Nudo, Palma y Escafandra (III). 2023 / Carolina Camelo Jiménez / Performance Participativo - Museo de Arte Moderno de Bogotá, mambo / Registro Fotográfico: Juan Yaruro.
Una toma clandestina explotó en Tlahuelilpan. La gente a pie de carretera se quedó mirando el espectáculo: una fuente de más de cinco metros de altura, vecinos que recogían un poco de combustible bailaban y cantaban alrededor de la toma. Hicieron varias transmisiones en vivo, era una fiesta psicodélica. Algunos tomando cerveza, otros fumando, y así se hizo el fuego.
Cerca de las siete de la tarde se escuchó una explosión. El cerro que divide mi comunidad con la de Tlahuelilpan se pintó con un aura rosada. En las redes sociales comenzaron a circular videos de personas que caminaron desperdigadas y quemándose, a lo largo de varios kilómetros.
La madre de Jonathan y Marcos nos preguntó si habíamos visto a sus hijos. Alguien dijo que los miró en su camioneta llegando a la toma. Desde ese momento ya no tuvimos noticias de ellos. Después nos enteramos: fueron por gasolina para ir a trabajar al otro día. Jonathan era maestro rural y Marcos trabajaba en una vulcanizadora. Fuimos compañeros de aula en la primaria, junto con los huachicoleros que de algún modo son partícipes de su muerte. No sé lo que siento, por eso hago un registro del acontecer de la imagen.
¿Qué archivo empieza en un incendio
o se forma entre las cenizas?
Rodrigo Parrini[1]
Una fotografía tomada por el New York Times el 18 de enero de 2019 muestra el Valle de Mezquital incendiándose. El encabezado de la imagen, publicada un día después, el 19 de enero, indica: “explosión en oleoducto de México deja más de ochenta muertos”.
Se trata de una explosión localizada en el municipio de Tlahuelilpan, Hidalgo, a causa de la toma clandestina de Huachicol. Cerca de las 14:30 horas se reportó el vaciamiento en la comunidad de San Primitivo, a la altura del Colegio de Bachilleres. En poco tiempo, vecinos comenzaron a acercarse con cubetas y bidones para tomar un poco de combustible y llevarlo a sus casas. A las 18:52 horas se registra el incidente, dejando 137 muertos y más de 20 heridos.
En las noticias con Ciro Gómez Leiva, el video del momento en el que explota el ducto en Tlahuelilpan registra las decenas de cuerpos en llamas que corren hacia la carretera. La mayoría caen en el camino. Los que logran avanzar más se arrojan a una zanja para intentar apagar las llamas en medio de los gritos de los pobladores que se encontraban a las orillas. Esa misma noche en redes sociales aparecieron registrados en videos muchos cuerpos más caminando hacia la orilla de la carretera: cuerpos ardientes, cuerpos caídos, cuerpos-muertos-que-se-levantan-y-caminan, cuerpos incinerados.
El momento en el que se producen los primeros fotogramas de la explosión, y posteriormente del incendio en Tlahuelilpan, se inaugura lo que podríamos pensar como un archivo de la ausencia. Los medios de comunicación, pero también los pobladores que se encontraban a las orillas del siniestro, intentaban registrar de algún modo —quizá sin saberlo y sin quererlo— el dolor y la angustia. Quedan documentados los gritos desesperados de quienes se incendiaban, las imágenes de los cuerpos tirados en rigor mortis, pero en realidad no queda más que la ausencia de las personas que alguna vez tuvieron un nombre propio. Muchas de ellas, familiares y amigos que no volveremos a ver. El archivo fotográfico toma una dimensión espectral, un juego entre la ausencia de las personas y la (sobre)presencia de imágenes que saturan la Internet y la televisión.
Días posteriores a la explosión, comenzaron a aparecer fotografías de sombras. Una especie de archivo proliferante que no deja de producirse,[2] a pesar de tener un objeto definido en el espacio y en el tiempo, pareciera ser infinito. Se comienzan a reproducir decenas de fotografías que saturaron las redes sociales, mostrando los cuerpos quemados como sombras acaecidas ante el fuego de la explosión. Una de esas imágenes apareció en el diario El País el 20 de enero de 2019. El encabezado de una foto de OASA leía: “soldados contemplan el incendio en el ducto de Pemex en Hidalgo”. Otra imagen publicada el 19 de enero de 2019 por El Debate mostraba al personal de Pemex trabajando en el área de la explosión en Tlahuelilpan. Cada una de las imágenes que empiezan a circular inauguraron un archivo siniestro de los cuerpos que ahora no son más que sombras proyectadas que confirman su ausencia.
