De la Luna y otros mundos

Gerardo de la Cruz
Julio-agosto de 2021

 

 

Fotograma coloreado a mano del filme Le Voyage dans la lune, dirigido por Georges Mèlie en 1902. Imagen: Wikimedia Commons

 

Alcanzar la Luna fue uno de los anhelos más largamente acariciados por la humanidad: descubrir la cara oculta del satélite, la promesa de desentrañar los misterios del cosmos, confirmar la existencia de vida en ella y, por ende, saber si estamos solos en el universo. Haberla conquistado en 1969 y contemplar en tiempo real su apacible nada resultó insuficiente para concluir cualquier cosa. Tal es nuestra capacidad de negación y el temor a constatar que nadie vendrá en nuestro auxilio cuando el planeta se agote. Paradójicamente, este anhelo ha situado a la humanidad en la misma posición que solemos asignar a los visitantes de otros mundos: nosotros somos los exploradores que observan a sus habitantes inexistentes como bacterias en microscopio; los que consumimos nuestras artes especulativas tratando de imaginar otras formas de vida, otras formas de armonizar con el universo; los que extendemos nuestra tecnología invasiva sin la menor diplomacia.

Sin embargo, todas esas especulaciones en torno a la Luna que la filosofía, las artes y la ciencia nos prodigaron durante siglos, se volvieron relativas el 26 de octubre de 2020, fecha en que la nasa anunció el hallazgo de moléculas de H2O en una cantidad ridícula esparcida a lo largo de toda su superficie. El descubrimiento transforma en probabilidad la posibilidad de que hubiese existido vida, y que los lunáticos que imaginaron la vida en otros mundos, desde Luciano de Samosata hasta Star Wars, pasen de ser materia de la ficción científica a crónicas arquetípicas residentes en lo más profundo de la memoria colectiva. Aquí revisamos algunos de los textos primigenios que abordaron la vida más allá de nuestra atmósfera.

Luciano de Samosata

La primera descripción de los habitantes lunares que consigna la literatura es la del siriaco Luciano de Samosata en el siglo ii d.C. Cansado de leer relatos magnificados y fantasiosos que se hacían pasar por hechos históricos y debates filosóficos que hacían pasar por científicos, Luciano compuso su Historia verdadera en la que burlonamente eleva a la categoría de “verdad histórica” la mitología griega. Considerando que, si los historiadores se arrogan el derecho de hablar de cosas que no presenciaron y de lugares donde nunca estuvieron, tanto como los poetas se dan el lujo de narrar enfrentamientos entre héroes y monstruos policéfalos, que “a todas luces son mentira”, él se toma la licencia de compartir “cosas que no he visto, aventuras que no me han sucedido y que no he oído que hayan sucedido, y añado cosas que ni existen ni pueden existir” y a las cuales no se les debe dar el menor crédito. Advertido el lector, procede a relatar la expedición que organizó tratando de superar los límites del Océano.

Tras haber navegado más allá de donde el mismo Hércules dejó huella y haber sorteado la seducción de unas vides con cuerpo de nínfulas (remedo de sirenas), su nave con su ya mermada tripulación es arrojada por los cielos por un ventarrón durante siete días con sus siete noches, y en el octavo, por fin ven tierra firme: la Luna, pero quedan atrapados en medio de una guerra interplanetaria entre el rey del Sol, Faetón, y sus huestes heliotas contra la alianza selenita. La batalla, en donde toma parte, termina con un tratado de no agresión, que permite a los exploradores observar la vida en la Luna, y lo que describe resulta algo grotesco. En primer lugar, sólo hay un sexo en la Luna, el masculino, y hasta los veinticinco años los selenitas desempeñan el papel de esposos, y a partir de esa edad, el de esposas. Sin entrar en detalles sobre la concepción, la pantorrilla es “preñada” y en este mismo lugar se produce la gestación. Llegado el momento, la pierna es sajada y extraen al niño muerto, que en cuanto recibe el influjo del viento comienza a vivir. Otra forma de vida selenita es la de los “dendrites”: se le corta el testículo derecho a un hombre, se siembra y crece un árbol con forma de falo que da una suerte de bellotas que, al abrirse, contienen hombres con genitales postizos, “unos los tienen de marfil, otros, los pobres, de madera”. Curiosa visión la del siriaco: prescindió por entero de la mujer, pero no de las clases sociales.

