Fotografía: Especial
De niño, Tom soñaba con salvar personas, enamorar doncellas, pintar musas, viajar a tierras lejanas y ser amado por multitudes, pero todos esos sueños se habían quedado en sueños. La vida real lo había absorbido, la comodidad toco su vida, la seguridad le gano a la incertidumbre, con un trabajo estable y dinero suficiente para vivir el día a día, no se preocupaba de nada, salía con amigos a los bares de siempre y en vez de tórridos romances tenía encuentros con aves de paso.
Ahogado con este sentimiento decidió buscar en internet una solución a su vida aburrida; quería ser como el protagonista de esa serie, no temerle a nada, ni al mismo miedo. Le aparecieron mil sitios que prometían la fórmula para ser lo que siempre has soñado, para ser la mejor versión de ti mismo, etcétera, pero, entre ese mar de coaching trillado. Encontró varias experiencias de personas que habían ido con un sabio que les había mostrado el camino de la iluminación. Llegar con él no era fácil, estaba en un cerro boscoso al sur de la ciudad, donde se cuenta que habitan brujos malignos, duendes y toda clase de terrores sacados de la edad media. Tom, entusiasmado por conocer a ese sabio, preparó su maleta con unas cuantas tortas para el camino, echó la maleta al hombro y se aventuró al encuentro.
Toda gran historia épica debe hacerse a pie o en un caballo, pero estaba aún bastante lejos de la Marquesa para tomar uno, así que comenzó a caminar. En el centro de la ciudad se encontró con situaciones que lo maravillaron: un hechicero que por ponerle una moneda en su caja te daba un papel en el podías ver tu destino escrito; danzantes suplicándole a dioses paganos que hicieran caer lluvia, y músicos con cajas gigantes que con una técnica extraordinaria musicalizaban el ambiente con su melodía ancestral. Todo ese escenario era bello, hasta que a Tom se le acercaron uno sujetos amigables pidiéndole que los ayudara a sacar una caja de un camión. “Está bien, los ayudaré, chicos”, dijo Tom. Le respondieron que podía dejar su mochila en la banqueta, que no pasaba nada. Tom, confiado, hizo caso a la instrucción; se quitó la mochila, la colocó en la banqueta y se dispuso a ayudar. “¡Lo logramos!”, chocó la mano con todos y, al voltear por su mochila, ésta ya no estaba. Volteó para todos lados para ver si había pistas de quién se la había llevado; después volteó a buscar ayuda con sus nuevos amigos, pero se dio cuenta que ya tampoco estaban. “¡Maldita sea! Mi mochila…, ahora pasaré hambre”. Se sintió enojado, traicionado, estafado como un tonto, no podía creerlo y, lo peor, estaba hambriento.
Siguió su camino, aún molesto, llegó a un parque que parecía sacado de un cuento japones. Se sentó en medio del parque para meditar. “Quizás en un ambiente como este me llegue el conocimiento de Mijagi, Mushu o algún maestro antiguo”. De pronto, sintió que alguien tocaba su hombro, volteo y vio a la mujer más bella que había conocido. Sus ojos rasgados, piel clara, cabello más negro que la misma noche, Mulan se quedaba corta junto a la belleza de aquella dama. Le hablaba para preguntarle cómo llegar a la tierra de los coyotes. Él sabía el camino así que se ofreció a llevarla, no sin antes preguntar su nombre. “Me llamo Min”, contestó sonriendo, Tom pensó que no había escuchado nombre más hermoso que aquel.
Caminaron juntos y platicaron un largo rato, comieron un helado, comieron churros. “¿Será esta la musa que tanto he esperado?”, se preguntó Tom mientras pensaba en las canciones que se le podían componer a su belleza o los poemas que escribiría, exaltando sus cualidades. Al llegar a la estatua de los coyotes, mientras Tom se perdía en la sonrisa de aquella chica, se acercó un hombre, la tomó entre sus brazos y la besó. Tom se quedó helado, completamente paralizado. “Oh, mira Tom, te presento a mi novio”. Esas palabras se clavaron como una daga en su corazón, y todas las cosas que imaginó se fueron al desagüe, hizo lo único que podía hacer, sonreír, saludar al afortunado y despedirse.
Llegó finalmente al encuentro con el sabio, aunque ya sin muchos ánimos; éste lo miró y le dijo:
—¿Que te sucede querido hermano?
—Salí de mi casa, de mi comodidad, del lugar en el que nadie me puede herir, buscando ser más sabio, aprender a disfrutar la vida y llenarla de aventuras; sin embargo, lo único que conseguí fue que me estafaran, me robaran mi comida y me rompieran el corazón.
—Suena a que conseguiste tu objetivo, si te hubieras quedado en tu casa seguirías siendo un inocente fácil de estafar, ahora ya no es tan sencillo que vuelvas a caer en una trampa como esa. También lograste conocer a una chica hermosa, cosa que no hubiera pasado en tu casa; quizás la siguiente vez no tenga novio la chica y tú seas ese afortunado. Te llenaste de aventuras; ahora tienes historias que contar. Un sabio dijo hace unos años: “un estómago hambriento, una cartera vacía y un corazón roto, enseñan las mejores lecciones de la vida”. Y tú tuviste las tres lecciones en un sólo día, considérate afortunado.
–Quizá tengas razón, aunque, por lo menos no tengo la cartera vacía.
—Uhmm… olvidé decirte: son veinte mil pesos por mi consejo.