Fotograma de The Apartment
Hablar de The Apartment, de 1960, es hablar de su director, Billy Wilder, y hablar de él es hablar de un refugiado que, escapando de la Alemania nazi, llegó a los Estados Unidos para sobrevivir. Entre tantos de sus grandes discursos, está el que dio al recibir el premio Irving G. Thalberg en 1988:
Me gustaría mucho agradecer a un caballero en particular, (...) el cónsul estadounidense en Mexicali (...) es 1934. Es un año después del golpe de Hitler. Estamos todos en el exilio: Zúrich, Londres, París. Entonces, tengo suerte. Vendo una historia a Hollywood y consigo una visa de visitante por seis meses. Llego aquí y empiezo a trabajar, pero seis meses pasan muy, muy rápido (...) Entonces me dicen que necesito una visa de inmigración, lo que significa que tengo que salir del país, obtener la visa de inmigración y luego regresar (...). Así que voy a Mexicali (...), estoy empapado de sudor. No era por el calor. Era puro pánico (...) Sabía que necesitaba un montón de documentos: declaraciones juradas, prueba oficial de residencia anterior, testimonios bajo juramento de que nunca había sido un criminal ni un anarquista. No tenía nada, cero. Sólo mi pasaporte, mi acta de nacimiento y algunas cartas (...) Parecía una causa perdida.
Debería ser usual que cuando se haga referencia a un producto también se hable de su autor y su contexto, y en este caso es reiteradamente interesante y riquísimo (entiéndase como se quiera). Ya sea como escritor, director, productor o gigoló —de verdad— la mezcla constante es parte de él, pues dirigió películas de todos los géneros, menos un Western. Quizás es en The Apartment donde puede percibirse esta heterogeneidad característica de su vida y obra de una manera pulida, aunque un tanto irónicamente, pues la película tuvo un sinnúmero de modificaciones espontáneas en el guion, casi siempre realizadas durante la filmación —el privilegio de ser director y escritor simultáneamente—. Algo así como los planes de vida que el mismo Wilder tuvo que editar y corregir mientras recorría Europa y América en busca de la evasión de su muerte a manos del nazismo.
Los documentales y entrevistas del director nacido austrohúngaro dejan ver lo que está detrás de estas producciones: humanidad y travesía. Estas películas con tantas capas y significados fueron creadas por un judío escapando de Hitler. En su oficina estaba colgado un cuadro de otro exiliado: Albert Einstein —un judío en contra del estado de Israel—. Wilder, además, retrató con dignidad algunos aspectos de la comunidad lgbt+ en la posguerra y travistió a dos hombres en papeles estelares junto a Marilyn Monroe (Some Like It Hot, 1959). ¿Estamos hablando de un director hombre blanco cisgénero de Hollywood o de Greta Gerwig? ¿Cómo habrá sido tomar estas decisiones en el Estados Unidos racista, xenófobo, homofóbico y machista de 1960? ¿Y en el de 2025? Sus películas se nutren, entre otras cosas, con la sensibilidad a lo que implica migrar: soledad, desadaptación, miedo, desesperación, añoranza, entre otras cosas. El éxodo se puede sentir no sólo en las historias o personas que tratan directamente la migración, sino también en las emociones que esto puede brindar y a las que nadie es ajeno, migrante o no.
En The Apartment hay de todo, quizás también un eco de la Nueva York mosaiquista a la que llegó como refugiado. Es, en parte, una historia de amor que podría haber emanado de alguna canción devastadora de Lana del Rey —incluso Brooklyn Baby está medio relacionada—; es, por otro lado, una comedia satírica, pero también es cine negro, una crítica feroz a la cultura corporativa de la posguerra estadounidense, y podría decirse que al mismo tiempo representante de la psique del Estados Unidos clasemediero y corporativo, vacuo de significado en un mar de símbolos consumibles que restan constantemente el mensch (o la dignidad) a los habitantes del vecino norteño. Es un verdadero híbrido, realizado por los dedos y ojos de alguien que podía ver a través de las tiranías, del color y geografía que fuesen.
Lo anterior se condensa en el comienzo del film, cuando Baxter, el protagonista, después de correr de su departamento a uno de sus superiores, quien se lo pidió para tener relaciones sexuales, calienta su cena congelada —claro, con una Coca Cola al lado—, y de una manera entre triste, lastimosa y miserable, se dispone a ver solitariamente una película en la tele, únicamente para ver su deseo frustrado por la cantidad irrisoria de mensajes publicitarios y la oferta de canales que no parecen tener nada interesante. Quizás, el director también planeó esto para tirar un jab a la pantalla chica como inapta para reemplazar al cine.