Jacques Lacan, en el seminario 18 sobre el semblante, habla de cómo dar luz a la verdad y nos dice que esto no es posible sino necesariamente en una zona de opacidad.[3] Lo que podemos ver de estas fotografías es sólo un semblante de dolor y angustia, proyectado en los cuerpos que se volvieron sombras a través de las tecnologías de la imagen. Por ello, Lacan ubicará la opacidad no como lo obscuro en sí mismo, sino en la saturación histórica de los discursos. En este caso, la proliferación de información y la sobreexposición de estas imágenes nos devela un modo de operar a través de la saturación que vuelve opacos los procesos. La verdad no se oculta en las imágenes en sí, sino en la forma en cómo circulan por el ciberespacio, los medios de comunicación masiva y la conciencia colectiva.
Si bien entendemos que el carácter del archivo no está estrictamente relacionado con la cantidad de elementos que lo componen, el caso de este archivo en proliferación está signado por la intensidad con la que se reprodujo, a la vez que generaba cierta opacidad. Es decir, el impacto que genera el archivo no tiene que ver con el grueso sino con la intensidad con la que las imágenes son proyectadas y causan cierto efecto de sombra en las personas. En este sentido, ¿qué e(a)fectos produce esta operatoria en las subjetividades?
Nos dice Rodrigo Parrini que en un archivo de sombras habría que reconocer la dialéctica que se juega entre el reconocimiento de las luces que iluminan, así como las oscuridades que la resguardan. Pero también nos dice que el archivo “es un modo de percepción y una manera de distribuir lo visible”.[4] La experiencia ante tal saturación de contenido ha caminado en una suerte de anestesiamiento. ¿Hasta qué punto podemos rastrear un uso del archivo como una especie de garante de un régimen de sensibilidades? ¿Cómo entender el archivo como más que un repositorio de imágenes e información impactantes?
Estos modos de circulación de la imagen permiten pensar que el archivo no solamente es un registro de lo material, sino que también materializa afectos, percepciones y sensibilidades. O en su defecto, la ausencia de éstas. Javier Guerrero nos dirá, por su parte, que en su lectura de Achille Mbembe, este autor “caracteriza la sensorialidad del archivo como una prueba fehaciente de que algo realmente sucedió y, por tanto, su destino final estaría fuera de su propia materialidad”.[5] Esta noción nos hace ver la relación que tiene el archivo con las materialidades del cuerpo, pero no necesariamente explica el anestesiamiento que provoca estar expuesto a la proliferación de la muerte.
En la fotografía de Claudio Cruz, publicada en Los Angeles Times el 26 de enero de 2019, se puede observar al cuerpo forense trabajando en el lugar del siniestro. El encabezado leía: “cerca del lugar de la explosión, los trabajadores forenses marcaban con números montículos de cenizas”.
Los vemos en la foto marcar los cuerpos que lograron localizar, que más tarde serían identificados gracias a sus registros dentales o a pertenencias personales como anillos, cadenas, aretes y esclavas. Algunos otros cuerpos no fueron reconocidos y otra minoría (no menos importante) no fueron hallados. Se presume que sus cuerpos terminaron completamente incinerados. ¿Cuánto dinero debería tener una persona para que tenga acceso a joyería y pueda ser localizada entre las cenizas? ¿Qué tipo de acceso a recursos materiales impidió que otras personas no sintieran la necesidad de acercarse a la toma clandestina para llevar un poco de combustible a casa y venderlo?
El personal forense y los familiares de las personas que se encontraban en la toma unieron esfuerzos para rastrear minuciosamente los restos, formaron un cuerpo colectivo. A partir de este momento, las imágenes que circularon fueron de las cenizas y de los cuerpos colectivos que emergieron ante la tragedia, como la fotografía de Christopher Roger Blanquet publicada el 23 de abril en Regeneración. Medio de información libre e independiente que reportaba el levantamiento de un memorial en Tlahuelilpan.
Después de las sombras, aparecieron las imágenes de las cenizas. Las cenizas abren un tercer tiempo en el archivo del Mezquital, que marca una temporalidad en el orden de la esperanza, en el que se conforma un cuerpo colectivo. Las cenizas no son sólo un resto, sino también tienen la capacidad de representar lo que no se puede destruir. Un archivo de las cenizas no sería un conjunto de imágenes de la destrucción, sino el recordatorio de que “la materialidad del mundo puede ser consumida pero nunca completamente aniquilada”.[6]
A propósito de la fotografía de Noé Hipólito, publicada por Criterio Hidalgo, el 8 de diciembre de 2020, es pertinente mencionar a Javier Guerrero, quien conviene una relación entre el archivo y la muerte, rompiendo con la idea de que todo archivo es un dispositivo póstumo. En el encabezado de la imagen leía: “En abandono, la edificación del memorial de la explosión en Tlahuelilpan.” Guerrero escribe: “el archivo imanta, caracteriza si se quiere, la materialidad de la muerte para extender la experiencia ante el vertiginoso quiebre de la vida. Difiere de la relación de Orfeo con la muerte tras volver de ella —entrar y salir—; su operación es más compleja: la vida en la muerte y su potencia de emancipación”.[7] La muerte como una temporalidad: un intersticio entre la supervivencia y una potencia política.
Al respecto, Parrini se hace algunas preguntas que es pertinente revisitar:
¿La imagen retrata al sujeto o constituye un velo que le da forma, pero también lo extravía? […] ¿Será el archivo semejante a ese movimiento de cubrir/descubrir en el que atravesamos el abismo entre estar vivos o muertos y en el cual nos podemos preguntar sobre esos rostros y esas vidas?[8]
Estas preguntas resuenan porque meses después del siniestro, la intensidad proliferante del archivo comienza a cesar. Las imágenes que se producen a cuentagotas son sólo del sitio de memoria que —aseguran los medios de comunicación— los pobladores han abandonado porque desean olvidar lo ocurrido. ¿No será que esta última cara del archivo funge, más bien, como una narrativa que despolitiza y pretende dar carpetazo al caso Tlahuelilpan? ¿No sería posible hacer otras lecturas de este supuesto abandono, de hecho, como otro modo de hacer memoria?
Pienso en la reflexión que hace Emanuela Borzacchiello al respecto de los feminicidios de Ciudad Juárez: “Hoy, las prácticas de búsqueda colectiva de cuerpos desaparecidos y la adopción compartida de todos los restos logran crear una memoria de reciprocidad y de corresponsabilidad, capaz de no dejar vacíos nuestros sepulcros y de sobrevivir a la destrucción material de los cuerpos”.[9] Creo que los medios de comunicación locales se equivocan, pues la memoria no se encuentra en un lugar fijo, sino en otros lugares inasibles: en los gestos de escucha, acompañamiento, en el pienso cotidiano… y en todos aquellos actos donde el archivo pueda convertirse en memoria de un cuerpo colectivo que puede, incluso, atravesar por momentos de duelo en el que se prefiere habitar en silencio el dolor y la angustia… pero sin que esto represente en sí mismo una práctica de olvido.
Hago este relato con retazos de recuerdos que tengo, como un acontecimiento que me conmueve profundamente, a sabiendas que —por ahora— quedan por fuera los testimonios de las personas que lo presenciaron directamente. ¿Cómo se encuentran? ¿Han logrado retomar la vida después de lo sucedido? ¿La madre de Marcos y Jonathan sigue buscando a sus hijos o logró la resignación? ¿Cómo se supone que uno habita el registro del horror y la muerte en su día a día? ¿Los huachicoleros con los que compartíamos aulas sabrán que son copartícipes de la muerte de nuestros compañeros de generación? ¿Cómo registrar el dolor y la angustia? ¿Cómo procesarlas y no quedar entumecidos por el exceso?
Trato de navegar estas interrogantes, para resolver algo de lo inasible. Espero que este pueda ser un primer acercamiento para romper con el anestesiamiento, a la vez que una apertura a trabajar con los modos en cómo circulan las imágenes y emerge un archivo.
[1] Rodrigo Parrini, “Archivo y cenizas. Documentos de guerra de una compañía teatral”, en Teatro y convulsión. Teatro de los desiertos y etnografías forenses, Ediciones DocumentA/Escénicos, 2020, p. 66.
[2] Ibid, p. 69.
[3] Jacques Lacan, El seminario de Jacques Lacan, Libro 18. De un discurso que no fuera de semblante, Paidós, Buenos Aires, 2009.
[4] Rodrigo Parrini, op. cit., p. 44.
[5] Javier Guerrero, Escribir después de morir. El archivo y el más allá, Ediciones Metales Pesados, 2022, p. 13.
[6] Rodrigo Parrini, op. cit., p. 63.
[7] Javier Guerrero, op. cit., p. 25.
[8] Rodrigo Parrini, op. cit., p. 49.
[9] Emanuela Borzacchiello, ¡rExistimos! El feminicidio y la telaraña de poderes, Bajo Tierra Ediciones, 2024, p. 17.
Psicólogx Social y maestrx en Ciencias Sociales en la línea de Estudios de Género, icshu-uaeh. Se interesa por la psicología social, psicoanálisis, filosofía, política, feminismos, disidencia sexual, teoría queer y pensamiento decolonial.