Santa Anna
Aquel muelle cerca de Santa Anna,
donde veía la silueta de los suburbios recorrer la lejanía
con sus cercas marrones y prefabricadas
persiste como una idea fija,
como una instantánea
o una dolencia.
El muelle en la bahía de Newport
y el de la foto que guardo no son el mismo,
el mármol del cielo puesto boca abajo en el mar,
con las olas detenidas y el tránsito de las aves
ahora me parece inverosímil,
pero necesario cuando el silencio aún repite sus palabras.
Caminando por la playa te escuchaba,
hablamos de la estrella dentro de su garganta,
sobre su tez mórbida, sobre su luz tardando en iluminarnos.
Vemos las olas romperse en la escollera.
En la arena los pasos son lentos
hacia el muelle invadido por el sol,
muy temprano aparece el trazo de la costa sobre el mar
detenido sobre las débiles olas,
a esa hora del día muchos hombres piensan en partir
y en que aún es posible,
aquel día, a esa hora, otros hombres pescaban
o fingían hacerlo,
en la distancia intermitentes aves iban y venían,
de muchas formas planeaban en el viento,
tal como las olas.
Mientras callabas veía el cabello sobre tu espalda,
a través de la cámara,
no tomé esa fotografía,
tu blusa blanca y negra y el mar azul
me lo impidieron.
Esa mañana, en el Pacífico, sentí un frío nuevo
y vi las muchas formas en que las olas pueden desaparecer.
El invierno es mi perro,
el verano los pájaros de mi jaula,
me contabas,
la soledad en sefardí es azul,
la luna llena en la lengua de Nietzsche
pisa como un gato su tapiz de estrellas,
el agua y el lenguaje todo lo cambian
siendo siempre los mismos,
pero no el fuego que consume lo que toca
y se alimenta de sí y siempre cambia.
La madera del muelle que arde pesa en mi memoria,
en el fondo de un mar sin oleaje
mudo por la ausencia del viento,
cansado de tanto abandonar por la borda
el incendio en otro sueño.