Pablo Neruda: las potencias originarias

Audomaro Hidalgo
febrero - marzo de 2023

 

 

Grafiti con retrato de Pablo Neruda, plaza Lord Cochrane, Valparaíso, Chile. Fotografía: Rodrigo Fernández, Wikimedia Commons

 

Recientemente sentí la necesidad de releer el Canto general. Esta relectura avivó memorias y encendió sensaciones que la obra de Pablo Neruda, a lo largo de mi comercio con ella, ha producido en mí. Neruda es de esos poetas que crean una lengua otra dentro del idioma. Esto es posible porque, además de la sensibilidad crítica hacia el lenguaje, el punto de vista que estos poetas tienen del mundo exige nuevas maneras de enunciación que traduzcan esas visiones, ritmos, ideas, sueños, emociones, a un lenguaje personalísimo. La poesía es un cuerpo a cuerpo contra las imposiciones de la lengua, es una lucha que demanda, además de osadía espiritual, resistencia física y rectitud moral. La poesía es fidelidad al riesgo que implica la existencia asumida en plenitud. El inagotable poder verbal de Neruda nos causa, al mismo tiempo, atracción y repulsión, entusiasmo y cansancio, júbilo y tedio, pero siempre admiración. Es muy difícil sustraerse a ese océano verbal, pero es necesario hacerlo, de lo contrario podríamos perecer en esas aguas muchas veces convulsas, tumultuosas, eléctricas.

Neruda comenzó siendo un forjador de versos sensibleros y terminó por ser un reconocido poeta de fama internacional. Mucho antes de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1971, Pablo Neruda era ya conocido por su compromiso político y su lucha social. Su vida fue la de un hombre entregado, con convicción y sin reservas, a unas ideas vividas más como una pasión que como instrumentos de conocimiento. Hoy resulta muy fácil juzgar la gesta política que atraviesa una parte de su poesía. Este reproche también se le puede hacer a Louis Aragon, amigo del poeta chileno. Sin embargo, en el siglo pasado era muy difícil permanecer al margen, la historia tenía un peso determinante y los acontecimientos exigían una postura, una toma de decisión. La historia, identificada con la idea del progreso y la evolución, fue el paradigma de los hombres en el siglo XX, como lo fue la teología en la Edad Media. No justifico la ideología de Pablo Neruda ni defiendo sus himnos y loas políticas, como la Elegía o las Alabanzas de la revolución chilena e incitación al nixonicidio, este último escrito no para ser una referencia bibliográfica sino para perdurar en la memoria del pueblo chileno; trato únicamente de comprender a uno de los primeros poetas que descubrí y que he leído con fervor en diferentes periodos de mi vida.

Neruda se propuso ser el Walt Whitman de la poesía en lengua española. Tenía el mismo aliento que el poeta norteamericano pero pertenecía a una tradición espiritual diferente. Whitman escribe apoyado naturalmente en el versículo bíblico; Neruda utilizó formas y metros diversos que expresaran su drama personal de hombre inmerso en la historia de su país y del mundo; Whitman celebra el progreso de la sociedad industrial americana; Neruda lo reprueba en favor de la comunidad mundial de los iguales; Whitman canta la máquina, los “descubrimientos” y las “invenciones”; Neruda celebra a la alcachofa, al apio y al caldillo de congrio. No obstante, inspirado en el ejemplo de Whitman, Neruda es culpable de algunos de los males que han aquejado y aquejan a la poesía latinoamericana: la exuberancia verbal, la retórica sentenciosa, el tono ponderativo del verso. Martín Adán, Enrique Molina, Álvaro Mutis, Vicente Gerbasi, Marosa di Giorgio, Jorge Enrique Adoum, Jorge Max Rojas, y tantos otros, promovieron esos excesos de los que hay que preservarse, pero que también nos son impuestos por la naturaleza misma del idioma español, siempre tendiente al énfasis y la retórica. 

Desde la publicación de Residencia en la Tierra, la crítica alabó, como una nota singular de la poesía de Neruda, la inmersión en el mundo de la materia. Esto es evidente no sólo en este volumen sino en toda la obra del chileno. En “Alturas de Macchu Picchu”, dice:

 

Más abajo, en el oro de la geología,

como una espada envuelta en meteoros,

hundí la mano turbulenta y dulce

en lo más genital de lo terrestre.   

        

Pero esta observación de sus primeros comentaristas, sin duda justa y bien vista, debe ampliarse un poco más. Pablo Neruda no sólo bajó al mundo de la materia como ningún otro poeta de lengua castellana lo había hecho antes, sino que fue mucho más lejos, porque descendió a las raíces profundas del idioma en busca del nido de sílabas del comienzo. Esta es la diferencia esencial entre Pablo Neruda y Vicente Huidobro, otro gran poeta. Neruda desenterró (como lo había hecho antes Apollinaire con la poesía francesa medieval) el ritmo olvidado del español, exploró la métrica, recreó la prosodia castellana, reinventó modelos estróficos; Huidobro, con ese aire de vanidad que recorre su poesía, fue indiferente al arsenal retórico del que dispone nuestra tradición, lo despreció y al hacerlo mutiló una parte valiosa de su espíritu, se nutrió de las vanguardias europeas (en especial la francesa) pero ignoró al Romancero, al Arcipreste y la lección de los poetas barrocos; Neruda buscó en el pasado de la lengua su actualidad más actual; Huidobro escribió en francés porque era el idioma cosmopolita de las artes en ese momento; Neruda tuvo conciencia de la tradición, mientras que a Huidobro lo cegó la efímera novedad y apostó por la pirotecnia verbal. Los separaban no sólo diez años de diferencia sino dos concepciones distintas de la poesía. Hacia el final del Canto general, encontramos estos versos: 

