Imagen de Todos flotan, de Antonio Lozano, en Acapulco, Guerrero. Todos Flotan revisita las culebrinas —o papalotes— como objetos performáticos, a partir de identificar los distintos actos que realizan: ascender, volar, caer y desaparecer. Todos Flotan pone en acción la imagen y mediante ella busca visibilizar en el espacio público la grave crisis de desaparición forzada que padecemos
Para Leo Olivos, Lu Ciccia y César Torres con gratitud.
La tarde del 5 de marzo de 2022 estalló en redes sociales la noticia de que, durante un partido de los equipos Atlas y Gallos Blancos en el Estadio Corregidora, había ocurrido un encontronazo entre los aficionados de ambas formaciones. Las primeras notas hablaron de varios muertos; pronto surgieron imágenes y videos —sobre todo en Twitter— que iban detallando la aparición del horror: grupos de varones que se batían con furia; familias que corrían aterradas hacia la cancha —de repente, un claro ante al territorio de fuego que eran las gradas—; fuerzas de seguridad que permanecían casi indiferentes, casi cómplices; finalmente, las formas descarnadas de la violencia: cuerpos indefensos, una y otra vez azotados por quienes súbitamente asumían el papel de victimarios. Flagelados hasta perder el sentido: rostros que se pegan al concreto, entre líquido espeso; charcos —como los que vemos en los rastros, en las carnicerías—; carne que se hunde en la sombra, que busca protegerse, pero sólo alcanza a esbozar vagos movimientos de autómata; carne que, una vez subyugada por la fuerza de los golpes, acaba burlada por el sexo.
Los agresores no se contentaron con someter a las víctimas: una vez en el suelo, ya inconscientes, las despojaron de sus ropas. En algunos casos volvieron a golpearlas; otras veces, la desnudez consumó la derrota. Esas imágenes embistieron mi mente con el escándalo, el resplandor de un terror ya presenciado: espectros, muros fantasmales recorridos por fracturas, relámpagos de la memoria. ¿No nacían esas imágenes de la misma matriz que produjera, muchos años atrás, las fotografías atroces de la prisión de Abu Ghraib, en Iraq? ¿No existía un parentesco, una línea de sangre, entre esos dos conjuntos de imágenes de cuerpos material, simbólicamente despojados de la protección viril: abusados, vejados? ¿No había un mismo proceder entre los ejecutantes de dos situaciones alejadas en el tiempo y las circunstancias, pero unidas por una misma voluntad perversa? Tengo que pensar en Walter Benjamin: “articular históricamente el pasado significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en el instante de un peligro”.
Sopesadas más tarde, aquellas imágenes de la crueldad trajeron otras aguas mentales hacia mi orilla: los horrores convocados por Passolini, pero también los vínculos entre carne y violencia, entre poder y cuerpo que se vuelven peligro y, por momentos, poesía, en esa hermosa novela que es Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil. ¿No es, sin embargo, una frivolidad la trampa del pensamiento que convoca arte y tragedia bajo un mismo territorio? ¿Pueden, en verdad, reunirse el látigo de la realidad y la poiesis, incluso si es el examen de la sangre —la herida y el símbolo— quien los une? ¿No es, además, frugal el pensar que una categoría puede componerse por los caprichos que asocia nuestra mente —mi mente—? El pensamiento es el ladrillo cimentado en la pared, diría Bataille. “Es un simulacro de pensamiento si, en el retorno que hace sobre sí mismo, el ser que piensa ve un ladrillo libre y no el precio que le cuesta esa apariencia de libertad…”.[1]
Si la ficción y la realidad —y la pesadilla, y el sueño— guardan puntos de convergencia, quizá el capricho tenga algo que decirnos, como las serpientes eléctricas de Aby Warburg: al final, soñamos con palabras. En la locura, las palabras se quiebran: renacen al otro día, henchidas de símbolos. Tal vez lo que intuía en la carga del relámpago es que había un ordenamiento sexual en el fondo de esas imágenes. O, más precisamente, un orden sexo—genérico ligado a la violencia. No estoy seguro de la distinción. Quizás, como ha dicho célebremente Judith Butler, “esta construcción denominada ‘sexo’ esté tan culturalmente construida como el género; de hecho, quizá siempre fue género…”.[2]
Orden de la realidad, orden de la ficción. Hay géneros, también, en la escritura: géneros en los cuerpos —¿los hay, realmente?—. Y si es así: ¿cómo penetra el género en nuestra carne? ¿No habría que decir, más bien: hay escrituras en los cuerpos; caligrafías, registros, memorandos impresos con tinta invisible? ¿No sería nuestra labor esculcar, con la paciencia del exégeta, las palabras impresas en nuestra materia, distinguir nuestra escritura de la escritura ajena? Pero ¿puede la tinta, una vez dispersa, realmente dividirse?
