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Entre el 9 de noviembre de 2020 y el 10 de enero de 2021, Carlos Manuel Álvarez siguió de cerca, desde La Habana, el acuartelamiento pacífico llevado a cabo por el conocido Movimiento San Isidro (MSI) —creado como un grupo de activistas desde el ámbito artístico— en protesta por la detención ilegal del rapero Denis Solís. Lo que sucedió aquellos días sirve bien para que Álvarez arme una crónica sobre el hartazgo; un recorrido puntual por las estaciones de la desesperación y la disidencia de un país sometido históricamente a un mandato fantasmal e interminable.
Me permito retomar a Juan Pablo Meneses, quien en uno de sus muchos viajes por el continente observó lo siguiente:
Llegué a Cuba cuando Fidel Castro, el latinoamericano más famoso del siglo XX, había cumplido un año como presidente de Cuba sin estar en su cargo. Doce meses desde que había renunciado a la vida pública, por enfermedad, sin embargo, seguía siendo presidente. ¿Podría un país vivir con un presidente invisible? Posiblemente, en Cuba todo es posible.[1]
Así, la sombra de este poder no remite específicamente a Fidel o Raúl, sino al fantasma del castrismo. Y ahí es donde Carlos Manuel Álvarez pone la mirada.
Los intrusos echa un vistazo al tortuoso camino de la disidencia cubana frente a un régimen que, a pesar de haberse librado ya de la figura de Fidel y Raúl, todavía está atravesado por la sombra del castrismo, como un fantasma que siempre atormenta la isla. En ese contexto, el arte se ha convertido, por necesidad, en protesta. El rap emerge como cántico de negritud y pobreza, el performance como lucha emancipatoria de una corporalidad maniatada por el poder. La juventud de Álvarez, nacido en 1989, ayuda a establecer un punto de vista cuyo marcado desencanto frente a la actualidad política cubana se adhiere bien al tejido de protestas del msi.
En varios sentidos, Los intrusos es un espacio de diálogo entre el pasado y el presente de Cuba. El libro mira con sentido crítico la testaruda permanencia de un régimen cada vez más decadente y, para hacerlo, no puede evitar escarbar en el gris pasado de una Revolución cada vez más deslavada. El alargamiento del castrismo en el presente solamente consigue que el pasado revolucionario se diluya, se confunda con la dimensión dictatorial en que ese ideal ya se ha convertido. Y aunque los términos “dictatorial” o “dictador” se utilicen con relativa ligereza en estos tiempos, Álvarez se encarga de cargarlos con poderosas marcas contextuales que den cuenta de la maquinaria de represión y vigilancia operando en la isla. La pobreza, la negritud y la homosexualidad se han vuelto punibles bajo el cargo de disidencia que otorga un circuito artístico que lucha por sobrevivir apenas. Por eso, la obra de Carlos Manuel Álvarez es una crónica de la frustración contemporánea, del saberse indefenso frente a las garras del poder. El arte como disidencia, la protesta como arma. La literatura como único discurso posible frente a la mentirosa entidad política. Se trata de una prosa que navega entre la decepción, el hartazgo y el enojo.
A diferencia de Carlos Manuel Álvarez, quien radica en Nueva York y tiene todas las posibilidades discursivas y económicas para poder hablar con el mundo, los artistas que integraron la protesta de 2020 a través del acuartelamiento y una posterior huelga de hambre eran mayormente pobres y negros, provenientes de espacios y contextos cubanos próximos a una consistencia de vacío y desamparo. Luis Manuel Otero, Denis Solís, Omara Ruiz, Maykel Castillo, Anamely Ramos y muchos otros artistas, músicos, curadores y docentes enfrentaron el silenciamiento y la represión haciendo uso del internet y el llamado masivo a la protesta en legítima respuesta ante una injustificable persecución emprendida por el poder en turno.
En tiempos pandémicos, la paranoia del gobierno se filtró por todos lados, su filo represivo se hizo mucho más incisivo: “El cubrebocas condensaba la respiración, los lentes se empañaban. Era esa una representación aceptable de Cuba, un país con cubrebocas, la respiración secuestrada, la mirada obstruida por la niebla del jadeo”. Así, Los intrusos revela la paranoia del régimen y su consecuente respuesta brutal frente a una disidencia que abarcaba un universo discursivo complejo, multidireccional y en constante mutación. Las golpizas, detenciones ilegales, vigilancia constante y allanamientos se hacen cotidianos. Hay una atroz sistematicidad en la mutilación de los derechos humanos que Álvarez traslada virtuosamente a las páginas de su libro.
