Fotografía: Especial
En una reunión de trabajo con frecuencia me asaltan frases completas —con sus detalles, con puntuación y con adjetivos que jamás uso en el habla del día a día— pero todas las salas de mi oficina tienen las paredes de cristal. También es rara la vez que no tengo un compañero sentado a la izquierda o la derecha. Escribir en esos momentos el último día de Irene M. en el trabajo su compañero Juan A. decidió presentarse en la oficina vestido de Papá Noel, era verano sería síntoma de locura evidente. Suele sucederme también en esos viajes en los que debes conducir obligatoriamente, a pesar de que vas acompañado por otras tres personas.
Una ha bebido, una no tiene carnet y la otra está embarazada, ¿invalida? No embarazada. Nunca pillan la ironía. El cacareo de varias amigas juntas me lleva a tal nivel de abstracción que me permite pensar con claridad en la sintaxis, la ortografía y el léxico. Mientras una de ellas cuenta dónde se hace las uñas, por qué la manicura permanente no es saludable a largo plazo y cuál es el color que triunfará en la próxima temporada, cuento a veces las sílabas del segundo verso de un soneto. Nunca llego más allá. De repente, vuelvo a conectar con el imperio de la vida mundana. Vamos, me doy cuenta de que llevo las uñas hechas un asco y que más me valdría aprender algo de la conversación, que seguro que ellas ya se han fijado que no he pisado un manicurista en los últimos tres años, los mismos que llevo persiguiendo ideas sin tiempo ni posibilidad de escribirlas en una libreta. Virgen. Así la tengo. Inmaculada. Apenas hay escrita sobre la primera página dos palabras. “Tú puedes”. Cada vez que las veo, se me cae el alma a los pies. Por supuesto, llegadas a la playa y una vez descargadas las maletas, mi prioridad es agarrar el bote de acetona, despintarme los deditos, volverlos a acicalar y salir corriendo hacia la arena. La inspiración quevedesca voló en el mismo momento en que el coche encaró la avenida del paseo marítimo.
Son palabras libres como mariposas que no puedo nunca llegar a capturar. Ello despierta siempre mis instintos más agresivos. Siento que todas las fuerzas de la naturaleza se han aliado contra la posibilidad de que llegue a escribir algo decente. Y no sé cómo darles caza. Se me escabullen. Un día conducía hacia la casa de mis padres después de haber salido de fiesta. Me recogí pronto. Apenas daban las cuatro cuando llegué a casa. Surcaba los campos castellanos moteados por los almendros en flor. Bombas rosadas, pensé. Aquello era un comienzo de lujo. Los versos del poema comenzaban a quemarme en la punta de la lengua, me corroían los labios. Sabía que, de no apuntarlo, lo olvidaría en unos kilómetros. Busqué el móvil en el bolso mientras sujetaba el volante con la zocata, lo agarré para hacer una nota de voz y, cuando levanté la vista de la pantalla, allí estaban. Bombas rosadas. Bom…