Algunos actos ligados al concepto de performatividad —concepto, como sabemos, apuntalado desde el feminismo por la misma Butler— han tratado de conjurar las escrituras del poder. Particularmente, cuando se le actualiza como performance y otras expresiones que reúnen arte y política, poética y declaración, lo performático parece detentar una potencia capaz de desnudar las normativas simbólicas de las estructuras que habitamos: sería, en su expresión más alta, una espada en llamas que abriría una herida en las coordenadas del instante.
Me parece que este entendimiento, por lo demás harto extendido, de lo performático, pudiera adolecer de un candor excesivo, y así producir el indeseado efecto de una placidez que se basta a sí misma, como un placebo: pasado el fulgor, la novedad del acto, la estructura de fondo seguiría intacta, y aun más recia; el espacio de permisión acabaría por apuntalarla. “La posibilidad de mi persistencia como ‘yo’ depende de la capacidad de mi ser de hacer algo con lo que se hace conmigo. Esto no significa que yo pueda rehacer el mundo de manera que me convierta en su hacedor”, dirá Butler.[3]
Para ella, en cambio, la performatividad es un proceder en el que los sujetos actualizan continuamente un lenguaje que les precede, pero que por su propia capacidad creativa utilizan a la vez de forma única: una constante ejecución de un género reglamentado, cuya pujanza avanza siempre sobre el precipicio de la afirmación y del fracaso. Hay que trazar su genealogía en la función —y la fuerza— ilocucionaria que John L. Austin otorga al lenguaje: el acto performativo crea la realidad que dice representar, pero ha de crearla como una puesta en escena del sistema de signos que lo hacen posible. El fracaso es en él una continua latencia: quien pronuncia las palabras en falso casi siempre terminará por despeñarse en el territorio de lo ininteligible, pero puede abrir una puerta de resignificación y aun de subversión ante el lenguaje.[4]
Como en el célebre relato “Ante la ley”, de Kafka —Derrida ha hecho de él una lectura esencial a Butler— el género (o el sexo) es el efecto de un “ideal regulatorio” (Foucault) cuya normativa se ha vuelto fantasmal: el hombre del campo se sitúa ante las puertas de una ley que lo vigila, lo disciplina y, en fin, lo hace posible; una ley que, según confiesa su guardián, está reservada sólo para él, pero que no le es dado ver jamás más allá del friso. Foucault dirá: la discursividad sostiene los sistemas de poder, de la clínica a lo jurídico, y construye así a los sujetos a quienes luego dirá representar; sujetos solo posibles por ese mismo discurso intangible. Butler dirá: “la anticipación de una revelación fidedigna del significado es el medio a través del cual esa autoridad se instala: la anticipación conjura su objeto”.[5]
El poder se instala en el deseo. Y, ¿qué desea el deseo? Desea, ante todo, ser legible, siempre amenazado por la acechanza de lo abyecto. Si el sexo —es decir: el género— nunca existió de forma prediscursiva, si está encarnado en el lenguaje, debe responder a la demanda de ese lenguaje que lo hace asequible: al binomio de machos y hembras, con supremacía de los primeros; a un precepto heterosexual que sostiene una economía capitalista. Lenguaje será destino: “soy niño”, decimos apenas aprendemos a articular palabras. “Soy niña”: es la primera trampa del deseo. Entonces, la performatividad –“la práctica reiterativa y referencial mediante la cual el discurso produce los efectos que nombra”[6]— no puede ser un acto de voluntad plena, ni será capaz de producir la sublevación de quien lo ejecuta, a riesgo de su forclusión: será arrojado a un territorio inhabitable.
Pero entonces, ¿qué pasa con la experiencia sensible del cuerpo y sus procesos? ¿La prisión de las palabras acabaría por producir una obliteración de la materia? ¿Dónde situamos el dolor? ¿Dónde, la furia? ¿No sería real mi dolor: mi cuerpo? ¿Y si podemos situarla —y si podemos sitiarla—, en qué esquina de nuestra psique habita la violencia? Butler, al repensar en la materialidad del ser, terminaría por cerrar más el círculo, apretar más el nudo: la corporalidad sería no sólo el efecto de un discurso sobre una materia que busca constantemente hacerse legible sino, de hecho, el efecto más productivo del poder, “una práctica reguladora que produce los cuerpos que gobierna”.[7]
¿Cómo explicar la performatividad en sus modos de relación, es decir, cuando un cuerpo se sitúa ante otro cuerpo? Butler no dice mucho al respecto. En su obra no aparecen con frecuencia las palabras ‘sociedad’ o ‘ejemplo’. Tengo para mí que, si su concepto medular es certero, situamos nuestra materialidad en el mundo bajo el mecanismo de las casas de espejos. Nuestros modos de encarnar un género se realizan en la corporalidad que ejecutamos y en el ojo exterior que nos observa. En la persona pública que habitamos, en la materia que se inscribe en el tiempo y el espacio, pero —especialmente— en la dinámica especular de quienes pueden leer nuestro cuerpo hecho de símbolos —un cuerpo sujeto al sujeto, un cuerpo cuya materia es continuamente negada (funciones, deterioro, pulsiones, excrecencias), o castigada, o consumida. ¿Podemos situar el dolor en la esfera pública? ¿El ardor, y la furia, y el miedo, y la sombra? ¿Qué decir del placer? ¿No ha sido empaquetado nuestro placer en productos de rápido consumo, disponibles a meses sin intereses?
