La amenaza interior

Alfonso Nava
Julio-agostode 2021

 

Fotografía: Pixabay

 

…tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara.

Jorge Luis Borges, introducción a Crónicas Marcianas

 

Uno de los relatos más sobrecogedores de Crónicas marcianas, titulada justamente “El marciano”, muestra a un habitante del planeta Marte que tiene la capacidad de transfigurarse a la medida de los deseos de otra persona: así, en su primera metamorfosis, el marciano aparece convertido en la viva imagen del hijo muerto de una terrícola que habita en una colonia del planeta rojo. Hacia el final, todos los humanos quieren que este marciano suplante a sus ausentes seres queridos y les sirva de consuelo, de modo que el extraterrestre, rodeado por una muchedumbre, explota en una sucesión frenética de cambios de apariencia. “Una patética variación del mito de Proteo”, escribe Borges.

Hemos recurrido constantemente a esa dinámica de desplazamiento cuando hablamos de alienígenas: los transfiguramos a conveniencia. El autor de scientifiction Jack McDevitt afirmó en una entrevista que “los extraterrestres sólo son interesantes para entendernos a nosotros mismos, a los seres humanos”. Hay dos visiones posibles en esta afirmación. La literatura (lo poco que conozco en un inmenso océano) utiliza a los alienígenas como víctimas de la contaminación humana o como testigos decepcionados de nuestra fracasada civilización, que nos miran desde una poltrona de tecnología muy superior y organización social armónica. La otra visión es la del Hollywood tocado por la Guerra Fría (hay excepciones, desde luego; digamos una popular: E.T.), donde los alienígenas son invasores con intenciones coloniales, son grotescos y están impregnados de muchos de los peores vicios humanos. El colmo del maltrato de la figura del alien en el cine ha sido la película Independence Day, donde en el momento climático el propio presidente de Estados Unidos (personificado por Bill Pullman) se sube a un F-15 para sumarse a la avanzada de ataque aéreo contra las fuerzas alienígenas.

Es una ponderación cliché esta de que la presentación “imperialista” del alienígena viene del influjo de la Guerra Fría, pero se ajusta a una serie de circunstancias culturales en el seno de la sociedad norteamericana. El miedo a la invasión es obvio, pero no sólo se circunscribe al temor por la amenaza soviética, sino que se ha situado como un componente del desarrollo mismo de los suburbios estadounidenses, de sus políticas de segregación, de su intervencionismo en el mundo, de su Doctrina Monroe. Los prefijos que constituyen la palabra alien —así como “altercado” o “altruismo”— son los mismos con que la Roma imperial se refería a los bárbaros nacidos fuera de sus siempre expandibles fronteras. Una noción tan ambivalente sobre la alteridad sólo podría surgir en un imperio: como en toda empresa colonial, la otredad es mejor valorada en tanto su asimilación es exitosa. Se defiende la autonomía y el respeto a los confines, a la vez que se establece la necesidad de que los así considerados “otros” adopten obligatoriamente el reflejo del imperio, escribe Thomas Jefferson: “Sentimos que estamos actuando por obligaciones no confinadas a los límites de nuestra propia sociedad. Es imposible no comprender que estamos actuando por la humanidad”. La empresa imperial concibe a la alteridad como antagonista, y en una derivación histórica de estas dinámicas, el miedo se instala como componente aledaño. Escritores como Naomi Klein, Tom Engelhardt, Peter Stearn, entre otros, han teorizado que si bien la paranoia es actitud típica de las potencias, en Estados Unidos se le ha explotado con éxito porque ya vive en su trama psicosocial y se le ha potenciado en el discurso político. Stearn encuentra como punto de partida un anuncio televisivo de la campaña de Lyndon Johnson en 1964, conocido como “Daisy Spot” (en el que aparece una niña deshojando una margarita en medio de la cuenta regresiva de un ataque nuclear) y en adelante el discurso ha sido, con más o menos variaciones, que las amenazas de Estados Unidos son siempre externas. Barry Glassner, investigador sobre miedo y ansiedad colectivas, ha recopilado que los niveles de pánico en Estados Unidos aumentan progresivamente desde 1980 y que a cada episodio traumático (el caso Rodney King, el caso Bernhard Goetz, el 9/11, por citar algunos) la reacción primaria es un aumento nacional en la compra de armas.

