Detalle de la exposición Eco-gramas del territorio, de Eric E. Esparza Núñez, Carlos Gutiérrez Angulo y el colectivo formado por Mónica Romero y Pablo Castro, que se montó en la Galería Metropolitana de la uam entre julio y octubre de 2025. Fotografía: Ángel Emmanuel Sánchez.
El triunfo del pensamiento único ha generado ciudades atascadas y derramadas, siniestras y enajenadas, donde persiste la resistencia del apropiacionismo. Una forma de recuperación, de lo que fue expropiado, se ha dado mediante el dolor y la cicatriz. Uno lo puede confirmar si camina por el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México: ahí están los 43 de Ayotzinapa, pero también los 65 mineros de Pasta de Conchos, y las niñas y niños quemados de la guardería abc. Están como antimonumentos que recuerdan todo lo que nos duele y que también son, de alguna forma, una extraña apropiación del espacio público.
Una sociedad alienada de la ciudad misma (en términos reales) y del concepto de polis (en términos ideológicos), compuesta por entes que se derraman caóticamente, por donde pueden o por donde los dejan, entre grietas y surcos de un espacio herido. Una polis que pareciera sólo puede recurrir a lo doloroso como un leitmotiv del apropiacionismo. A los economistas les gusta emplear el término de “derrama económica” cuando un acontecimiento o una situación específica genera un gasto de tal magnitud que varios sectores se ven beneficiados, ya sean comercios, negocios o servicios. Pero la desigualdad que impera en nuestras ciudades confirma la existencia de otros derrames, a veces invisibilizados, pero que tienen un calado más hondo. Como si fuera un ente líquido y liquidado, la masa citadina no es sino un flujo informe que se derrama como intruso patológico. Como si fueran las aguas desbordadas de un río que se convierten en destructivas y mortíferas. Y en esa irrigación, ningún espacio le pertenece a nadie. Hay un río revuelto pero sin ganancia de pescador.
En los fraccionamientos residenciales revisan a los visitantes como si fueran prófugos de la justicia, porque ni ahí se huye de la paranoia. La lucha por los metros cuadrados entre vendedores ambulantes de diferentes agrupaciones, o entre ellos y la policía municipal o estatal, confirma la irracionalidad del espacio. Un espacio que ya no es ni público ni privado, sino una especie de anti-espacio inhabitable, imposible de legislar y/o habitar. La metáfora de un derrame cerebral para explicar el flujo vial y peatonal cobra su máxima significación cuando hablamos de una sociedad ya destruida, con la imaginación y el pensamiento obstruidos, sin logos ni razón. El ideal de Le Corbusier para una ciudad incluía un espacio para habitar, trabajar, descansar y circular, pero el situacionismo con su “urbanismo unitario” propuso otro ideal que incluía la tarea de imaginar, pero sin atentar contra lo funcional. La ciudad situacionista permitiría el intercambio social, el dialogismo y la renovación conductual. La ciudad siniestra actual, derramada, es todo lo contrario.
Sigmund Freud, en su texto sobre Lo siniestro, escrito en 1919, revisaba la ambigüedad del término y sus distintas acepciones. Lo unheimlich, lo siniestro, procede de lo heimisch, lo familiar, que ha sido reprimido. Podríamos decir que son cosas familiares que se han vuelto extrañas por un proceso de represión. Freud relaciona lo reprimido con un estado infantil, y los factores con los cuales se vincula la angustia infantil son la soledad, el silencio y la oscuridad. En ese sentido, una ciudad derramada y siniestra es la que se ha tornado angustiante, la que nos hace sentir solos pese a la multitud y el aglomeramiento. El trauma infantil que un niño experimentaba cuando le impedían hacer una casita con sábanas y sillas en la sala, o acampar en el parque y crear guaridas protectoras en el juego, es el mismo trauma que repite el adulto en una ciudad que le impide lo lúdico y lo protector. La misma sensación al momento de perder la libre circulación y la vociferación. Ya no puede venir el lobo feroz a soplar en las fachadas de nuestras casas, pero sí una exterioridad que nos produce espanto, como las inundaciones, los sismos, las expropiaciones y la gentrificación.
Deambulamos con dificultad en el espanto de una ciudad, es decir, sobre su fantasma. El expansionismo de hospedajes Airbnb, hoteles boutique, cafeterías de especialidad y similares, sopla sin descanso como un nuevo lobo feroz. Arrasa con antiguas casas-protectoras-lúdicas. Un personaje de Borges en El Aleph (ante la inminente demolición de una casa en la calle Garay de Buenos Aires que conecta con el pasado individual y colectivo, en cuyo sótano, por cierto se encuentra alojado un Aleph) dice que “ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo”. En la ciudad expropiada, la ciudad neoliberal, en su acumulación absurda, las cosas no están hechas ya para durar, sino para derramarse.