Vuelvo a la novela de Musil, plagada de furia y eros: tres cadetes desean —de formas diversas, sí, ligadas a su propia experiencia material (las ideas están subsumidas en la carne)— el cuerpo del joven Basini: un cuerpo siempre proclive a la obediencia. Aquel que ha fracasado en revestir, en reproducir los atributos del varón, se halla en la novela sometido a la voluntad de sus verdugos. Pues es el suyo un territorio abyecto: no ha sido despojado sólo de su uniforme de cadete, sino de los abalorios que lo sustentaban como varón. Es ahora un cuerpo inerme, por igual, a la bofetada o la penetración. El deseo por la víctima deviene, en los otros, la experiencia material de un ardor que ansía sentir el placer de la carne enrarecida en la misma medida que busca su destrucción: pues la ruina del cuerpo de Basini refrenda el sexo de los victimarios. Lo refrenda en la visión especular que sus cuerpos componen al mirarse.
¿Podemos sostener, sin incurrir en una simplificación grosera, casi de orden moral, que el acto de forclusión sospechado por Butler, la Verwerfung de raíz psicoanalítica, pudiera estar en la simiente de una violencia exacerbada? En la voluntad masculina de doblegar al otro (¿tienen género, las voluntades?). En la propensión al golpe, y a la furia, y a la sangre. Un estadio de futbol que se convierte en una escena de guerra (¿no jugamos los niños con soldados de plástico?). Una prisión militar que se convierte en una fiesta de disfraces (¿no soñamos los niños con ser Batman?). Un acto de tortura que se vuelve travestismo, profanación, paseo en Disneylandia. Qué divertido, golpear repetidamente un cuerpo. Qué dulce, la sonrisa ante la cámara que preserva el agravio. You press the button, we do the rest. #Corregidora es trending topic. For sale! Souvenirs de Abu Ghraib.
¿Es la performatividad hoy una categoría útil para comprender los dispositivos del género; por ejemplo, los ejercicios de violencia masculina? No pretendo responder ahora esa pregunta. Ciertamente, su formulación discursiva, al menos en Judith Butler, permite entender, o vislumbrar, ciertas estructuras de poder que han sido silenciadas en la realidad, pero ofrece pocas herramientas para transformarlas. ¿Cómo desplazamos los actos performativos de la serpiente que se muerde la cola a la voluntad creativa? Paul B. Preciado ha cifrado una posibilidad en las fuerzas creativas del arte y la poesía, como lo han hecho tantos feminismos y corporalidades no hegemónicas: como lo ha hecho el performance, y la danza, y el ritual. Acaso un punto de partida sea pensar la performatividad como un término en movimiento. Después de todo, la palabra que se aferra a sus morfemas es una palabra que reproduce los sortilegios del poder. Acaso la palabra deba ceder a la apropiación: los modos en que las pulsiones poéticas, venidas de nuestros cuerpos cargados de símbolos, puedan despertar nuevas resonancias en la materia del lenguaje.
[1] Georges Bataille, Teoría de la religión. Madrid, Taurus, 1998: 11.
[2] Judith Butler, El género en disputa. México, Paidós, 2022: 55.
[3] Judith Butler. Deshacer el género. México, Paidós, 2021: 16.
[4] Cfr. Hortensia Moreno y César Torres Cruz, “Performatividad” en Conceptos clave en los estudios de género. Volumen II, de H. Moreno y Eva Alcántara (eds.). México, UNAM, 2018: 241.
[5] Op. cit: 17.
[6] Judith Butler, Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, Buenos Aires, Paidós, 2002: 18.
[7] Idem.
(Minatitlán, 1982). Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Veracruzana y el Bridgewater College de Virginia. Cursó la maestría en Historia del Arte y el Posgrado en Estudios de Género en la UNAM. En 2003 recibió el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés. Ha sido becario del IVEC, el Centro Mexicano de Escritores, la Fundación para las Letras Mexicanas y el Fonca.