Vigencia cronotópica
Una relectura de Bajtin para el siglo XXI

Rodrigo Rosas Mendoza
Febrero-marzo de 2024

 

 

Ilustración de portada de la primera edición de Die Verwandlung (La metamorfosis), de Franz Kafka, en 1916


En Teoría y estética de la novela, Mijail Bajtin centra toda su atención en la función social del lenguaje y la manera en que la palabra opera dentro y fuera de la novela. Pero a menudo olvidamos resaltar sus puntuales observaciones sobre el ejercicio novelístico en tanto recipiente de las transformaciones históricas y los consecuentes cambios en la conciencia humana respecto a la temporalidad. Bajtin define el cronotopo como “conexión esencial de relaciones temporales y espaciales asimiladas artísticamente en la literatura”[1]. Pero lo que superficialmente parecería un estudio de las relaciones entre el espacio y el tiempo como constituyentes del contenido novelístico, Bajtin lo convierte en una exploración puntual de la evolución del tratamiento del tiempo en la literatura y, por tanto, se vuelve una explicación de cómo el sujeto ha modificado su experiencia con la temporalidad.

Es decir, el cronotopo va más allá del terreno de la novela puesto que también resulta una herramienta útil para ahondar en el cambio al interior del tiempo histórico y nuestra relación con él. Pensemos en el “suceso” y la modificación del orden progresivo del tiempo. Bajtin considera este factor como favorecedor de casualidades y simultaneidades en la novela de aventuras, donde los acontecimientos extraordinarios se desarrollaban en un momento conveniente y preciso. El “suceso” “irracionaliza” el tiempo, lo llena de casualidades y permite la intervención de fuerzas extrañas —malvados, hechiceros, bienhechores misteriosos—. Pero ciertamente hemos comprobado que la modernidad trastocó un poco el sentido del “suceso”. Ya en el siglo XX la novela negra, el modelo policial e incluso el cine se apropiaron del “suceso”para mostrar simultaneidades en una dimensión caótica, oscura, violenta y siempre vertiginosa. Ese cambio en el uso del cronotopo del “suceso”obedece a una experiencia  distinta con el tiempo; si en el pasado, el tiempo se irracionalizaba desde su congelamiento o elasticidad aventurera, por así decirlo, ya entrado el siglo XX la irracionalización del tiempo obedeció a un cambio de conciencia respecto a la simultaneidad y el caos, al bombardeo de acontecimientos en un sentido violento y acechante. El cine, en esos términos, ocupa un lugar privilegiado para utilizar de manera reformulada el “suceso”.

Otra muestra cronotópica del cambio de experiencia humana en relación con el tiempo aparece en la “metamorfosis”, derivación del cronotopo del camino. Aunque inicialmente Bajtin la vincula con la novela costumbrista en su vistazo a la transformación del alma y la conducta humana, su análisis adquiere luego un matiz histórico-identitario porque en la escritura posterior a la antigüedad, la transformación pierde su carácter “mágico” e individual.

Como ya apuntaba Luis Beltrán Almería en su Estética de la novela, el tránsito de las sociedades no-históricas a históricas contribuyó a la percepción de la naturaleza teleológica de la existencia y a la inserción del sujeto en la Historia a partir de la asimilación de las “huellas” dejadas en el tiempo. Aquel tiempo inmutable como el hombre mismo ha quedado atrás, ahora la “metamorfosis” no es mágica ni solamente fisiológica, apela ya al momento crucial en que como humanos comenzamos a ser “otros”, cambiamos nuestras relaciones con el mundo y se modifica la participación histórica. Franz Kafka ilustró de manera soberbia este cambio de conciencia en un sentido mucho menos alegórico de lo aparente.

En esa línea, cabría abordar también el proceso de desangramiento del cronotopo del idilio. Aquel espacio idealizado, ese rincón autosuficiente del mundo donde han vivido padres, abuelos y futuros hijos que además une la longevidad de las generaciones con la tierra misma, comienza a desintegrarse, hacia finales del siglo XIX, en linajes condenados, en estirpes marcadas por la violencia, el egoísmo y la falta de arraigo. La conciencia sobre el paso del tiempo y los vínculos con la tierra se oscurecen; la genealogía se desmitifica y el arraigo comienza a volverse problemático, acaso inexistente. Ejemplos sobran en la literatura reciente: Pedro Páramo, de Rulfo, Pastoral americana, de Roth, La casa de los espíritus, de Allende, Pálida luz en las colinas, de Ishiguro, y Casas vacías, de Navarro son algunos a botepronto.