 

Que amen como yo amé mi Manrique, mi Góngora,

mi Garcilaso, mi Quevedo:

fueron

titánicos guardianes, armaduras

de platino y nevada transparencia,

que me enseñaron el rigor

     

Neruda no es un poeta del tiempo sino del espacio. Era un ser que sentía profundamente todo aquello que lo rodeaba: la respiración del mar en la noche y la noche poblada de sustancias infinitas, la dormida cordillera y el vuelo andino del cóndor, el ardor deslumbrante de la nieve y la irrupción solar de las espigas, el variado universo multicolor y multiforme de los alimentos terrestres, los seres humildes y los sonidos de la tierra, en suma: la vida diaria. El poeta puede darnos la totalidad del mundo en una sola imagen o metáfora. Neruda, atravesando a caballo la cordillera, perseguido, huyendo dolorosamente de su patria, se detiene a descansar en una región umbría, de pronto recoge una rama y en el olor que despide es capaz de percibir todo el bosque. A medida que fue creciendo, como hombre y como poeta, Neruda despertó a las potencias originarias que nos otorgan los sentidos, anestesiados por obligaciones cotidianas, y nos enseñó que recobrar al homo poeticus que abriga cada ser humano aún es posible. No hace falta saber que escribió Residencia en la Tierra lejos de Chile, en total soledad psíquica y lingüística, en Ceylán, para sentir estos versos:

 

La flor de la soledad, húmeda, extensa

como la tierra en un largo invierno 

 

En la poesía de Pablo Neruda la palabra sur tiene una connotación más mítica que geográfica, más personal que histórica. La palabra sur, tan breve, más bella su pronunciación en castellano que en francés o en inglés, no señala un punto concreto sino más bien evoca una nostalgia. Es una hermosa cicatriz que arde y debe seguir ardiendo en la memoria del poeta. No postula un norte ni hace referencia a ningún otro punto cardinal, porque al escribirla o pronunciarla, el poeta abre las puertas a un viaje adentro, hacia la fuente cegada a la que no se accede sino tras un sostenido esfuerzo de atención y entrega. En cualquier lugar de la frase en que se encuentre, la palabra sur resplandece como un diamante extraído de la dura noche del lenguaje.

El exceso de Neruda también es bibliográfico. Su obra tiene grandes caídas pero asimismo muchos momentos de alta poesía. El precoz autor de los Veinte poemas.., El hondero entusiasta y Crepusculario, conquistó pronto la memoria de los lectores, esto perjudicó al otro Neruda, me refiero al joven poeta virtuoso de Anillos, esos ocho o nueve mágicos poemas en prosa, un camino que no terminó de explorar. También se tiende a pasar por alto su esbozo de novela poética, Cantalao, nombre que según su biógrafo, Volodia Teitelboim, Neruda había proyectado utilizar para un sitio que mandaría a construir en Isla Negra y en el que escritores y artistas irían a pasar temporadas de creación, ocio y bebida. Pablo Neruda es autor de uno de los primeros textos surrealistas en la América española: Tentativa del hombre infinito, folleto que anuncia a todas luces lo que sería Residencia en la Tierra. Estos olvidos no sólo ocurren con el primer Neruda. Debido al número de libros publicados se omiten otros títulos que me parecen capitales, como La espada encendida, una recreación poética del mito bíblico de la Creación y Caída a partir de una leyenda araucana, o Las piedras del cielo, animado por una alquimia verbal pocas veces repetida en nuestra poesía.  

En el caso de sus memorias y de Para nacer he nacido: está muy lejos de ser la mejor prosa escrita en castellano. No es la prosa de un Antonio Machado o de un Alfonso Reyes. Fue muy poco lo que nos dijo Neruda acerca de otros poetas, de otras artes y casi nada de lo que significaba para él la poesía. Esto es grave si se piensa que un poeta es también un escritor que reflexiona permanentemente sobre el fenómeno poético. La escritura en prosa de Neruda es desprolija, apresurada y muchas veces torpe. Debo decirlo sin ambages: Pablo Neruda es un gran poeta pero un mal escritor.

El centro de gravedad de su poesía es la mujer. Cifra de todo lo existente, en la mujer palpita el universo, gracias a ella el ser, no el yo, se realiza transfigurándose sin cesar. Neruda escribió muchos de los mejores poemas de amor de nuestra lengua. Esos poemas tienen más de la afirmación vitalista de Lope que de la amargura resignada de Quevedo. Amar es ver: el amor y la mujer son las vías de acceso a la existencia verdadera, a la vida másvida, a la realidad oculta pero que se encuentra siempre ante de nuestros ojos, ahí delante: la realidad de todos los días. Por eso Neruda es capaz de escribir:

 

En tu abrazo yo abrazo lo que existe,

la arena, el tiempo, el árbol de la lluvia,

y todo vive para que yo viva:

sin ir tan lejos puedo verlo todo:

veo en tu vida todo lo viviente.   

 

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Audomaro Hidalgo

(Villahermosa, Tabasco, 1983)

Poeta, ensayista y traductor mexicano. Estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, Argentina. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Obtuvo el Premio Tabasco de Poesía José Carlos Becerra 2013 y el Premio Nacional de Poesía Juana de Asbaje 2010.