III.
Cuando niña mi conciencia usaba
la voz de la vecina para hablarme.
Ayer me enteré que su cuerpo
duerme entre los gusanos del panteón.
Me excuso en el luto
para desconfiar de los pasillos
que conocí de memoria.
Mi abuelo está entumecido
tras la telaraña de sus ojos.
Han pasado tantos meses, dicen,
frente al espejo:
han pasado tantos años, me digo,
y mi voz es un hilo sujeto
a la soledad de la infancia.
Entonces,
soy de nuevo esa niña
para quien el tiempo
es sólo un reloj con cuerda,
un retrato empolvado,
un florero marchito en la sala.
IV.
El pasado es un segundo piso
de un edificio derruido
¿Cuántas fotografías dejaste llorando?
Allá todo es tristeza
Y aquí,
goteras
muros húmedos
charcos.
V.
No avanza el tiempo, sólo el polvo.
El pueblo se maquilla en tonos sepia
para los turistas.
Las estatuas nuevas custodian calles
contra las colonias relegadas.
No hay sitio para la vejez
entre el fresco bronce.
Estamos mudos
porque tenemos la garganta
llena de arena.
El disfraz del minero es espectáculo
invención de historias
para el pueblo inmóvil.
Las aceras se pintaron de hollín,
quedamos sucios de por vida.
VI.
Me llevaré toda la casa a la capital
para regar sus recuerdos
en un lote baldío.
Me llevaré la infancia
aunque tenga que mezclarla
con el tabaco de mi abuelo
con los gises de la cuadra
con el murmullo del pueblo.
¿Cuántas generaciones
encerramos en estas paredes?
No me caben ochenta años
en dos décadas.
Pero a Parral
no le caben mis veinte
en sus plazas
hechas para viajeros.
Somos todos el único empleado,
con cuantiosos rostros,
que aparece puntual
a las celebraciones anuales.
Y al volver a casa, hasta el siguiente julio,
sus máscaras no encubrirán
el semblante acalorado por la fatiga.
VII.
Sé cómo se nace en Parral
aunque no recuerdo
cuándo lo hice.
Sé cómo se muere
porque lo he visto.
Pero nunca aprendí
cómo se vive.
Las personas surgen
y desaparecen
en el mismo parpadeo.
Dura la vida
lo que el primer sollozo,
lo que la bombilla trémula encendida.
Son hondas las lágrimas
se ahogan en ellas
los juguetes de la infancia.
Un arrollo de llanto
ha irrumpido en las sepulturas de la memoria.
Las arterias del pueblo perdieron su rumbo,
por las alcantarillas brota un estanque
que nos recoge en su amnesia.
VIII.
Te están haciendo crecer a golpes, Parral.
La polvareda de los tractores te dejó ciego
y bajo los camiones de carga quedó tu voz.
Últimamente me parece
que ya no te quiero ni tantito.
Cuando aprenda a ser vieja
voy a volver,
a mirar tus calles
y mi soledad perdida en la terracería.
Cómo me pesa verte con construcciones altas
hubo días en que lo único grande
eran los montes.
Ya no hace falta andar entre rocas
para mirar las casitas desde la antena.
De los escombros
buscan levantar monumentos históricos,
pero las ruinas se desmoronan
entre los dedos.
No se reciclan ladrillos,
ya son arena
en las arrugas del tiempo.