Fotograma de En sus zapatos, Alejandro Perdomo, Quilmes, Argentina, selección oficial del 14º Festival Internacional de Cineminuto.
Naciste en Alicante y tus papás migraron en la década de los noventa desde la región china de Wenzhou. ¿Cómo es tu relación con las distintas ciudades en las que has crecido?
Wenzhou y Alicante para mí son ciudades biográficas. Sin ellas yo no existiría, pero nunca he vivido en ellas, y sólo las he visitado y paseado con el peso de ser lugares importantes en el puzzle de mi historia. He visitado Wenzhou sabiendo también que no es el Wenzhou personal que conocieron mis padres y en el que nació mi hermano mayor, pero que es la localización física de aquello fantasmagórico y heredado que también encuentro en España. Lo mismo encuentro en otros lugares del mundo al que ha llegado la diáspora wenzhounesa: el idioma wenzhounés que se habla en las calles con comercios chinos de las ciudades españolas, los nombres de restaurantes que rememoran sus distritos, su comida, etcétera.
Alicante, por su parte, es un lugar que me ha definido desde su “españolidad”. Como mujer de origen chino y familia extranjera en España es frecuente también que los españoles hagan el comentario: “¡Pero tú eres de aquí! Naciste en Alicante”. Otorgan un peso al lugar de nacimiento que, aunque comprendo, no comparto. Aun así, estar en Alicante siempre es especial para mí.
¿Pueden las ciudades moverse con nosotros? Cuando se cruzan dos lenguajes, dos caminos de personas diferentes, ¿qué se pone en juego? ¿Somos extranjeros frente al cuerpo del otro?
Las ciudades siguen sus propios procesos de movimiento, que tienen que ver con los movimientos del mundo. Y como el mundo también somos nosotros, yo lo veo todo muy a la par, no hay una distinción o una independencia. Por otra parte, una siempre lleva a cuestas lo que ha vivido en distintos tiempos y lugares, da igual si lo recuerda todo perfectamente, si lo escribió y lo reimaginó, si se lo contó a un amigo por carta o si olvidó casi todos los detalles, porque existe una memoria del cuerpo, una memoria de los otros sobre ti, y una memoria de la ciudad en relación a ti.
Dos personas diferentes que cruzan sus caminos también cruzan sus lenguajes. No hay ninguna persona exactamente igual a la otra. Como dice Amin Maalouf al inicio de Identidades asesinas: todas somos mezclas en proporciones únicas de elementos diversos. De ahí que el otro pueda ser cielo o infierno, de ahí que con el otro surja ternura, vacío, o conflicto. Nuestro cuerpo es territorio y acercarse a otro implica un diálogo intercultural e intercorporal y en ese proceso puede seducirnos, invitarnos a que queramos abrirnos o sincerarnos hasta derribar cualquier frontera.
¿Quiénes somos cuando migramos de ciudad? ¿Crees que cuando la ciudad se desordena, también florece?
Como personas, el mantenimiento de nuestra unidad en diferentes tiempos y espacios es una ficción que nos creemos porque tenemos de manera muy constante un mismo aspecto físico y sustentamos un mismo relato de nuestra autobiografía. Pero más allá de eso, migrar implica muchas veces una reordenación extraña de nuestro yo que arroja luz sobre partes desconocidas de nosotras mismas y esconde otras de forma inusitada.
El desorden para alguien es también algún tipo de orden para otro. Lo que tiene la ciudad es que no es un cuarto propio donde hay un maestro que lo domina. La ciudad es absolutamente plural y contiene multitudes de microcosmos. De ahí que un aparente desorden haga florecer muchas cosas inesperadas. No siempre valoraremos los resultados como positivos, claro, pero podemos intentar enamorarnos de la sorpresa misma.
Si alguna vez sentiste que perteneces a muchos espacios y que, a la vez, en ninguno estás en casa, ¿cómo acortar la distancia para escribir sobre un lugar?
