Ilustración (no utilizada) de José González para el cartel de la película They Shoot Horses, Don't They?, dirigida por Sidney Pollack en 1969
Los enredos y las rencillas de un concurso de resistencia de baile cerca de Hollywood no parecen argumento suficiente para una obra maestra. Sin embargo, el ojo entrenado y la afilada pluma del estadounidense Horace McCoy (1897-1955) transformó esta materia de apariencia vana en su primera novela, ¿Acaso no matan a los caballos? (1935), uno de los pilares excéntricos del género negro en el siglo xx.
Nacido en Pegram, Tennessee, Horace McCoy creció en Nashville y en Dallas. Según su biógrafo John Sturak, aunque fue un ávido lector desde niño, pasó apenas un año en la preparatoria y a los quince trabajaba con su padre en la venta de té y café. La Gran Guerra lo llamó a filas en 1918 y fungió como fotógrafo aéreo en Francia, además de navegante, operador de radio y tirador.
McCoy volvió condecorado a Estados Unidos con la idea de convertirse en reportero. Ocupó por años la sección de deportes de un periódico en Dallas hasta que se descubrió que inventaba la mayoría de sus notas. En 1927, tras empleos en el periodismo de estilo de vida, la publicidad y pequeños roles como actor, McCoy colocó sus primeros cuentos en la memorable revista Black Mask, cuna del hard-boiled estadounidense. Con historias llenas de acción, diálogos punzantes y hombres duros, sentaría las bases del género negro junto a Raymond Chandler, Dashiell Hammett y James M. Cain.
El escritor se mudó a Hollywood en 1931; tras varios rechazos actorales, se dedicó al guionismo y los tratamientos de películas. De uno de esos guiones nunca filmados germinaría su primera novela, They shoot horses, don’t they? (¿Acaso no matan a los caballos?). En un centenar de páginas, McCoy reconfiguró el policial de su tiempo: sin detective ni investigación, con sólo un puñado de disparos, en un espacio narrativo cerrado, el escritor narra la miseria, la desesperación y el pesimismo de los jóvenes que crecieron con los estragos de la Gran Depresión y subsisten mediante trabajos ocasionales, pero hallan un maratón de baile que ofrece mil dólares a una pareja ganadora.
Contada en fragmentos que entremezclan el juicio y la sentencia por el crimen en el presente con los hechos trágicos del pasado, McCoy no teme anunciar a su asesino desde la primera página: Robert Syverten, un aspirante a director de cine, ha matado de un disparo a su compañera de baile, Gloria Beatty, una actriz desempleada; el oficio del narrador es llevarnos a las entrañas de la desesperanza, los esfuerzos sin fruto, el abuso silencioso y la falta de respuestas existenciales para comprender por qué este joven común ha jalado del gatillo en un acto de empatía por una amiga con pulsiones suicidas.
¿Pero es correcto matar a un amigo para terminar con su sufrimiento emocional? ¿Concluir que la vida moderna es una cadena de explotaciones que pulveriza a seres que se destruyen a cada paso en la meca del capitalismo? ¿Es la voluntad de vivir o de suicidarse el gran problema filosófico de las generaciones que sobrevivieron a la guerra? “No fue un asesinato. Quise ayudar a una persona y sólo he conseguido condenarme”. La confesión honesta, brutal y despojada de Syverten antecederá en más de un lustro a El extranjero de Albert Camus, pero no faltarán admiradores en Francia que saludarán a la novela de McCoy como una obra existencialista avant la lettre.
Tras el gélido recibimiento de la crítica estadounidense que no gustó del retrato de sus taras sociales, los elogios de ultramar animarían a McCoy a continuar su trabajo literario con cinco novelas más. Sin embargo, quizá ninguna de esas obras tenga la contundente honestidad y la visión microscópica de ¿Acaso no matan a los caballos?, donde el autor conjugó el ojo para hallar las mezquindades y penurias humanas en breves cuadros, la prosa letal, la compasión irónica y el fresco de denuncia social de las artimañas de organizadores de eventos que ofrecen cama y comida a sus concursantes a costa de su dignidad, su aprisionamiento, una obsesiva competitividad y su terca explotación hasta la extenuación física (de ahí el nombre de la novela para referirse al destino de un equino —o un humano— que revienta bajo estos parámetros).
Entretejida con reflexiones sobre el suicidio, la soledad, el trabajo y el utilitarismo de los afectos, con el Océano Pacífico de fondo y el sol como única imagen de libertad frente al encierro dancístico, estarán la sed de noticias del periodismo de celebridades y de nota roja, los intereses entre concursantes y fans, el clamor hipócrita de organizaciones moralinas opositoras a estos eventos, la corrupción entre autoridades y los sueños rotos de unos bailarines desesperados por la falta de oportunidades vitales, reunidos bajo un circo mediático que se devora y se regenera en dinámicas absurdas con tal de obtener público, patrocinadores y dinero cada noche.
Novela social y filosófica, anticipatoria del ansia de celebridad, el burn-out, el juicio mediático y los realities que pueblan nuestras vidas en las primeras décadas del siglo xxi, McCoy escribiría un clásico minimalista del género negro, sin necesidad de callejones oscuros, crímenes atroces, femmes fatales ni detectives. Una pequeña joya narrativa que Sidney Pollack llevó al cine en 1969, catorce años después de que McCoy muriera medio olvidado de un ataque al corazón. Lejos de la fama o el estrellato literario, se cuenta que la viuda hubo de vender todos los libros del escritor para pagar su funeral.
(Ciudad de México, 1982)
Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la unam. Es autor de Vértigos, Tiempos de furia y El canto circular. Obtuvo el Premio Nacional de Relato Sergio Pitol, el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí, el Premio Nacional de Novela Élmer Mendoza y el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas.