Los fantasmas de mi vida, Christian Becerra, de la serie Todo lo sagrado se profana. Impresión con tinta de la Palma Camedor y dólares americanos, 2024.
La bibliografía sobre los gazapos —su genealogía y teorías— es más bien escueta, como un elefante en la habitación al que el prurito del gremio editorial hace caer un pesado velo y así pasar inadvertido… aunque nunca lo logra. Como las toses o los estornudos en un concierto de cámara, las erratas tienen la inédita capacidad de adquirir una dimensión casi física. En el “teatro secreto de la mente” —afortunada metáfora del escritor tabasqueño Bruno Estañol—, los gazapos suenan a vidrio quebrándose, a uñas desbastando un pizarrón o al gorgoreo de un estómago estresado en una sala vacía. Pura incomodidad.
Como muchos otros editores, “me hice al andar”, por lo que tuve que transitar por mi cuenta el doloroso momento en que una errata asomó su presencia lamentable. Las erratas tienen una dimensión física de la que poco se habla. Como un ritual funesto, experimento los mismos síntomas desde la primera vez que advertí un gazapo: en principio noto una ola gélida que nace en mi estómago y se expande por el abdomen hasta acabar en el nacimiento del cuello.
La frase que abre este apartado es de Neruda, quien sabía de lo que hablaba. En su dilatada carrera —su bibliografía alcanza la cifra de doscientos libros, cuenta que resulta entre los que él mismo fraguó y las antologías o selecciones que idearon sus editores—, el chileno vio con ojos de escándalo las acometidas que los gazapos cebaron sobre sus palabras, a veces mutiladas, otras tergiversadas ferozmente.
Los mejores gazapos —si acaso cabe el adjetivo para definir un error— son los que pasan inadvertidos al lector; en otras palabras, los más discretos: esas “erratas” nerudianas. Pensemos en un espacio extra en el renglón o alguna virgulilla quizá demasiado a la izquierda. Se trata de exquisiteces para cierto público no demasiado quisquilloso con la formación editorial, aunque para algunos otros su descubrimiento cause taquicardias.
Después están los “otros” gazapos, los “erratones”, aquellos errores que cambian por completo el sentido de una frase y que llegaron inexplicablemente inadvertidos hasta el momento crítico del proceso editorial: la impresión.[1] Todos los pasos en el largo camino de la publicación son vitales, desde luego; no obstante, este último peldaño tiene cierto estatuto definitivo, pues su ejecución anula toda posibilidad de enmienda. Una vez impreso un texto, el control sobre éste es inexistente; tanto que se trata ya de un ente ajeno, independiente y, en ocasiones, con voluntad propia.
Neruda supo de ese primer golpe frío que emana de las entrañas y se expande por el cuerpo. Al menos de uno dejó constancia. En Fin de mundo, de 1969, un poema vital para la estructura del libro se vio corroído por un gazapo insidioso. El poema se llama “Artes poéticas” —¡vaya precisión!—.
Donde debía decir:
[…] el agua verde del idioma,
para que el pan que me sucede
se venda en la panadería.
Decía:
[…] el agua verde del idiota,
para que el pan que me sucede
se venda en la panadería.
Para mayor sonrojo del nobel chileno, la frase hizo fortuna entre la comunidad nerudiana de Latinoamérica, tanto así que fue recuperada como certero título de un libro dedicado a las erratas. El agua verde del idiota. La errata: cultura e historia (fce, 2023), de Yanko González Cangas y Pedro Araya Riquelme, es una reflexión necesaria sobre un tópico parcialmente inexplorado. Como en una novela negra que enumera los asesinatos del psicópata, los autores recogen una surtida colección de erratas célebres, algunas incluso canónicas, y reflexionan en torno a las muchas perplejidades que la errata abre al idioma, su registro y estudio.
Al ver su poema así corrompido, Neruda dijo sentir “[…] el mordisco en el alma. Porque para mí, el idioma, el idioma español, es un cauce infinitamente poblado de gotas y sílabas, es una corriente irrefrenable que baja las cordilleras de Góngora hasta el lenguaje popular de los ciegos que cantan en las esquinas.” La inflamada retórica del poeta da cuenta de la dura experiencia que representa atravesar el desierto de un typo traidor.
Aunque el dolor por hallarse frente a un error es compartido entre editores y escritores, tenemos más constancia de los desvelos que despierta la errata entre quienes escriben, por el hecho de que los editores no escriben libros… los hacen. La historia de la literatura es rica en ejemplos de hombres y mujeres que no descansan hasta emboscar a las erratas releyendo una y otra vez su propio manuscrito; o, al menos, de repasar una y mil veces la coherencia, musicalidad y forma del texto.
Por ejemplo, Clarice Lispector no dudó en echar mano de la amistad para conjurar una coma, a su juicio, mal puesta. Son González y Araya quienes recuperan el siguiente fragmento de entre la correspondencia de la escritora: “Hoy me he acordado de una cosa —dice la puntillosa Lispector— y te escribo rápidamente para no perder fragmento, si no me equivoco, hay una coma que me molesta muchísimo, me gustaría que la quitaras en nombre de la amistad” (las cursivas son mías; ese remate, entre amenazador y cariñoso, da cuenta de la importancia que para algunos reviste la corrección del texto, tanto es así que la fidelidad o no al estilo del autor puede desencadenar el fin de una amistad). La materia impresa difícilmente llega indemne hasta las manos del lector. Muchas circunstancias definen su forma final. Si bien la cariñosa reprensión de Lispector habría evitado una errata menor en la gradación de gazapos, otras tienen consecuencias inabarcables.
La errata es un territorio de combate, de significados que se expanden y transforman, como lo deja ver González y Araya. Fue territorio, uno más, en la añeja batalla entre el bien y el mal. Entre las comunidades escribanas del medioevo, principalmente entre monjes, las erratas podían estar al orden del día, tomando en cuenta su pesado método de trabajo: la réplica manuscrita de otros textos, ya fuera retomando el contenido del original o a través del dictado de alguien más. El cansancio, la luz escasa, entre otras razones, podrían haber deslizado algunos errores en esos libros gruesos y bellamente decorados. Para explicar la insidia de esas erratas, la imaginería de la época —bastante astuta cuando de pretextos se trataba— ubicó a un responsable infernal: Titivillus.
Los estropicios de Titivillus son vastos. Sin embargo, uno fue especialmente eficiente para sus fines malévolos. En 1631, los impresores Martin Lucas y Robert Baker fueron comisionados para la elaboración de una Biblia; las malas artes de Titivillus la convirtieron en la “Biblia maldita”. Para desgracia de Lucas y Baker, el gazapo apareció en un espacio particularmente sensible: los Diez Mandamientos, un lugar donde cualquier omisión podría desencadenar confusiones mayores… como ocurrió.
En el sexto mandamiento, el referente al sano apercibimiento de no meterse con la pareja del prójimo, Titivillus retiró el “no”, y así, de un momento a otro, las infidelidades fueron consentidas por la Biblia misma. El escándalo fue mayúsculo, implicó la quema de los ejemplares hasta entonces impresos —se calcula en mil las biblias lanzadas a la hoguera—, una multa a los impresores y, a la larga, su ruina.
Con las cartas marcadas de esa forma, no queda más que abrazar la resignación por su presencia. Los gazapos tienen patente de corso en la cultura escrita. Los esfuerzos por suprimirles del todo han sido burlados constantemente. Han evadido toda la vigilancia del pesado aparato de las correcciones, por más impenetrable que parezca. Con un poco de atención es posible escuchar su risilla socarrona cada que logra encaramarse en su muralla de letras.
Su esencia burlesca es exponencial cuando se reflexiona en torno a su naturaleza. Ahí está, por ejemplo, el ensayo de José Emilio Pacheco, publicado en 1987 en la revista Proceso. Se trataba de un sentido vituperio contra la errata, que aprovechó un desliz hacia el final del texto para burlarse del autor. El ensayo cerraba con el enunciado “la errata es el demonio de la lengua”; sin embargo, Titivillus, que siempre está en pie de guerra, intercambió un par de letras para dejar a la posteridad una afirmación lamentable: “la errata es el dominio de la lengua”. No dudo que, emboscado en alguna esquina de este ensayo, un gazapo resguarde su arañazo.
He pensado que la errata es un mecanismo eficaz contra la muy extendida vanidad del gremio, siempre altivo e insufrible cuando de dejar clara su preponderancia se trata. Pongámonos trascendentales, el gazapo humaniza, reconviene actitudes y recoloca prioridades. Quizá este sea su legado. En ocasiones, el mejor alegato contra la jactancia es una ola gélida que nace en el estómago y se expande por el abdomen hasta acabar en el nacimiento del cuello.
[1] Tengo para mí que todas las erratas que ven la luz en un impreso definitivo fueron advertidas en algún momento del proceso editorial. Alguien las vio y, sin embargo, su buena suerte —la de las erratas— les allanó el camino hasta el texto impreso. Al menos así me ha ocurrido a lo largo del camino; las erratas que pesco a post mortem, es decir, con el libro o la revista ya impresa, tuvieron algún escarceo con mi voluntad correctora y, por alguna razón, llegaron sin un rasguño al último filtro. Son pocas las erratas que resultan en una verdadera sorpresa, y cuando así ocurre, esa ola gélida a la que he hecho referencia es aún más violenta.
Egresado de la licenciatura en Ciencia Política de la uam Iztapalapa y de la Especialización en Literatura Mexicana del Siglo XX.