Ilustración: Hugo Ramírez Rosales
andrés. m. Individuo calenturiento. ǁ Mi amigo. ǁ Protagonista de este ensayo por una razón muy sencilla: las palabras lo divierten y lo excitan. Esto puede sonar común, pero en él hay una clara conciencia de esto que lo hace interesante: “A mí me gusta hablar durante, ya sabes (podría decir coger, tener relaciones sexuales o sexo, forma que está de moda, pero es más excitante la alusión, el rodeo)”. “Cuando alguien me ha contado un buen chiste lingüístico, siento como si me coquetearan”. “No sé por qué me pasa así, pero así me pasa; el que la gente juegue con las cosas que dice, con cómo lo dice, me parece muy placentero y divertido, ¿por qué a veces las personas extienden a propósito lo que tienen que decir, por ejemplo, por qué ‘Simona la cacatúa’ en lugar de ‘sí’?, ¿por qué a veces lo modifican para que suene más juguetón, como ‘¿cómo l’avestruz?’ en lugar de ‘¿cómo la ves?’, y lo más importante, ¿lo hacen para sí mismos o para los demás?”. ǁ Después de escucharlo, ya no sé cómo percibir algo inocente, como oír una broma, o qué piensa o siente cuando escucha a alguien. ǁ Esto no es un catálogo de las expresiones que Andrés emplea, pues su vocabulario erótico se lo reservamos a él. Este texto es sobre algunas ideas y ejemplos que han llamado mi atención sobre cómo él se relaciona con las palabras.
extrañeza. adj. Andrés de niño no entendía por qué la palabra pene era la palabra correcta para designar al pájaro, al pito, al palalo, si incluso le parecía que se escuchaba más obscena que las obscenas. La primera vez que la escuchó fue en tercero de primaria, mientras que con las otras estaba bastante familiarizado. Recuerda que una vez en la secundaria un amigo, jugando, le metió entre las piernas el mango curveado de un paraguas mientras estaba de pie distraído jugando videojuegos, y lo jaló para pegarle; él, llevándose las manos a la entrepierna por el dolor, dijo riéndose “aguanta, me pegaste en el pene”. El nombre apropiado, más que el golpe, hizo reír a todos, incluido él mismo.
exuberante. adj. Palabra que puedes escribir con h si te gusta la lencería.
google. m. El actual juguete sexual de Andrés, particularmente el buscador de imágenes, pero no es la imagen lo que lo atrapa (porque nunca encuentra lo que busca; en el mejor de los casos, algo completamente distinto, pero que llame su atención), sino buscar, improvisar frente al buscador. Le gusta conjuntar palabras al azar, como “ombligo tlachique” o “nalgotronic” (sobre esta, dice que se imagina una terminal para pago con tarjeta con forma de nalgas de robot: “En este establecimiento contamos con terminales Nalgotronic”, reza el anuncio en su cabeza), y ver qué aparece. Lee con ternura las sugerencias “quizás quisiste decir…” y con ansias e incredulidad recorre las galerías de imágenes. ǁ Hay campos semánticos en los que a Andrés le gusta jugar (por ejemplo “umbrales”, “límites”, “fronteras”), desafortunadamente el buscador no juega con él; por ejemplo a Andrés “Cumbres de Maltrata” le parece una frase tan sugerente, pero son pocas las imágenes que prestan atención a lo que aquella incita, en su gran mayoría son fotografías de carreteras, tomadas con intenciones geográficas...
eros. m. Es un dios que, entre otras cosas, a veces deja testimonio en los memes: “sabrontosaurio”, “oie zi, k rikolino”, “el delicioso”, “nalgótica”, “nepe”.
faz. f. Andrés no desprecia a las palabras bajo ningún aspecto: pronunciadas, escritas (“delicia” no es lo mismo que “dlizia”), dibujadas, cantadas, esculpidas, actuadas, bailadas, etcétera.
imaginación. f. Programa que permite acceder a información sobre un tema determinado. ǁ Lugar para jugar.
