La frontera de luces y espejos

César Larrea García
octubre-noviembre de 2024

 

 

Escena de la pieza Amarillo, Teatro Línea de Sombra. Fotografía: Roberto Blenda

 

Antes de ser muro, la frontera fue toda desierto. Después llegó a ser una incipiente malla de alambres oxidados, y alguna vez, ya en el ocaso del siglo xx, poco antes de que llegara el muro, en el norte más norte de México, la línea fronteriza en Tijuana se iluminó al rugido deslumbrante de luces de automóviles en fila para detener con su ruido de lumbre xenófoba la migración que llegaba del sur.

Esa frontera de luces consistió en un organizado grupo de manifestantes radicales en contra de la inmigración indocumentada que, a su juicio, “desbordaba la frontera” entre México y Estados Unidos a finales de los ochenta. El movimiento llamado Light Up the Border (Ilumina la frontera) fue organizado por Muriel Watson, ex esposa de un agente de la Patrulla Fronteriza y por Rodger Hedgecock, ex alcalde y locutor muy popular en San Diego que convocó, desde su cabina radiofónica, a encender las noches fronterizas.

Las manifestaciones de Light Up The Border consistieron en alinear un acorazado de automóviles y personas e iluminar con faros el lado mexicano para poner en evidencia a los migrantes nocturnos que atravesaban por el tramo de la Mesa de Otay en Tijuana hasta la entrada en San Ysidro. Se pretendía poner en evidencia que cientos de migrantes cruzaban todas las noches despreocupados aún enfrente de los agentes de la Patrulla Fronteriza.

Durante el año de 1990, el movimiento se había expandido ampliamente y las protestas se aglomeraban cada vez más; se les dio mucho impulso mediático y se involucraron a más de mil personas. Buscaban, entre otras cosas, que las autoridades estadounidenses pusieran atención a la región y aplicaran de forma enérgica la ley; pedían la colocación de guardias fronterizos adicionales, la construcción de más barreras y el despliegue inmediato de tropas de la Guardia Nacional estadunidense.

 

Los organizadores dijeron que querían dramatizar el estado hecho jirones de la valla fronteriza en el área de la Mesa de Otay, donde la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos dice que cientos de vehículos que transportan inmigrantes ilegales y, a veces, drogas ingresan a Estados Unidos cada mes. “Aquí casi no hay valla”, dijo Muriel Watson.[1]

 

Las campañas de racismo institucional, de mediatización controlada por los partidos políticos y grupos supremacistas que buscaban —y siguen buscando— un chivo expiatorio a quién culpar de la crisis que vivía California en aquel entonces: encontraron en la frontera y sus transgresores lo que necesitaban. En las entrevistas a los manifestantes recabadas en este tiempo se atribuía a los inmigrantes la falta de trabajo, el tráfico, la crisis de la atención hospitalaria, el abarrotamiento en las escuelas, el aumento de la delincuencia, la llegada de drogas, los efectos de la contaminación, la escasez de agua y hasta cuestiones socioculturales con declaraciones como “simplemente no puedo ver que California se convierta en México” o “creo que las personas que vienen aquí deberían hablar inglés”.[2]

En respuesta a estas expresiones discriminatorias, el grupo binacional de arte llamado Border Art Workshop/Taller de Arte Fronterizo (baw/taf) se manifestó contra Light Up The Border desafiando a sus luces y reflectores desde el lado mexicano. baw/taf había hecho uso de instalaciones, performance y exhibiciones desde su fundación en 1984. El colectivo aglutinó artistas, periodistas y activistas chicanos, mexicanos y estadunidenses. En palabras de Guillermo Gómez Peña, uno de sus fundadores: “El grupo buscaba contrarrestar las imágenes de “zona de guerra” en la frontera que presentan los medios masivos para promover el concepto de “zona de diálogo”, por medio del arte experimental y conceptual que combina la estética con el activismo”.[3]

baw/taf, junto a un grupo activista de mujeres artistas de Tijuana, llamado Las Comadres, entre las que se encontraban las artistas Berta Jottar y Carmela Castrejón, a través del enlace con organizaciones comunitarias y chicanas de ambos lados de la frontera como Coalición Sin Fronteras, una organización pro migrante, se estacionaron al anochecer frente a la oleada de medios de comunicación y a los autos de Light Up The Border.

