Parral
(fragmentos)

Leticia M. Gámez Casillas
octubre-noviembre de 2024

 

 

Imagen: Freepik


III.

Cuando niña mi conciencia usaba

la voz de la vecina para hablarme.

Ayer me enteré que su cuerpo

duerme entre los gusanos del panteón.

Me excuso en el luto

para desconfiar de los pasillos

que conocí de memoria.

Mi abuelo está entumecido

tras la telaraña de sus ojos.

Han pasado tantos meses, dicen,

frente al espejo:

han pasado tantos años, me digo,

y mi voz es un hilo sujeto

a la soledad de la infancia.

Entonces,

soy de nuevo esa niña

para quien el tiempo

es sólo un reloj con cuerda,

un retrato empolvado,

un florero marchito en la sala.

 

IV.

El pasado es un segundo piso

de un edificio derruido   

¿Cuántas fotografías dejaste llorando?

Allá todo es tristeza

Y aquí,

goteras

           muros húmedos

                                charcos.

 

V.

No avanza el tiempo, sólo el polvo.

El pueblo se maquilla en tonos sepia

para los turistas.

Las estatuas nuevas custodian calles

contra las colonias relegadas.

No hay sitio para la vejez

entre el fresco bronce.

Estamos mudos

porque tenemos la garganta

 llena de arena.

El disfraz del minero es espectáculo

          invención de historias

                     para el pueblo inmóvil.

Las aceras se pintaron de hollín,

quedamos sucios de por vida.

 

VI.

Me llevaré toda la casa a la capital

para regar sus recuerdos

en un lote baldío.

Me llevaré la infancia

aunque tenga que mezclarla

con el tabaco de mi abuelo

con los gises de la cuadra

con el murmullo del pueblo.

¿Cuántas generaciones

encerramos en estas paredes?

No me caben ochenta años

en dos décadas.

Pero a Parral

no le caben mis veinte

en sus plazas

hechas para viajeros.

Somos todos el único empleado,

con cuantiosos rostros,

que aparece puntual

a las celebraciones anuales.

Y al volver a casa, hasta el siguiente julio,

sus máscaras no encubrirán

el semblante acalorado por la fatiga.

 

VII.  

Sé cómo se nace en Parral

aunque no recuerdo

cuándo lo hice.

Sé cómo se muere

porque lo he visto.

Pero nunca aprendí

cómo se vive.

Las personas surgen

y desaparecen

en el mismo parpadeo.

Dura la vida

lo que el primer sollozo,

lo que la bombilla trémula encendida.

Son hondas las lágrimas

se ahogan en ellas

los juguetes de la infancia.

Un arrollo de llanto

ha irrumpido en las sepulturas de la memoria.

Las arterias del pueblo perdieron su rumbo,

por las alcantarillas brota un estanque

que nos recoge en su amnesia.

 

VIII.

Te están haciendo crecer a golpes, Parral.

La polvareda de los tractores te dejó ciego

y bajo los camiones de carga quedó tu voz.

Últimamente me parece

que ya no te quiero ni tantito.

Cuando aprenda a ser vieja

voy a volver,

 a mirar tus calles

y mi soledad perdida en la terracería.

Cómo me pesa verte con construcciones altas

hubo días en que lo único grande

eran los montes.

Ya no hace falta andar entre rocas

para mirar las casitas desde la antena.

De los escombros

buscan levantar monumentos históricos,

pero las ruinas se desmoronan

entre los dedos.

No se reciclan ladrillos,

ya son arena

en las arrugas del tiempo.

 

Ir al inicio

Compartir

Leticia M. Gámez Casillas

Egresada de la Licenciatura en Letras Españolas, de la Facultad de Filosofía y Letras, de la UACH y de la maestría en Literatura Mexicana en la Universidad Veracruzana. Ganadora en la categoría de Poesía, en los premios de Literatura Joven 2021, con el poemario titulado Bitácora del Yeso.