La pregunta valiosa aquí es ¿por qué la novela sigue dialogando con los cronotopos bajtinianos? La novela para Bajtin es un género vivo, capaz de adaptarse a su tiempo —sobre todo a las preocupaciones emergidas desde la modernidad—. Si la novela mantiene vigentes las operaciones cronotópicas bajtinianas, aun después de tanto tiempo es, precisamente, por la sensibilidad novelística frente a la conformación de la realidad misma. La modernidad dio paso a un periodo de rearticulación de la realidad. Esto nos hace volver al asunto de la experiencia del tiempo en relación con la novela. Bajtín asegura, con razón, que a diferencia de la epopeya y la épica —cuyo mundo era el de los “primeros” y los “fundadores”; es decir, el pasado—, la novela, al contrario, es una “zona de máximo contacto con el presente”[2]. Esta concepción bajtiniana de la novela como “zona de contacto” es esencial; no solamente en su interior entran en contacto las diversas manifestaciones de la “palabra” —el llamado plurilingüismo—, sino que la novela misma es zona de contacto con “su” tiempo. Ello también propicia el fenómeno de incorporación de elementos extraliterarios: cartas, apuntes, diario, tonos confesionales. Esta absorción de elementos extraliterarios subraya la condición procesual de la novela, la cual nunca acaba de “ser” porque todo el tiempo admite, adopta, formas intra y extraliterarias. Se vuelve, digamos, laboratorio de posibilidades literarias, de nuevas ambiciones, lo cual explica el sinuoso e impredecible camino que la literatura contemporánea sigue hoy día. Sólo hay que leer a Vivian Gornick, Emmanuel Carrère, Valeria Luiselli o Veronica Gerber para notarlo.

La novela, como producto del presente —o en diálogo con— es también imperfecta como el presente mismo, es algo que siempre “está siendo”. Por tal razón, dentro de la novela vemos nuevas experiencias con la temporalidad, pues es el único género literario que nació esencialmente para ocuparse de su propio tiempo y reflejar sus vicisitudes, lo cual le otorga la facultad de poder voltear tanto hacia el pasado como al futuro. Así, la novela participa en esa reivindicación del presente para la conciencia humana. Pero lo más interesante de este planteamiento es que propone una discusión muy rica en términos de algunas vertientes como la ciencia ficción y la novela familiar contemporánea. En ellas se nota otra modificación más respecto a la experiencia con el tiempo; la distopía ha demostrado que el futuro no siempre depara grandes cosas para la humanidad, que no hay cabida para la esperanza. George Orwell y Ray Bradbury fueron muy claros en esos términos. La novela familiar contemporánea, por su lado, desmitifica el presente al mostrarlo como un bucle de múltiples crisis a nivel individual: desencanto, renuncia al futuro, soledad, fracaso de relaciones afectivas, en fin. Ahí están Las correcciones, de Jonathan Franzen, y Canción de tumba, de Julián Herbert, para comprobarlo.

La novela, como bien observó Bajtin, siempre está ahí para reflejar los cambios de la experiencia humana con el tiempo, la historia y los estados de conciencia. Pero la novela también es diálogo con su tiempo; produce cronotopos capaces de encerrar el estado mental del sujeto y sus preocupaciones por el sentido de la existencia. Así, aunque el ejercicio novelístico conduce a un entendimiento del estado caótico de nuestro tiempo, no cabría esperar que descifre el enigma del presente, pues no es su intención, ni acaso le sea posible hacerlo. Pero sí es clara su capacidad para reflejar las condiciones históricas que nos llevan a tal percepción.


[1] Mijal Bajtin, Teoría y estética de la novela, 1989, p. 237.

[2] Ibid., p. 456.

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Rodrigo Rosas Mendoza

Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Cursó la Especialización en Literatura Mexicana del Siglo XX impartida por la UAM Azcapotzalco.