Cientos de contra manifestantes formaron una frontera de espejos, papel aluminio y soportes metálicos que reflejaban las luces de los autos a sus dueños. El mensaje de tal intervención jugó con el uso de la luz; el movimiento Light up the border fue, por decirlo de una manera, “contra iluminado” por medio de los espejos, dejándolos expuestos a los reflectores y a los flashes de las cámaras de la prensa local. Una frontera de luces deslumbrantes se topó de frente a sí misma en los reflejos de la noche.

La columna de espejos era acompañada de carteles con inscripciones anti racistas y nombres de personas asesinadas por los excesos de la Patrulla Fronteriza sostenidos por un gran número de contra manifestantes que se aglomeraron frente a las iniciativas de Light Up The Border: “Otro muro de Berlín”, “Nuestra prosperidad depende de su pobreza” y “Alto a la militarización de la frontera”, fueron algunas de las consignas de las pancartas utilizadas.[4]

En una entrevista en 2021, la artista Carmela Castrejón comentó que Light Up the Border se presentaba mensualmente: “así cada mes nosotros ideábamos otro concepto, la de los espejos fue la primera y conforme pasaba el tiempo eran menos ellos que nosotros; nosotros íbamos creciendo (…) nos dimos cuenta de que los estábamos debilitando. Cada vez se notan más avergonzados, quién sabe que estaban sintiendo, pero felices no estaban”.[5]

Como muchxs otrxs artistas, Castrejón fue atenta al acontecer en la frontera y se expresó de formas múltiples a través de su trabajo: con la escultura, performance y fotografía atrapó un rico y vasto testimonio visual que se complementaba por su vínculo estrecho con académicos, maestros, defensores de derechos humanos, colectivos de arte y activistas. Ante la pregunta de ¿cuáles fueron los alcances de estas y otras acciones artísticas en la frontera?, ella contestó con toda seguridad: “Visibilizarlo. Visibilizar el hecho de que [los migrantes] eran una comunidad; que no son asesinos, que la gente está cruzando no para ir de vacaciones, y el punto era desmitificar al enemigo; para ellos, todos éramos malas personas: drogadictos, narcos, criminales, etcétera. Esa no era la realidad”.

Este tipo de intervenciones artísticas contrarrestaron los discursos oficiales sobre la situación fronteriza y fueron punta de lanza para que Tijuana se convirtiera en plataforma de arte contemporáneo de reconocimiento internacional unos años después. Las memorias visuales de las expresiones artísticas en Tijuana de finales de siglo son idiosincráticas tanto en sus temáticas como en su forma de trabajo, de ahí la importancia de conservar y difundir su registro y testimonio. Heriberto Yépez resalta la cualidad de lxs artistas de este tiempo:

 

Desde su surgimiento, el arte fronterizo fue entendido como una serie de expresiones representativas de procesos sociales más que de meros talentos individuales; de condiciones colectivas más que de mundos personales (…) la mayoría de los artistas fronterizos de Tijuana ni siquiera emergieron de carreras universitarias vinculadas al arte. Desde su inicio, convertirse en artistas en Tijuana significó transformar radicalmente su identidad profesional-laboral”.[6]

 

La frontera antes de ser muro fue cerco, alambre de púas y también una penosa cadena de faros de automóviles, pero mucho antes de todos esos embrollos nacionales de luces y espejo—ustedes/nosotros—, la frontera fue desierto inagotable, y en las penumbras de la historia humana, el desierto fue ciego sínico a los destellos de la modernidad, la geopolítica y sus dolencias de división.

 


[1] Patrick McDonnell, “Protesters light up the border again”, Los Angeles Times, 24 de agosto de 1990.

[2] Id.

[3] En Antonio Prieto Stambaugh, “La poética de la frontera”, Amerika, publicado en línea el 5 de enero 2018.

 

[4] Patricio Chávez y Madeleine Grynsztejn, La Frontera/The Border. Art about the Mexico/United States Border Experience, San Diego, Centro Cultural de la Raza/ The Museum of Contemporary Art, 1993, p. 18.

[5] Carmela Castrejón, entrevista por el autor, 19 de octubre de 2021, Tijuana, B. C.

[6] Heriberto Yépez, “Mutating Producers: Tijuana’s Border Art Laboratory (1992-2014)”, Terremoto, 28 de marzo de 2016, https://terremoto.mx/revista/mutating-producers/.

 

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César Larrea García

Investigador y docente. Estudió Historia en la unam y la maestría en el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California en Tijuana.