Los libros de viejo mantienen jóvenes a los lectores

Jesús Vicente García
Julio-agosto de 2021

 

 

Ilustraciones de Beatrix G. de Velasco

 

Para Sergio Núñez, librero

El hacer muchos libros no tiene fin
y aplicarse mucho a ellos es fatigoso a la carne.
Eclesiastés 12:12

En el principio fue el libro: ¿En cuánto? Tiene el precio en la primera hoja. Lo sé, por eso pregunto en cuánto, ya para llevármelo. Es el precio. Gracias. Está bien, deme setenta. Cincuenta. Sesenta. Cincuenta y cinco. Hecho.

i

La calle de Balderas es una vía de doble carril, con un molote de cemento en medio y a los lados pasa actualmente el metrobús, en las banquetas anda la gente como hormigas, todo lo tienen que esquivar, todo estorba desde que andan cambiando las tripas a la ciudad, tubos y más tubos, y a caminar en tierra suelta, comerse el polvo a pesar del cubrebocas. Antes de la pandemia, en Balderas se veía el montón de estudiantes abrazados, corriendo, besándose, hablando de las tareas, de los salones, de los maestros, de los galanes, de Yadira la guapa, así dijeron unos jóvenes con uniforme de secundaria y uno de ellos estira su pescuezo para mirar a una chava que camina sobre Balderas, justo donde Pamelo hojea un Quijote de edición Castalia, 2001, tomo II. Justo el que quiere. El librero sonríe.

 

ii

La entrada a la Biblioteca de México, en la calle de Tolsá, saliendo del metro Balderas, un tiempo estuvo cerrada; ahí, con fuente incluida y bancas de metal, era zona de enamorados, de estudiantes de secundaria entre semana, pues a la vuelta, sobre Enrico Martínez, se encuentra la técnica Sor Juana Inés de la Cruz, mejor conocida como la Sor Juana, por tanto, los pupilos visten de café y a veces tenían problemas con sus iguales de las diurnas, que visten de verde arriba, príncipe de gales abajo, pero todos con ese espíritu de pubertad que hasta rima con libertad, ahí jugaban, se enamoraban, peleaban, odiaban, soñaban, aprendían de la vida.

Pamelo, años después, anda por esas calles, en ocasiones desanda la vida en los ochenta y en los noventa, y vuelve a los libros, que es el meollo del asunto de esta crónica, desarticulados llegan los recuerdos, en marabunta, sin una dirección, exactamente como un lector cuando comienza a contaminarse de libros, palabras, títulos, autores, años, ediciones, ilustraciones, precios, color, olor, formas, tamaños, contenidos, capitulares, lomos, cantos, portadas, prólogos, contraportadas, cuartas de forros, pies de imprenta, dedicatorias, firmas autógrafas, epígrafes, índices, hojas, ojos, hambre de obtener un libro y carecer del dinero suficiente, porque cuando Pamelo comenzó a sentir esa nueva experiencia, al paso de los años se llenó de libros, del deseo inexplicable de poseerlos, se angustiaba al no haber leído uno que la amiga de la prepa ya leyó, porque ese apego por las primeras ediciones llega tal como el amor, sin anunciarse, con el silencio de un lector en una biblioteca, de forma mágica, de puntitas, no se sabe cómo, pero a veces comienza el gusto hacia la portada y el olor que desprende la longevidad editorial, el olfato juega un papel importante, cual feromonas de la persona que nos atrae, se llena de olor la mente y los pulmones, luego tocar, ¡ay, ojón!, un guardapolvo de la primera edición de Casi el paraíso, de Luis Spota, es acariciar la piel de una dama en el cine, una mano que al sentir la nuestra no la evade, sino que incluso la hace suya y, como el ajedrez, pieza tocada, pieza jugada, nada de rajarse, aquí dijiste rana, pues ahora saltas; el libro entonces no se quita del olfato ni de la piel del lector que se va transformando como quesadilla en el mar del aceite en comal hondo, una metamorfosis difícil de explicar, fácil de sentir, ya está ahí el deseo de tener esa edición, de leerla con todo el cuerpo; al igual que un escritor que escribe con todos los sentidos y con todo el cuerpo.