Juan Maldonado

Luciano se sirve de su divertimento para burlarse de poetas, historiadores y filósofos. En cambio, el humanista español Juan Maldonado (1485-1554) verá en el satélite natural de la Tierra el escenario de una utopía en un texto escrito en latín llamado Somnium o El sueño (1541), probablemente el primero que establece en el exterior una civilización ejemplar. La popularización de la Utopía de Tomás Moro es tardía en España, pero un clérigo de las características de Maldonado (a quien se le ha llegado a atribuir la autoría del Lazarillo de Tormes) habría tenido, por lo menos, acceso a referencias sobre su contenido. A las puertas del Renacimiento, Maldonado, capellán de Burgos, seguidor y amigo de Erasmo y discípulo de Nebrija, levanta un día la vista al cielo y se estremece con el espectacular paso de un cometa (el Halley). El fenómeno produce en él tal impresión que, al descansar la vista en la casa de Pedro de Cartagena y María de Rojas, su virtuosa mujer, rompe en llanto por la prematura muerte de tan insignes personajes, y se queda cavilando al respecto hasta que el cansancio lo vence. Entonces comienza el sueño.

La difunta María, sobrina de su mecenas Diego Osorio y madre de Isabel Osorio (amante de Felipe II), acude a su encuentro para confortarlo, ofreciéndole realizar un viaje platónico y fantástico, de esos que le gustan tanto para “entender a fondo cómo vuestras mentes, nubladas por la ignorancia, yerran en el mismo grado en que están dejadas a la podredumbre de la carne”. Se elevan por el cielo y contemplan la fértil superficie lunar, que no podemos ver ya que las prístinas lagunas de la Luna reflejan los rayos solares. Todo es más verde, abundante, perfecto y armónico; los seres humanos que allí viven conforman una sociedad feliz y respetuosa porque siguen la voluntad divina. La Luna, en síntesis, es una representación del Paraíso. Juan lamenta que eso no se pueda ver en la Tierra; María discrepa y, señalándole desde las alturas un área similar a África, le indica que en el territorio recién descubierto para los españoles, el Nuevo Mundo, constatará cuán equivocado está. Así, explorando Tierra Firme, Juan confirma que “no existe aquí la avaricia ni la lujuria, y la palabra tiene el mayor valor. No conocen la mentira. Besarse, abrazarse o tocarse son cosas habituales que a nadie se le niegan, que no tienen maldad, nadie se ruboriza ni avergüenza”. El desplazamiento utópico de la Luna a Tierra Firme, la aspiración a llevar una vida feliz y piadosa en uno u otro lugar, es sugerente; de hecho fue la tónica de las primeras crónicas imaginarias: idealizar a los nativos americanos. Poco se sabía de las complejas civilizaciones indígenas y, desde luego, menos de su afición por la guerra. Sin embargo, su utopía se descalifica en sí misma al reducirla a un sueño del cual despierta abruptamente al abordar un barco, tras una estrepitosa sacudida abre los ojos y todo vuelve a su sitio.

Giordano Bruno

Maldonado también fue contemporáneo de los postulados heliocéntricos de Copérnico. Claro que entre Somnium y Sobre las revoluciones de las esferas celestes (1543) no hay puntos de contacto, pero después de Copérnico, gran parte de la literatura científica-filosófica esta centrada en esclarecer el lugar que ocupamos en el universo. Y esto fue lo que llevó a la hoguera a Giordano Bruno (1548-1600), ejemplo de integridad intelectual. Él no fantasea con la vida en la Luna porque en su cosmología la Tierra es uno entre infinitos mundos impulsados por una inteligencia superior.

La astronomía, la filosofía, la ciencia, la poesía, la magia, la alquimia, todo en el Renacimiento se mezclaba y era materia de disquisición. Bruno defendió las tesis de Copérnico, cuya interpretación comenzaban a desvirtuar, y sobre el modelo copernicano montó su propio sistema de pensamiento, que desarrolla en varios libros, pero es en Del universo infinito y los mundos donde se ocupa de argumentar su cosmología. Tras refutar en el “Diálogo tercero” algunos conceptos aristotélicos sobre “el orden y la naturaleza de las cosas” porque “ni en la naturaleza se verifica ni en la razón se prueba”, infiere “la existencia de un infinito campo y espacio continente, el cual abarca y penetra el todo. En él hay infinitos cuerpos semejantes a éste… De manera que no hay un solo mundo, una sola tierra, un solo sol, sino tantos mundos cuantas lámparas brillantes vemos en torno a nosotros”. Y a pregunta expresa sobre si los otros mundos están habitados responde: “Es imposible que un espíritu racional y un tanto despierto pueda imaginar que carezcan de parecidos y mejores habitantes innumerables mundos que se revelan tan magníficos o más que éste”. Bruno miraba más allá de la Luna y el Sol, se sabía, no inferior, sino una gota de agua en el inmenso mar. La infinitud es parte de la naturaleza divina. Bien mirado, es un argumento poético, pero la Iglesia no lo comprendió así: puesto que lo infinito no tiene principio ni fin, no podría haber, en términos cristianos o bíblicos, Creación ni Juicio final. Tras ocho años de prisión, fue condenado por el Santo Oficio y al hereje lo quemaron vivo.