Y en ese punto es donde hallamos el gran acierto del autor. Su libro es un repositorio de vituperios y críticas respecto al actual dirigente cubano: Miguel Díaz Canel. Si bien uno puede pensar que el castrismo representó una etapa oscura en Cuba, el régimen dirigido ahora por Díaz Canel resulta igual de tosco y represivo, sólo que ahora se erige desde la despersonalización, basándose en una obediencia rabiosa frente al castrismo soporífero y anacrónico: “Aquel hombre traducía la esencia del sistema [...] el típico concejal de municipio, un burócrata entre miles que no se diferenciaba sustancialmente de ninguno de sus subordinados [...] Su hoja de vida era de una insultante mediocridad, como la de todos los políticos nacidos en la isla después de 1959”.
Las negociaciones entre Barack Obama y Raúl Castro consiguieron que el internet comenzara a usarse con amplitud en la isla, mucha gente volvió del exilio, se fundaron revistas y periódicos independientes que podían operar lejos de la clandestinidad por primera vez en mucho tiempo; pero todo fue una puesta en escena. Con Díaz Canel, esos avances ya no se ven por ningún lado, salvo el uso masivo del internet, lo cual permitió visibilizar la represión violenta de las protestas del Movimiento San Isidro, pero que también contribuyó a la localización inmediata de los participantes y avivadores de la disidencia. Álvarez utiliza toda su rabia y hartazgo para arrojar luz sobre la oscuridad que el diazcanelismo ha dejado caer sobre la isla. Porque el castrismo tal vez ha cambiado de nombre pero no de esencia; el poder sigue atenazando la voluntad de la isla. Después de todo, “siempre está esa etapa en que uno todavía cree que lo que pasa es un error del sistema y no que el sistema es el error”. De manera que documentar estos errores, este sistema, es un deber intelectual, un imperativo político ineludible en nuestros tiempos.
Bien dice Álvarez que el principal defecto del anticastrismo es su eterno uso de infinitivos: “tumbar” a Castro, “liberar” a Cuba. Un discurso falaz con “tono nacionalista, mesiánico y grandilocuente”. El anticastrismo ya no debe habitar únicamente en lo discursivo ni puede seguir siendo promisorio. La auténtica disidencia pasa por el arte, por lo contestatario del rap, lo escandaloso del performance, lo subversivo de la escultura. Pisar la cárcel por componer una canción en contra de Fidel y ser arrestado por organizar una huelga de hambre son los actos que rozan la verdadera lucha de oposición y el auténtico crecimiento intelectual. Escribir este libro, ganador en 2022 del Premio Anagrama / uanl de Crónica Sergio González Rodríguez, es una forma válida y necesaria de anticastrismo.
Podemos pensar en el título elegido por Álvarez como un contenedor de significaciones varias alrededor de la “cubanidad” en el siglo XXI. La intrusión de un burócrata cualquiera que ha tomado las riendas de todo un país siguiendo a ciegas el mismo espíritu de sus predecesores. Intrusos que, venidos desde los márgenes sociales, han hecho del arte y la protesta un medio insular de comunicación masiva. Un intruso procedente de Nueva York cuya escritura refleja una rabia transmitida generacional y geográficamente. Intrusiones policiacas que siembran pruebas, obtienen confesiones bajo coerción, plantan vigilancia obsesivamente, golpean y torturan con impunidad. Pero, sobre todo, lectores intrusos que se asoman a una realidad encerrada en sí misma por la presencia fantasmal de un poder añejo; que reciben, desde la página, el hartazgo vinculado con el racismo, la precariedad, el totalitarismo y la censura. Acaso la lectura de este tipo de obras, en este contexto, también sea un acto de protesta.
[1] Juan Pablo Meses, Hotel España, Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2010, p. 188.
Los intrusos
Carlos Manuel Álvarez
Barcelona, Anagrama, 2023, 272 pp.