Tras apagar el televisor, Baxter se prepara para dormir, ello después de tomar un somnífero y hojear, con intenciones onanistas o no, una revista Playboy. Después, con frustración, despierta ante el sonido de su teléfono para atender la llamada de otro de sus superiores, el señor Dobisch, quien le pide su departamento para tener sexo con una mujer que “se parece a Marilyn Monroe”, y que lo amaga con que se llevará a cabo una revisión de eficiencia en la que él podría ser beneficiado con un ascenso. Para rematar, Baxter debe dormir en Central Park porque su superior, cual ejecutivo desfachatado y autómata, olvidó devolver y poner la llave del apartamento en el tapete de la entrada. Se enferma (la película se sitúa en Navidad) y, como un buen hombre estadounidense chambeador, decide ir al trabajo con un catarro infernal. ¿Qué tanto ha cambiado en sesenta y cinco años?
Imágenes del cartel de The Apartment, cinta dirigida por Billy Wilder en 1960.
Esta película causó, según Jack Lemmon —quien interpreta a Baxter—, más controversia que cuando se travistió para Some Like It Hot, de 1959, también de Wilder: “Era muy crítica: se burlaba de nuestra sociedad empresarial y su comportamiento. No creo que haya duda de que tres o cuatro años antes de que la filmáramos, no habríamos podido hacer esa película”. Esto se debe, entre otros tantos interesantes pero tediosos entramados sociológicos, al Código Hays, que lleva el nombre del legislador republicano que lo escribió, mediante el que la Asociación de Productores Cinematográficos de Estados Unidos (MPAA por sus siglas en inglés y de la cual Hays era miembro principal) censuraba sus producciones y mediante el cual se impuso una censura a diversos temas bastante específicos pero también algunos muy ambiguos. Quizás un equivalente contemporáneo podría ser si Eduardo Verástegui y Felipe Calderón elaboraran un código para censurar la producción de películas mexicanas.
Sin embargo, Some… logró noquear al moribundo Código, que ya estaba debilitado debido a la competencia fílmica internacional y a la presión comercial de la televisión que ganaba terreno. Esto se hizo mediante la distribución de la película vía United Artists —hoy propiedad de Amazon— que logró exhibir la película en toda sala que no estuviera dominada por la mpaa.
Así pues, y ya con la maleza cortada a punta de subversión, el sendero estaba abierto para que The Apartment circulara, incluso manejando prácticamente todas las temáticas sancionadas: adulterio; corrupción; suicidio; drogas; embriaguez; sexo; apuestas; sangre (aunque no mucha), entre otras tantas. La premisa del filme normaliza este tipo de situaciones, como lo ha afirmado la especialista en estudios fílmicos Shae Sennett:
The Apartment sugiere que es normal, e incluso común, que los hombres de negocios engañen a sus esposas. Además, el interés romántico del protagonista, Fran Kubelik (...), está involucrada con un hombre casado. El comportamiento de Fran es abiertamente inmoral, y aun así, la audiencia es llevada a simpatizar con ella e incluso enamorarse de ella. (...) en 1960, una historia así era completamente inaudita en Hollywood.
The Apartment se vuelve no solo un popurrí temático social gloriosa y humanamente realizado, sino un documento atemporal y estético que premoniza muchos de los desencantos emocionales del capitalismo y sus pilares ideológicos desde el punto de vista de un realizador migrante. A manera de conclusión, el resto del discurso mencionado al inicio:
El cónsul (...) examinó mi escasa documentación. “¿Eso es todo lo que tienes?” (...) “Sí”. Tengo que explicar que tuve que salir de Berlín con muy poca anticipación (...) Un vecino me avisó que dos hombres de uniforme me estaban buscando. (...) Así que él seguía mirándome fijamente y yo no estaba seguro de si me estaba entendiendo. He oído de familias enteras que han pasado años allí esperando una visa y de otros que nunca lo lograron. (...) Así que nos quedamos ahí, mirándonos el uno al otro (...) Finalmente, me preguntó: “¿A qué te dedicas” (...) “Escribo películas”. Y él dijo: “¿Ah, sí?” Se levantó y empezó a caminar (...) Luego volvió al escritorio, tomó mi pasaporte, lo abrió, tomó un sello de goma (...) me devolvió el pasaporte y dijo: “Escribe algunas buenas”. (...) He intentado hacerlo desde entonces.
(Ciudad de México, 2000).
Tiene estudios en Derecho (unam) y Comunicación Social (uam). Escritor y músico independiente. Ha colaborado como fotógrafo en Obturador MX. Es uno de lxs profesores y fundadores del Apoyo Interfacultades para el Primer Ingreso