Johannes Kepler

La sentencia de Bruno tuvo serias repercusiones entre los pensadores del Renacimiento y en el Somnium de Johannes Kepler, que abunda en coincidencias con el de Maldonado, se evidencia la sombra del Santo Oficio. Fechado en 1612, fue publicado de manera póstuma en 1634, aunque circuló desde antes como un libelo manuscrito. El autor se vale de la ficción para desarrollar un tratado astronómico lunar, cuyo mérito mayor no se reduce al simple dato de que es la primera ficción científica, sino en cambiar el punto de vista para explicar el movimiento de los astros: la Luna, y no la Tierra, es su referente. Sin embargo, la ficción, más bien de carácter esotérico, ha eclipsado la importancia de este cambio de perspectiva.

Kepler se ha quedado dormido investigando y en su sueño leyó lo que enseguida reproduce. Se trata de las revelaciones del islandés Duracotus, cuya historia se permite contar ahora que murió su madre. Su padre, cuenta, fue un pescador de 150 años; por accidente, a los catorce años zarpa hacia Dinamarca, donde tiene la encomienda de entregarle un mensaje al gran Tycho Brahe —mentor de Kepler—; el capitán del barco lo abandona en este lugar y Brahe lo acoge como discípulo. Pronto aprende el danés y a la postre se convierte en astrónomo; creyendo que puede tener mejor fortuna en su tierra natal, decide volver y, para sorpresa suya, aún vive su madre. Tras el reencuentro, la madre de Duracotus confirma que su hijo se ha convertido en un sabio y le revela que cuanto él ahora sabe, a ella no le resulta desconocido, y le invita a profundizar en el tema de la boca de su maestro, el daimon de Levania (la Luna), se ponen cómodos, la madre invoca al maestro y se abre una especie de portal. El demonio se presenta y comparte con Duracotus sus secretos, cada detalle de la ínsula de Levania: cómo se llega a ésta, quiénes pueden ir, similitudes y diferencias entre la Tierra (Volva) y la Luna, que se divide en dos hemisferios (como Aristóteles divide al mundo sensible en sublunar y celeste), Subvolva, desde donde se puede contemplar la Tierra, y Privolva, privada de esta vista, etcétera. Hacia el final se refiere a los selenitas: “Todo lo que de aquel suelo nace o sobre aquel suelo camina es de un tamaño monstruoso. EI crecimiento es rapidísimo y todo tiene una vida corta luego que alcanza su cuerpo masa tan descomunal”. El Sol obliga a los privolvanos al nomadismo, recorren en un día el globo celeste con sus piernas largas como las de los camellos, o volando con sus alas; se refugian en las muchas cavernas comunicadas de los valles de Levania, y todos los seres vivos respiran de manera artificial, pues viven bajo el agua. “Todo lo que hay en la superficie lo cuece el Sol a medio día y sirve de alimento a los ejércitos de colonos viajeros en su llegada”. El selenita que es alcanzado por los rayos solares, como los reptiles, pierde el pellejo y se regenera a la sombra. A diferencia de sus predecesores, Kepler describe flora, fauna y una sociedad primitiva. Y hasta ahí, porque despierta abruptamente del sueño sin poder abundar en la naturaleza subvolvana. Kepler invierte a tal grado la relación Luna-Tierra, que nuestro planeta termina esbozándose como un satélite lunar (eclipse terrestre incluido), de tal suerte que requirió un triple distanciamiento en su relato: el sueño, la obra de un desconocido que lee en el sueño, y el relato interrumpido del daimon. Todo es un “dicen que dijo”. No conforme con esta estrategia literaria, agregó 223 notas al texto para explicar fuentes, argumentos científicos y lo que quiso decir.

 

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Kepler ya es “generación telescopio”, por ello la especulación y la ficción se ponen al servicio de la ciencia. La tecnología, a partir de entonces, determinará la aproximación literaria a las estrellas, como se advierte en una de las obras que abrevó del Somnium kepleriano, El hombre en la Luna (1629), del obispo anglicano Francis Godwin, que avivó la imaginación de Poe y Wilkie Collins. Otra llamativa referencia a Kepler, y tal vez a Bruno, está en la Historia cómica de los Estados e imperios de la Luna (1657) de Cyrano de Bergerac, quien declara a su audiencia: “la Luna es un mundo como este nuestro, y a su vez la Tierra sirve de luna a esa que veis vosotros”. El público se ríe y él agrega: “Puede ser que en la Luna haya también algunos que en este momento se estén burlando de cualquiera que afirme que este globo nuestro es un mundo”. Ahora tenemos la certeza de que nadie en la Luna se burla de ello, pero continuaremos sin saber si alguien, en otro mundo de este universo infinito se ríe como lo hacían los antiguos de nuestra propia ignorancia.

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Gerardo de la Cruz

(Ciudad de México, 1974)

Narrador. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la unam y el Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la Sogem. Ha colaborado en las revistas Tierra adentroEl cuentoPluma y compásCasa del tiempoOriginaCódigo y Correo del maestro, entre otras. Becario del cme y del Programa Jóvenes Creadores del Fonca, en la especialidad de Novela.