La metamorfosis, de Franz Kafka

Verónica Bujeiro
Septiembre-octubre de 2021

Ilustración: Especial

 

“No hay metáfora en La metamorfosis”, afirman categóricamente Gilles Deleuze y Félix Guattari contradiciendo a los ejércitos de próceres de la educación básica y manuales literarios quienes nos recetan el libro de Franz Kafka entre la confusión y el mérito de una historia que como enuncia el dúo dinámico francés: “no quiere decir nada que no sea ella misma”.Olvidémonos aquí de la distracción que el autor nos propone en sus primeras líneas, al centro siempre va a estar ese hombre reducido a un insecto, sí, pero el desprecio que sufre por aquellos que lo rodean tiene menos que ver con su nueva condición morfológica que con su incapacidad de cumplir con la afrenta diaria de trabajar y ser un buen proveedor, de cumplir los deberes indefectibles de un hombre identificado en el sexo masculino de cualquier sociedad que conforme el género humano.

Quizás por eso cuando pienso en este libro me viene la imagen del protagonista de la película Seul contre tous (Gaspar Noé, 1998) sentado en un cine porno a la vez que gesta una reflexión a la par de las imágenes que contempla sobre el deber ser de un hombre y la imperante obligatoriedad de ser a toda costa una verga permanentemente erecta, obligada a proveer alimento, dinero, seguridad y goce a todo lo que la rodea. A esta imagen engarzo de algún modo la del insecto en que se ha convertido Samsa tirado sobre su caparazón, moviendo sus patas desesperado, incapaz de levantarse ante los reclamos de la familia y el jefe, sabiéndose inútil e incapaz de ser un miembro erecto, un ser capaz de insertarse en la insaciable rueda de producción. Kafka huye a menudo hacia los animales cuando el ser un humano le parece una causa perdida, pero incluso en la transformación nunca se libera de la culpa de no haber alcanzado a ser aquello que se espera dentro de una sociedad, una cultura y una tradición.

Sé que estoy blasfemando o diciendo algo incómodo, pues conservo una fotografía de Franz Kafka en mi escritorio y nunca había sentido que me mirara, hasta el día de hoy en donde me percato que las comisuras de sus labios contienen cierta ira que bien puede estar justificada. Se sabe que en esta obra hay demasiadas similitudes con la vida del autor, referida a Gustav Janouch como una indiscreción” que puede rastrearse desde la similitud con su propio cuarto como en las páginas de su diario, cartas y escritos, esos que expresamente quería desaparecer, pues contenían interminables flagelaciones perpetradas en una conciencia sobre sí mismo adquirida ya desde la edad temprana, en donde la efigie del padre se imponía ante él para provocarle temores inconfesables y hasta una vergüenza ante su propio cuerpo, débil y poco apto para las tareas que la costumbre indica. La enfermedad llegó a su vida para confirmar sus temores y acaso rectificar la imagen de debilidad que la familia siempre tuvo de él. Como en una de sus fantásticas elucubraciones, su cuerpo textual parece indistinguible del físico, en donde ideas y sentimientos remiten a ese campo de batalla de carne cuyas terminaciones nerviosas acceden a la página para refrenar ese pulso autoconsciente e incriminador que se libera en ese espacio de utópica reconstrucción llamada literatura, esa afición en la que fue encontrando su propia obligatoriedad, el universo al que realmente pertenecía y cuyas imposiciones eran las únicas a las que debería de subordinarse: “Estoy hecho de literatura. No soy nada más y no puedo ser otra cosa”, afirmó categóricamente, asumiendo así una renuncia constante a no ser “un hombre”. 

La metamorfosis debe leerse dentro y fuera, como una fábula, pero también como una especie de advertencia. “¿Es mejor sacar al monstruo o ser silenciosamente devorado?”, se pregunta Nietzche, y pienso en todos los prólogos anteriores a este, glorificando y ofreciendo una guía pertinente para acceder a la historia del hombre que amaneció convertido en un gigantesco insecto; miro el mío encogerse y huir con sus patitas por debajo de la cama de un cuarto sucio y revuelto, con olor penetrante. Dentro de este escenario un hombre joven mira una pantalla fijamente día y noche, mientras que detrás de la puerta un padre o una madre le está dejando un plato de comida. Hace mucho que no han visto a su hijo, pero saben que está ahí por los ruidos que emite, por la basura que empieza a acumularse fuera del cuarto. Ese joven también ha renunciado a la presión de ser un hombre dentro de una sociedad que le demanda fortaleza, ser el más exitoso, tener una productividad suficiente que le permita la formación de su propio clan, pero a diferencia de Gregorio su historia no se ha cerrado a las páginas de un cuento, pervive en la sociedad como un callejón sin salida, un bastión de identidad inamovible que tras el paso del tiempo se tambalea ante cuestionamientos y actitudes desafiantes que, sin embargo, encuentran fuerzas iracundas que reivindican su carácter de erguido permanente. No en vano los libros de Kafka fueron prohibidos durante el régimen comunista que dominó la República Checa, pues estos entendían perfectamente el mensaje: lo kafkiano es un absurdo del cual no puede despertarse. En una era en la que la masculinidad es fuertemente cuestionada y el desprecio por los hombres parece la norma, Gregorio Samsa, el insecto que sigue siendo humano hasta el momento de su muerte, ofrece una ventana al gravamen que implica ser identificado con ese tipo de existencia.

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Verónica Bujeiro

(Ciudad de México, 1976)

Egresada de la licenciatura en Lingüística de la enah, guionista y dramaturga. Es autora de los libros La inocencia de las bestias y Nada es para siempre. Ha sido becaria del imcine, del Fonca y de la Fundación para las Letras Mexicanas.