Para mí tiene que ver con el cuerpo y el corazón/mente, con los recovecos y pequeñas hendiduras donde puedes conectar, con el poquito de piel que a veces enseñamos. No me dejo avasallar sobre lo que significa un lugar para mucha gente que, de hecho, no conoce ese lugar. Si escribo sobre Barcelona no me dejo llevar porque Barcelona sea para muchas personas —sobre todo, turistas— la ciudad de Gaudí, de la Rambla, o de la Barceloneta. Pienso en la amiga que me llevó a un parque un día para hablar de un poema que había escrito, o en la única línea de metro que conozco del todo bien. Hay muchas razones por las que pertenecemos a un lugar y a la vez, muchos sentimientos que nos indican lo contrario. La pequeña intersección de lo uno con lo otro, esa pequeña veta de oro, es lo que debemos buscar.
¿Cuáles herramientas crees que ofrece la poesía, a diferencia de otros géneros, para decolonizar la mente?
Para mí, la mente es el lugar del lenguaje, por lo que decolonizar la mente tiene que ver con decolonizar el lenguaje, tal y como lo entendía Ngũgĩ wa Thiong'o. La poesía es el género literario que más trabaja con el lenguaje. Claro que narrativa y teatro también, pero en narrativa, por ejemplo, pensarás más en elementos como la trama o los personajes, mientras que en poesía tendrás en cuenta más el ritmo y la sonoridad del lenguaje en sí. Tienes también más libertad para inventar palabras, reapropiarte del vocabulario del pasado —¿o del futuro?—, resignificar, proponer otras formas gramaticales menos encorsetadas. En ese sentido, para mí la poesía te da más oportunidad de liberarte de la carga del lenguaje colonial, cuya bandera es el sometimiento de unos por los otros.
¿Cómo distinguirías el fenómeno migratorio de la gentrificación?
La gentrificación tiene mucho que ver con una cuestión de clase, de poder adquisitivo, y de libertad de movimiento neoliberal asociada a esa clase. Evidentemente, dentro de la migración también hay muchas categorías y clases sociales, pero tradicionalmente el término “migrar” tiene una connotación de ir de un sitio a otro. A veces para trabajar en ese sitio porque en tu lugar de origen no hay oportunidades, por ejemplo, pero los trabajos que vas a conseguir al principio de migrar no van a estar bien remunerados porque son los que no quiere la gente autóctona y nativa.
A veces el fenómeno de la migración por razones socioeconómicas se le distingue del exilio y del refugio político, pero yo cuestiono que la migración en este sistema capitalista sea “libre”: ¿qué libertad es la de o te quedas en tu lugar de origen para morir de hambre o pasar muchas penalidades o te vas? Eso no es libertad. La libertad que existe ahora mismo es la de esas clases acomodadas que pueden trasladarse a lugares donde la población autóctona tiene mucho menor poder adquisitivo que ellas. Considero que de esa forma, con sus mejores salarios y su consumo, se inicia el fenómeno gentrificador que, de algún modo, “mejora” los servicios o características de ese lugar a cambio de desplazar a la población autóctona hacia otro lugar porque ésta ya no puede pagar ni permitirse vivir en ese sitio que ha subido sus precios.
No soy ninguna experta de este tema, así que hablo sólo desde mi reflexión personal. Yo creo que la gentrificación es más compleja que solo la revitalización y recolonización de espacios. Y por tanto, como es más compleja, hay más responsables. Claro que podríamos mencionar Airbnb, pero también son las ciudades las que están permitiendo esos cambios con el turismo como motor económico.
A propósito de tu taller, “Migración, distancia y literatura”, te he escuchado decir que “escribir es poner orden sin perder lo salvaje”, partiendo de las distancias que te han estirado el corazón y el lenguaje. ¿Podrías desarrollar más esa idea?
La imagen clásica es la de la domesticación, la de la transformación de la selva en un jardín. Aunque tiene su belleza, comparte connotaciones civilizatorias y colonizadoras que tampoco nos gustan. Para mí tiene que ver con hacer un jardín en esa jaula de cemento y hierro en la que se han transformado muchas ciudades. Escribir significa hacer habitable mi mente/corazón, desordenada, disociada, dividida y estirada por las múltiples distancias y fragmentaciones que implica ser un animal social. Ponerle orden es encontrar un sentido a la vida, y auto narrarnos.