La relación del cine con los extraterrestres ha sufrido parte de este influjo, y no hace falta detallar ejemplos. Lo que resulta singular es cómo esta “amenaza” o simple presencia ha afectado otros momentos de la vida íntima de Norteamérica. Abundan las sectas que colocan a civilizaciones extraterrestres como redentoras y pontifican la futura llegada de una gran nave nodriza para abducir a los elegidos. El sociólogo de Berkeley especialista en religiones, Robert N. Bellah, ha sugerido que estas expresiones (a las que genéricamente se les suma en el concepto Sheilaism, que refiere a distintas clases de sincretismos y prácticas New Age) podrían ser el resultado de un secularismo contaminado por la cultura pop, donde paradójicamente se renuncia a la ortodoxia de la “autoridad externa” que ponderan las religiones en favor de verdades internas, pero a la vez la voluntad renuncia a entidades que parecen ser más poderosas e incomprensibles. Aquí, el influjo de las películas de aliens habría actuado como imagen de poder (científicamente comprobable) más grande e inconmensurable, de modo que señalarlas como autoridades implica una actitud de “surrender”, de renuncia, antes de que ejecuten un movimiento infalible y violento de conquista. Si en la postura paranoica hay un movimiento defensivo, en esta apuesta religiosa hay uno de renuncia y sumisión. Otra derivación afín, probable, podría estar en la relación comprobada por muchos psicólogos estadounidenses, y referida también por Carl Sagan en El mundo y sus demonios, entre los relatos de abducciones extraterrestres y situaciones de abuso sexual en menores: tales historias, en especial las que detallan inspecciones de genitalia, incubación de huevecillos o inserciones de sofisticados aparatos, servirían para enmascarar ataques sexuales.

No podemos imaginar a los extraterrestres fuera de nuestro marco lógico-histórico, y por ello sus vicios y su maldad en realidad son los nuestros, pero en la exposición pareciera operar esa fenomenología de retratar la maldad en su excepcionalidad y exotismo (como cuando se dice que un criminal no puede incubarse en lo ordinario, así feminicidas o pedófilos son “monstruos”), y entonces ya no perseguimos el reflejo sino el deslinde. Así como con alienígenas, con los musulmanes de Myanmar o Srebrenica o los indígenas canadienses, hemos acudido a la figura del otro sólo para endosar en otros nuestra maldad, como dice Iris Murdoch: incapaces de describir la propia. Puede que operemos así por conveniencia moral, pero quizá también por el peso inmenso de la soledad: ¿dónde poder ver lo que queremos o no queremos ser, si estamos confinados en el peso de ser nosotros mismos? ¿Qué buscamos cuando viajamos por el inmenso espacio vacío del cosmos?, se preguntaba Sagan. ¿Buscamos el reconocimiento de otros, que sepan lo avanzada que es nuestra civilización, buscamos colonizar o de verdad buscamos una comunidad interplanetaria de aprendizaje y cooperación? Quizá al no encontrar a nadie nos sentimos despreciados y recurrimos al impulso de la denostación. Pero hay también otros productos de inmenso valor filosófico que parecen indicarnos que ya no deberíamos salir a buscar aliens porque en algo tan carente de fronteras como el cosmos, en universo que se expande más y más, todos somos aliens.

Dice Borges respecto al clásico de Bradbury: “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y soledad?”, y concluye que el procedimiento inigualable de Bradbury fue verter “el tedio americano”, sus largos domingos vacíos, en el escenario que hoy sabemos no tan inhóspito de Marte. Citábamos a McDevitt en aquello de que “usamos a los aliens para entendernos mejor a nosotros mismos”, pero las piezas más extraordinarias de literatura parecen sugerirnos que necesitamos un ejercicio previo antes de ir a buscar a ese “otro”: hacer una confrontación o, si hay fuerzas, lo opuesto a reconocernos: implementar un desconocimiento de nosotros mismos. Decía Carl Sagan que un átomo es un vasto espacio minúsculo hecho de vacíos vinculantes. Si hay un encuentro viable, parecen sugerirnos piezas como Solaris, The Hitchicker Guide to Galaxy o la propia Crónicas marcianas, es el encuentro con la soledad, con el terrorífico vacío real del espacio exterior. Antes que buscar otra presencia en la cual juzgar o reflejarnos, la tarea podría ser más bien primero ver todos esos vacíos que nos constituyen.

Ir al inicio

Compartir

Alfonso Nava

(Ciudad de México, 1981)

Becario de diversas instituciones de fomento a la lectura. Obtuvo el Concurso Nacional de Cuento Beatriz Espejo en 2004, y en 2016, el Premio Latinoamericano de Novela Sergio Galindo por Sick & McFarland. Una novela pretenciosa, escrita en coautoría con Alejandro Arteaga.