Un bibliófilo jamás se ha rajado ante esa sombra que lo acompaña en las noches cuando no se tiene el libro deseado, el cuerpo pide esquina, quiere el ejemplar, no quiere hojas sueltas, ni fotocopias engargoladas, quiere todo el libro, todo el cuerpo, como un enamorado que ve miles de luces que iluminan su contorno; entonces es cuando se rebasa la frontera entre ser lector lector y bibliófilo, porque una vez presionando el segundo botón, ay, mamá, ya no hay regreso, se queda el pasado, pero jamás se regresa a él, comienza el camino escabroso de la búsqueda de libros raros.

iii

El lector bibliófilo tendrá una epifanía y no habrá tiempo de decir no, sino un sí, cuánto y cómo lo puedo adquirir si el precio es alto. Conocerá que al cambiar de espacio, digamos un tianguis, una calle, un mercado de artesanías, una expo, el vendedor te dirá dame treinta lucas, mientras que en una librería con librero culto y coleccionista te costará quinientos o mil pesos.

Los libros se convierten en pan de cada día, canasta básica. Pamelo descubrió de joven esas librerías de viejo de las calles de Donceles, visita obligada cuando iba al Centro, sábados en la mañana o entre semana después del trabajo, a sus veintitantos años respirar el polvo, donde vio de cerca a narradores y poetas, que al igual que él se ensuciaban las manos, las piernas, la ropa, subían la escaleras hacia el cielo de libros e indagar el que quieren o el que encuentren, porque los hallazgos son las sorpresas de la vida. Pamelo descubrió que las librerías no sólo eran libros, sino la gente que las visita. Vio enamorados, desesperados, mujeres con ojos pelones ante una edición madrileña de Gabriela, clavo y canela, chavos de su edad al obtener la primera edición de Neuromante, de William Gibson, en los noventa, tuvo la primicia de escuchar a un par de damas leer la poesía de Rosalía de Castro en voz alta y cuando a sus oídos llegó el soneto de Quevedo, el de un hombre a una nariz pegado. Sorpresas te da la vida, la vida de palabras.

 

iv

Entre los ochenta y los noventa, caminar por Balderas era la posibilidad de encontrar un libro para sentir que el mundo no era tan malo, pues con todo, la ciudad aún era transitable, ya había gente, pero no tanta como ahora, no asaltaban por todos lados, podía andarse crudo en esas calles sin preocupación de que alguien te moleste; lo que era más difícil era fumarse la mariguana que se corría en el barrio, porque la policía salía de los lugares más insospechados, y no como ahora que en todos lados y a cualquier hora fuman sin el menor pudor en tianguis, afuera del metro, parques y explanadas como cualquier cosa.

En los alrededores de la biblioteca, hacia Bucareli, sobre Emilio Dondé, se encontraban papelerías y lugares para comer sopes, quesadillas, huaraches, a un lado del teatro Ciudadela, y ya frente al reloj chino se podía uno sentar en algún café con desayunos económicos, ver la artesanía de vendedores que a veces impactaron a Pamelo con su charla interesante, mientras se jambaba un huarache y un café en vaso de unicel. Estudiantes por todos lados, padres de familia, familia sin padres, parejas besándose, parejas sin besarse, parejas enojadas, parejas reconciliándose, vida alrededor de la biblioteca, sin policías y sin demagogia como ahora; los sábados era un manjar de juventud por las calles alrededor. La historia de las bibliotecas es la historia de los libros y la juventud.

Cuando Pamelo iba en la secundaria, antes del terremoto de 1985, entraba a la sala juvenil, con su alfombra azul y los muebles de madera, que los sábados estaba lleno de púberes que hacían la tarea, junto a padres con cara de aburrimiento, otros se ponían a leer, lo cual era algo difícil dado el escándalo de los rapaces por las risas y gritos que vociferaban, eso se volvía una fiesta, menos un lugar para estudiar. Pamelo descubrió que odiaba los gritos de sus contemporáneos. En la entrada principal, justo frente al mercado de artesanías, calle de Emilio Dondé y donde hay un cañón —dice la historia que ahí le sacaron el ojo a Gustavo Adolfo Madero, el hermano del presidente Francisco durante el golpe de Estado por parte de Huerta, en febrero de 1913—, Pamelo se iba a sentar sólo para ver desde esa perspectiva la Plaza de la Ciudadela, no había rejas frente a la puerta principal. La vida era leer y escribir, hacer tareas y soñar.