En tu libro Invocación a las mayorías silenciosas se alude a una experiencia de no saber cuál es tu identidad. Como hija de padres chinos migrantes, ¿consideras que también se evoca esta experiencia de racismo, donde tu cuerpo o tu presencia representan una alteración en el ecosistema social? ¿Te han hecho sentir intrusa en tu ciudad?
Lo más problemático de que a una le hagan sentirse intrusa en su propia ciudad —hecho bastante frecuente, sí— es que lo internalicemos y entonces nosotras mismas desarrollemos mecanismos que nos impidan arraigar emocionalmente en ningún sitio.
Como anécdota, en mi lugar de trabajo, una compañera me hizo una broma diciendo que por mi apariencia yo no encajaba en mi ciudad porque yo encajaba “en algún sitio de Asia”. Además de parecerme un comentario dañino, me hizo pensar mucho sobre en qué tipo de ciudad vivía ella y en qué diferente es su visión de la misma ciudad respecto a la mía. Me impresionó que realmente pudiera pensar eso, teniendo en cuenta la cantidad de personas asiáticas que habitan la ciudad y a las que es muy fácil ver en cualquier sitio a día de hoy.
¿Crees que puede existir la apropiación o despojo de identidades marginalizadas? ¿Existe un extractivismo de historias migrantes en el arte o quien sea que cuente estas historias puede hacerles justicia?
Es una cuestión del capitalismo neoliberal, que es capaz de apropiarse de todas las historias de las identidades marginalizadas y venderlas como productos consumibles, siempre como cuota y en la periferia de historias centrales blancas y nacionales. Es problemático y no es lo que buscamos (un trozo más del pastel de la tarta del amo blanco, como diría Mikaela Drullard evocando también a Audre Lorde). También es necesario aprovechar las áreas grises a través de las que podríamos hackear el sistema.
Desde la lucha feminista, ¿por qué es importante poner el cuerpo y resistir en las calles?
Las calles donde vivimos son el espacio en el que nos jugamos batallas importantes, lo cual no desmerece luchar desde nuestros espacios íntimos en las casas, con nuestras familias, parejas y amigas, porque debemos tejer desde todos los lugares de poder posible, ya sean micro o macro. Pero las calles son tradicionalmente los espacios de visibilización ¡y esos también son nuestros espacios!
En un mundo cada vez más racista y hostil hacia las minorías, ¿cómo defender los espacios que hemos ganado? ¿Qué requisitos para cruzar ciudades o países enteros esperas sean obsoletos algún día?
Lo primero es la conciencia de que esos espacios se han ganado, se ha pagado un precio alto por ellos, y debemos seguir defendiéndolos porque perder algo siempre es más fácil que ganarlo. Hay que recordar que se lo debemos a las ancestras, a nuestras hijas y sobre todo a nosotras mismas porque queremos presentes más vivibles.
Mi poema “Obscenidad” se titula así porque termina diciendo que quiero un mundo donde los pasaportes sean obscenos, en el sentido de que no se necesiten, de que nos incomoden, de que sean tabú, porque hoy para nosotras es normal que las fronteras sean lugares violentos donde se acepte o se expulse de manera explícita a determinadas personas con base en determinados requisitos, como tener ese documento llamado “pasaporte”. Lo más injusto es que esos requisitos responden a una organización colonial del mundo: si tienes un pasaporte del “norte global” te es permitido circular de forma relativamente libre, mientras que si lo tienes del “sur global” tienes una cantidad de restricciones que a mí la única palabra que se me ocurre para describirla es: obscena.
(Tijuana, 1995)
Licenciada en Escritura Creativa y Literatura por la Universidad del Claustro
de Sor Juana. Es editora y mediadora de lectura. Ha publicado dos libros de poesía: Hipocampo (Dharma Books,
2020) y Algo tibio que matar (El toro celeste, 2025).