niños que sorprendía jugando en la orilla. Al ver al monstruo volar por encima de él, Gregorio dijo, antes de desmayarse, que el animal no podía ser tan malo como lo pintaban, pues hasta parecía sonreírle.

Un par de días después volvió en sí en una cama en casa de sus padres en Basavilbaso, Argentina. Unos aldeanos lo habían encontrado a punto de desangrarse. El aguijón del perro de río, explicó el doctor del pueblo, es muy venenoso, por lo que necesitaba mantenerlo en observación.

Con las semanas las heridas sanaron y el doctor lo dio de alta. Todo parecía volver a la normalidad en la vida de Gregorio, salvo por la aparición de unos ataques de sueño incontrolables.

La primera vez que se quedó dormido fue comiendo una sopa de cebolla en el comedor de casa de sus padres. Al despertar notó que estaba en un comedor mas grande, el paisaje que vio por la ventana era nevado, frente a él yacía un plato de borscht en lugar de la sopa de cebolla. El aroma del betabel le trajo vagos recuerdos, una canción de cuna que le cantaba la abuela. “¿Tumbalalaika?” Junto al samovar, un calendario marcaba 3 de marzo del año 1881. Tras unos minutos de desconcierto, don Gregorio cayó en la cuenta de que estaba en casa de sus abuelos en Odesa, Ucrania, a semanas del pogrom donde perdieron la vida. Quería advertirles, decirles que se fueran de ahí, pero no pudo hablar. Ellos le sonreían como cuando era niño, como si el tiempo no hubiera pasado. Quizás la frustración de no ser oído hizo que un sueño pesado se apoderara de él. Despertó en casa de sus padres de nuevo, la sopa de cebolla se le había enfriado, su madre lo miraba con cara de reproche.

Al formar su propia familia, Gregorio comprobó que los efectos del veneno habían sido transmitidos a toda su descendencia. La mayoría tenía el don o la incontrolable maldición de quedarse dormido mientras viajaba en el tiempo, a veces a lugares en los que ya había estado, otras a sitios en los que estaría en el futuro.

Mientras don Gregorio dormía parado en el tren, papá recordó que aquella tarde, hacía más de cuarentaicuatro años, lo había acompañado a su aserradero, el que quebró en los años sesenta. También se acordó de las clases de economía que había tomado en la facultad. El profesor les enseñó que, después de la posguerra, la construcción de acero había repuntado. Trató de despertar a su abuelo, lo sacudió fuertemente, quería aconsejarlo de invertir en acero. El abuelo Gregorio abrió los ojos, pero antes de que mi papá pudiera decirle algo se despertó en la sala de la casa en la Ciudad de México, en 1988.

Estaba recostado en un sillón. En el otro sofá dormía mi mamá con la cabeza sobre el descansabrazo y la boca abierta. Yo la sacudía con fuerza.

––¿Qué pasó?, ¿dónde está Nora? ––preguntó mi mamá, aturdida.

––¿Una señora alta de pelo negro ondulado?

––Sí.

Coincidimos en la puerta, ella ya iba de salida. Estaba furiosa, azotó el portón y se subió a un taxi.

Mi mamá se cubrió la cara con las manos.

––¿Cómo pudieron hacerle esto? —pregunté indignada.

Nora vivía en Australia, no la veían hacía quince años. Había atravesado la ciudad con regalos para toda la familia. Aturdidos, trataron de reconstruir la escena: la recibieron en la sala. Mientras ella contaba sus experiencias, mi papá comenzó a sentir sueño, trató de seguir el hilo de la conversación, pero al poco tiempo empezó a cabecear sin control. Mamá no pudo recordar el momento preciso en el que se quedó dormida. De Nora nunca volvieron a saber nada.

––¿Por qué le está pasando esto a mamá? ¿Es contagioso?

––Pregúntale a él ––dijo mi papá señalando la foto de un señor canoso, de ojos azules, vestido en un traje impecable. Entre sus manos sostenía un elegante reloj de bolsillo.

Me quedé viendo los ojos herméticos de don Gregorio. Nadie tenía una explicación científica ni esotérica sobre la disfunción familiar.

Al cumplir la mayoría de edad el mal se manifestó en mí. Había ido con unos amigos a la lucha libre. Afuera de la Arena Isabel de Cuernavaca vendían patas de pollo en adobo. Nos sentamos en la tercera fila junto a una vieja con pinta de Sara García. A la mitad de la pelea, Ultramán y Atlantis saltaban con mallas apretadas y botines de colores y la abuela del Chocolate gritaba: “Órale, cabrón, rásgale los huevos, puto”. Ultramán la alcanzó a oír y paró la pelea para amenazarnos: “Si no se callan, los meo”, nos gritó apretando los músculos del pecho como si fuera Hulk. Durante el intermedio, el público lanzó al ring los huesos de las patas de pollo compradas a la entrada.

La segunda pelea fue entre un equipo de gemelos tailandeses vestidos de sumo y unos güeros de Minnesota disfrazados de vikingos. Y hasta ahí llega mi recuerdo de las luchas; al despertar, estaba sentada en el asiento delantero de un coche. Viajaba en carretera con un grupo de amigos que aún no conocía, rumbo a una de las playas de la costa de Jalisco. Abrí los ojos y se empezaron a reír, habían apostado el kilómetro exacto en el que clavaría el pico. Una mano sacudió mi hombro para avisarme que había que abandonar la Arena. ¿Cómo puedes dormirte en las luchas?, preguntó mi amiga. Yo me encogí de hombros.

A partir de ese incidente traté de no quedarme dormida en lugares públicos. Para controlar los ataques de sueño empecé a tomar grandes dosis de café, anfetaminas, intenté hacer hipnosis y hasta fui con un chamán, pero nada surtió efecto. Me quedé dormida en un auditorio de la Universidad lleno de estudiantes y desperté en una de las sillas acomodadas contra la pared de La Última Carcajada de la Cumbancha. “La gente baila slam dance, y tú dormida como un bebé”, me dijo con simpatía alguien que parecía ser mi novio. Volví a cerrar los ojos, uno de los punks me tiró de la silla, me desperté en el auditorio gritando: “¡Quítate, cerdo!”. El conferencista interrumpió su discurso para pedirme que guardara silencio.

Ahora tengo la edad que tenía mi padre cuando salíamos de viaje en carretera. Al manejar, a veces me entra sueño y, al igual que él, orillo el coche para dormir una siesta. El policía se acerca a preguntar si todo está bien. Desde el asiento de niños mi hija se asoma por la ventana, entre bostezos, le dice al policía que no se preocupe, que su mamá está visitando al abuelo, que se quedó dormido en otro coche.

Desde el asiento de atrás oímos los ronquidos de papá. Un policía se acerca, está prohibido estacionarse en el arcén para dormir una siesta, nos dice. Mi hermana y yo dejamos de leer los comics y nos miramos con complicidad: así fue como aprendimos a manejar en carretera.

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Daniella Blejer

Narradora y ensayista. Doctora en letras por la unam. Autora de Los juegos de la intermedialidad en la cartografía de Roberto Bolaño (Brumaria, 2017), Antwerpen (Librosampleados, 2021), y editora del volumen Visibilidad e interferencia en las prácticas espaciales (Diecisiete Editorial).