En esos derrames citadinos, un campo de golf exclusivo, por ejemplo, puede colindar con una mancha monstruosa de casas de interés social donde escasea el agua; siempre y cuando exista una barda gigantesca, alambrado y cámaras de seguridad que dividan los miles de metros cuadrados de la hermosa alfombra verde de los golfistas del montón de casas alineadas en un hacinamiento residual y carcelario. Esas divisiones arquitectónicas y urbanas responden al viejo esquema marxista de centro y periferia que significaba una concentración del capital y una marginalidad dependiente del centro.
Gilles Deleuze, en Derrames. Entre el capitalismo y la esquizofrenia, va más allá, y dice que hay flujos que el estado-ciudad no puede regular. Es decir codificar o axiomatizar. Por ejemplo, el dolor y las demandas de los dolidos: el grafiti con aerosol que dice “nos faltan 43” o el esténcil que dice “Palestina Libre”, sobre el pedestal que sostiene a un Hermenegildo Galeana con pistola en mano, en el Paseo de la Reforma, son prueba de ello. Del Caballito a Chapultepec podemos encontrarnos en la misma vialidad con casi diez Starbucks diferentes, algo aberrante por dónde se le vea, ya no digamos por la acumulación en sí, sino por la ironía del poder sionista que se enseñorea en esa zona de la Ciudad.
El espacio público ha devenido esquizoide. Se palpa no sólo en las intervenciones más o menos normalizadas del grafiti, el sticker o el esténcil, o en las destrucciones simbólicas de vidrios y cercos, sino también en los cuerpos humanos. Cuerpos que yacen en las calles y que se ofrecen como en un performance sacrificial. El derrame de miseria, enfermedad y muerte que amenaza con inundarlo todo es como el retorno de la peste que asolaba a Tebas. Edipo Rey se hizo soberano porque venció a la Esfinge, y esa Esfinge promete regresar. Los apestados están ahí, invisibilizados, pero persistentes. En una de las bancas del Paseo de la Reforma, que rodea una absurda escultura con las cartas de una baraja, puede amanecer, un día cualquiera, un moribundo en situación de calle, con el pantalón abajo, lleno de inmundicias, pudriéndose inconsciente bajo el sol y, en frente, a unos cuantos metros, las instalaciones de la Secretaria de Cultura, incólumes, eternizándose en su burocracia intacta, con la entrada y salida de su personal en la más perfecta normalidad. Esa es la esquizofrenia de la que habla Deleuze.
El verdadero terror es el de la ciudad inundada, real y metafóricamente, porque las grietas amenazan ser cubiertas por flujos, como lava de un volcán. O el huachicol, que se ha convertido en símil de ese derramamiento no codificable. Fugas o tomas clandestinas por todos lados. La miseria, la enfermedad y la muerte anuncian su desbordamiento. Nuestra catástrofe sería el derrame. La ciudad actual es paradójica, y conserva la ambivalencia de la palabra “liquidada”, pues ha desaparecido como polis real para convertirse en el lugar para la amenaza, de líquidos no codificados aún. Un contenedor que no contiene. Casi todos los fascismos supieron que el control urbanístico y arquitectónico era clave para el control del estallido social, en caso de haberlo. Marcello Piacentini, en la Italia de Musolini, usó el urbanismo para imponer lo magnánimo como deseo y opresión. El Plan Haussmann de modernización de París, por encargo de Napoleón III, intentó higienizar la ciudad en sus flujos, sobre todo para poder reprimir posibles revueltas de forma más rápida y eficaz.
Lo que abona Deleuze al marxismo clásico con su teoría de los derrames es hacer hincapié en que siempre hay algo de esquizofrénico en las sociedades sostenidas por el capital, y por eso la reapropiación, desde la periferia o la marginalidad, es decir, desde la herida o la cicatriz, forma parte de la deriva general. Los cuerpos y los anticuerpos, en una marejada dialéctica, sin fin ni finalidad. Eso nos duele y no lo olvidamos, dice el coro trágico de una ciudadanía expropiada y, mientras no exista justicia, la peste en Tebas seguirá hundiéndonos cíclicamente, en la ceguera, el silencio y la muerte.
(Puebla, 1977)
Doctor en Literatura Hispanoamericana por la BUAP. Catedrático en la coordinación de Filosofía y Literatura en la Universidad Iberoamericana Puebla. Cuenta con dos libros de cuentos publicados: Involuciones (Secretaria de Cultura del Estado de Puebla, 2010) y Liquidaciones (Conaculta, 2012). Ganador en 2014 del 14º Concurso Nacional de Cortometraje del imcine. Escribe guion, cuento y ensayo.