irrealizable. adj. Las fantasías de Andrés no pueden llevarse a cabo, pues no están patrocinadas por sexshops o cine norteamericano. Por ejemplo, no le interesa vestirse de látex, usar látigos o asistir a orgías. Andrés quiere abrir la envoltura de un dulce y que esta contenga a María (su novia) y que su boca sea como una ola que la levante, la envuelva, y la disuelva poco a poco, pero sin heridas, sin laceraciones, sin huesos atravesando la piel, sino sólo una carne de caramelo macizo que se deshace al contacto con la lengua. ǁ Andrés cuenta una historia de amor, tipo Romeo y Julieta, donde unas costillas se enamoran de él, y él de ellas, pero es un amor al que todos se oponen.
lechuguino. m. y f. Algunos insultos no lo parecen, pero lo son, mas están metidos, como una tanga, entre las páginas de algún libro. Cuando Andrés insultaba en la primaria, las personas primero se extrañaban, pero luego preferían quedarse con la duda antes que parecer ignorantes o ir a buscar un diccionario.
nepe. m. Órgano reproductor masculino tímido, viejito, torpe, cualidades que lo hacen atractivo en su mundo del revés. ǁ Protagonista del adagio “entre broma y broma, la verga se asoma”.
oído. m. La hoguera donde Andrés lanza toda la leña que ha recogido.
párpado. m. Andrés recuerda que antes se masturbaba con los ojos cerrados y besaba con los ojos abiertos.
picardía. f. Palabra a la que se ha sumergido en un polvito para que pique y sepa más rico.
pornografía. f. Pedagogía. ǁ Objetos o actitudes culturales que tenían como fin despertar la excitación sexual, pero que terminaron aburriendo a Andrés. ¿Qué pero le pone?
prosa. f. Andrés tiene una constitución prosaica y le gusta que a las palabras se les note la marca histórica del bronceado.
sexualidad. f. Acción y efecto de jugar. ǁ Apetito sexual. ǁ ¡Pero quienes quieran jugar son tan escasos!
sheshe. f. A Andrés le parece que la forma de las palabras le da forma a la realidad, es decir, no es lo mismo pecho, seno, glándula mamaria, busto, cada una de estas presenta a la cosa bajo un aspecto diferente, importantes todos. Él pronuncia Sheshes (una variante juguetona de chichis) exagerando su articulación, omite la s del artículo las, para enfatizar el comienzo de la palabra hasta casi cerrar el ojo derecho, y sonríe.
tumbaburros. m. La primera vez se topó con una de estas obras destinadas a la consulta fue en tercero de primaria. Era el Pequeño Diccionario Sopena. Ese día le enseñaron que estaba ordenado alfabéticamente y que ahí podía ver el significado de las palabras. Como actividad lo pusieron a buscar algunas definiciones, pero con sus compañeros de banca la actividad pronto tomó otra ruta: se pusieron a buscar palabras como pinche, pendejo, caca, chingada, pazguato (a veces su mamá lo llamaba así, pero no sabía exactamente qué era), para pasar después a otras como chichis, nalgas, verga, pito. Conocer y escuchar las palabras era una cosa, verlas escritas, otra; les agregaba otro aspecto. Interesante era asimismo por qué algunas palabras no estaban, como palitroche o tepalcuanas, o por qué la definición no coincidía; por ejemplo, su diccionario estaba hecho en España y coger aparecía como algo distinto del uso que le daban los de sexto año en su escuela. ǁ Muchos años después, cuando dio clases de Taller de Lectura y Redacción, Andrés se dio cuenta de que sus alumnos no sabían usarlo; mucho menos derivar placer de su uso.
vocabulario. m. El terreno de lo privado, de lo histórico y de lo social. Andrés habla como él solo, y a la vez habla como sus padres, como los libros que ha leído, como la música que ha escuchado: como todo lo que ha amado (incluso lo que no se ha dado cuenta que ha amado). A la vez, el idioma se ríe cuando pronuncia a Andrés, como aquí. ǁ Sabor que otra boca no puede probar.
(Xalapa, Veracruz, 1979). Estudió Lengua y Literatura Españolas en la Universidad Veracruzana. Participa regularmente en la sección cultural de La Jornada Veracruz y actualmente colabora en la obra interdisciplinar de danza contemporánea Las promesas del abismo. Mantiene el blog clavelesentusalgas.blogspot.mx