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Mientras abro Cuaderno bermejo pienso qué música de guitarra podría dialogar con la prosa poética de Mariana Bernárdez. Apenas en el segundo párrafo, me encuentro con esta frase que me estremece: “escribir sobre lo impronunciable del mar.” Me detengo un momento a pensar qué sería lo impronunciable del mar, acaso la esencia misma del mar que deja de ser en cuanto se nombra, en cuanto pasa la ola. De ser así, la guitarra flamenca con su trazo invisible también consigue dibujar en el aire lo impronunciable del mar.
En ese mismo párrafo Mariana va a enumerar aquello que sólo con una enumeración dispar puede llegar a expresarse, pienso en un aleph del mar, o en un caracol de luz, y mientras continúo leyendo, descubro que, en lo más profundo de lo impronunciable del mar, la arena llega a confundirse con la cadencia de los días. En ese momento recuerdo dos versos de Lorca: “El mar baila por la playa / un poema de balcones;” es decir la cadencia de las olas cifrando y descifrando la escritura secreta de los días.
Después de leer el libro me resulta inevitable regresar a este segundo párrafo para darme cuenta de que Cuaderno bermejo es un palimpsesto; como el libro de Borges, está hecho de arena, se cifra y se descifra, conforme se teje, se desteje. Sus hilos se trenzan alegóricamente en las ruecas de madero viejo donde se carda la lana, o en los telares de esterilla donde se hila la seda en la fábrica de telas de Benarés, que la escritora describe dándole a cada palabra su querencia.
En la portada de este libro, un jirón de un óleo sobre lino de Sandra Pani es en sí mismo ya una bitácora de luz donde los colores se difuminan para trazar el rumbo de un viaje incierto. Estamos de nuevo ante el mar impronunciable, Mariana advierte que en un puerto imaginario los pescadores conversan poco para no asustar a los peces, también podemos leer entre líneas que conversan poco para que su silencio pueda darle un nombre al mar. La guitarra flamenca con sus silencios de marejada y rasgueo encuentra ese mismo nombre que se desvanece en la brisa marina. Tocando por rumba —mejor que por ningún otro palo— la guitarra flamenca consigue expresar lo impronunciable del mar. Lo consigue porque la rumba es un palo de ida y vuelta, que se fue forjando en los viajes marinos entre los puertos andaluces y las playas del nuevo mundo. La cadencia de la rumba flamenca lleva el sabor de dos orillas y un mismo mar. No en vano Cuaderno bermejo empieza con una evocación al mar, nacida del deseo de buscar algo que de antemano se sabe que nunca se va a encontrar, entonces —como dice la escritora— “duele la mano de apretar con fuerza la pluma quiere prensar palabras para obtener su zumo.” Dicen los gitanos que a la guitarra hay que tocarla con sangre, apretando el mástil con el corazón.
La mano entorno a la pluma preñando el cuaderno, los dedos contra los trastes, dibujando la cartografía del viaje. Ambas posibles definiciones de lírica para reinventar el mar. De ahí que la lectura de Cuaderno bermejo haga soñar a la guitarra rumbera, consiguiendo que su sonido dialogue con su paisaje marino, con el “Faro de Finisterre frente al atlántico insondable,” con la ribera de los papagayos y los cocoteros, con las palmas tiradas sobre la costa evocando a la palma extendida sobre las seis cuerdas, con el “cielo azulísimo de gaviotas entrando a puerto,” con el olor a marisma que trae consigo la brisa.
La guitarra flamenca busca el sonido del agua, su trémolo es un espejo que recorre las acequias y sus acordes oscuros expresan el agua quieta de los aljibes y los albercones. En algún momento de Cuaderno bermejo, la viajera le dice al lector: “Cierra los ojos y escucha la fuente de azulejos mudéjares; no los abras, huele el aroma de los naranjales atrapando el correr del agua.” Estos sonidos y aromas, que precisan de una mirada interior, también nos invitan a soñar en la antigua guitarra del Al-Ándalus hija de la vihuela y compañera del laúd. El glissando de sus cuerdas quizás evocaba el borbotón de la fuente, y el juego arabesco de los azulejos con la luz.
Cuaderno bermejo es un manantial, no sólo de agua sino también de luz, una galería de transparencias, “la sensación de los ojos descubriendo el azul despejado,” un lapislázuli que se difumina entre el sueño y la vigilia, un celaje en duermevela, una primavera que vuelve multicolor el cielo.
Cuando termino de leer Cuaderno bermejo y cierro el libro, sigo pensando qué música de guitarra —además de la rumba— podría dialogar con la prosa poética de Mariana Bernárdez. De pronto pienso en “Blue bossa”, una mezcla de bossa nova y blues que tiene la virtud de pintar en el aire los diferentes matices del color azul. Habría que empezar a tocarlo bajito, por lo bajini como dicen los flamencos, como la música callada de la lira de San Juan que armoniza con el canto rodado, como la soledad sonora que pinta de viaje el lienzo de los sueños.
Cuaderno bermejo
Mariana Bernárdez
México, Foem, 2023, 120 pp.