v

¿Dónde se consiguen esos libros raros? ¿Quién, a su vez, es doblemente raro, como para vender al mejor postor ejemplares que a nadie le interesa sino a ese tipo de personas que las ves deambulando en los tianguis, afuera de las universidades, de las bibliotecas, en las calles? Ese lector ya no tendrá salvación de los dioses, pues Zeus, el que amontona los libros, ya aventó el primer rayo y ya envió a uno de sus mensajeros a avisar que desde ese momento tendrá que comprarse unos zapatos cómodos para andar por el mundo, que los ojos serán usados en toda su potencia, que habrá noches enteras para pasearlos por las hojas de una edición de 1888 o una de 1987, pero eso sí, en primera edición. Hay que ingresar a esas zonas inhóspitas por las que nadie ha transitado sino gente como tú; hay un tipo de bibliófilo que bajará a los infiernos, subirá al cielo, platicará con el vendedor de libros, gente rara, desfilarán ediciones como Moneda Falsa, de Sancho Polo (Emilio Rabasa), edición de O. R. Spíndola y Cía., México, 1888; Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, Madrid, Espasa-Calpe, 1931; El águila y la serpiente, dos tomos, de Martín Luis Guzmán, Madrid, Espasa-Calpe, 1932; La deshumanización del arte e Ideas sobre la novela, José Ortega y Gasset, Revista de Occidente, Madrid, 1925, que jalarán el armazón de los anteojos, de la blusa, de la camisa, le abofetearán con su presencia, le besarán la mirada y le dirán palabras precisas que no escuchará pero sentirá: yo soy lo que necesitas, lo que buscas, ve lo que tienes enfrente, lo que puedes perder.

Conocer libreros es la parte que la vida permite, seres que venden dos historias, la de adentro y la de afuera: el sabroso mundo del tráfico de libros. El librero distribuye una especie de oxímoron: libros viejos que dan vida nueva, un pasado que cambia el presente, incluso para sentir que el futuro ya está en nuestras manos, en los anaqueles, en la casa; libreros y encuadernadores serán los aliados de los bibliófilos. El bibliófilo buscará en otras ciudades las librerías de viejo o tirados en el piso, los siente, hay una especie de radar, un dron se queda corto, ninguna tecnología le iguala para saber el lugar de los libros, como ahora, el Jardín de San Fernando, metro Hidalgo, lugar casi nuevo que la pandemia orilló a utilizar al aire libre, una especie de tianguis del Chopo, pero con libros.

Actualmente, las redes sociales permiten indagar más ofertas de libros, y cuando pase la pandemia, la ruta de los libros continuará, y ahí es donde Pamelo estará presente, quien ya empieza a andar por la calle de Bajío, en la Roma, a recoger una edición rara de Magdalena Mondragón, Puede que’lotro año… Novela de la Laguna, editorial Alrededor de América, 1937, esa librería cuyo librero, Sergio Núñez, consigue cosas rarísimas, compra bibliotecas personales y ha permitido que se liberen los libros para que salgan a la luz después de años guardados. Son los libreros quienes permiten que los investigadores descubran información que tenía años encerrada, así que a partir de muchos Sergios la crítica tendrá material para su labor. Los libros de viejo tienen la virtud de la eternidad, esa que Borges tanto huyó y mírenlo, parece eterno. Es necesario seguir andando en las calles y en la web, a fin de cuentas una primera edición es inalcanzable sólo si no se intenta conseguir, hay que intentarlo tal como se escribe una novela, obstinadamente; los libreros nos permiten conquistar el gozo infinito de leer.

¿Tiene El viejo y el mar? Sí, señor. ¿Cuánto cuesta? Cien pesos. Híjole, está algo caro y mire, está bien flaquito, ¿se puede en menos? Deme 90. Ps, qué pasó, un tostón. No, señor, no sale. Papá, ¿lo compras?, ya caminamos mucho. Son careros, y ve, está re flaco, además es sólo para una tarea, lo leerás y lo vas a guardar, ya tienes como treinta ahí arrumbados. Son para la biblioteca de la casa. Pero no hay espacio, hija, luego queremos poner cosas y ya está todo lleno de libros que ni usas. Los libros no son escobas, pa, son para leer y guardar para otra ocasión, no se usan diario los mismos. Démelo, pues. Hija, que sea el último, ya ves que ni lugar hay para poner los muñecos de tu hermano o las tazas que compra tu mamá. Pero es que los libros… Ya, mi’ja, ya. Sólo hazme ese favor y los vendemos a fin de curso en el tianguis. Nooooo, cómo crees, papá.

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Jesús Vicente García

(Ciudad de México, 1969)

Estudió Letras Hispánicas (uam). En 2009 obtuvo el segundo lugar en el IX Premio de Narrativa Breve Tirant lo Blanc, organizado por el Orfeo Catalán. Su libro más reciente es Después de bailar, ¿qué?, publicado en el sello Fridaura.