I want to believe

Alejandro Badillo
Julio-agosto de 2021

 

 

Fotografía: Eduard "Billy" Meier

 

Para muchos la época dorada del fenómeno ovni fue la década de los noventa. Por supuesto, el tema ya formaba parte de la cultura popular décadas atrás, pero quizás en esos años evolucionó a algo más ambicioso. El 11 de julio de 1991 un eclipse total de sol capturó la atención de los mexicanos. Hubo una campaña masiva para advertir a la población de los peligros de mirar directamente el espectáculo solar y todos los días se compartían datos en los medios de comunicación. Cuando llegó la fecha esperada, todos estaban preparados. El espectáculo no decepcionó: los 6 minutos y 54 segundos del eclipse sumergieron a las ciudades mexicanas en un limbo oscuro y casi mágico. Sin embargo, con el paso de los días, ocurrió un fenómeno igual de llamativo: decenas de personas reportaron avistamientos de Objetos Voladores No Identificados. Lo interesante es que, en esa ocasión, los testimonios estaban acompañados por videos. Pequeños óvalos metálicos con trayectorias en apariencia inteligentes habían decidido competir en espectacularidad con el evento astronómico. En aquel año los celulares eran casi desconocidos para la gente, lo pocos disponibles —como el que usó el periodista Jacobo Zabludovsky para narrar la devastación del sismo de 1985 en la Ciudad de México— eran muy caros y difíciles de operar. Sin embargo, ya existían videocámaras portátiles que registraron los objetos que, con el tiempo, se hicieron familiares en diversos tipos de programas y publicaciones. A partir de entonces los hemos visto en formaciones casi militares, en lugares desiertos o en grandes urbes; también recorriendo a toda velocidad los cielos del país, incluso entrando, como aviones kamikaze, al cráter del volcán Popocatépetl. Alrededor, como las ramificaciones de un árbol evolutivo paralelo al que nos enseñaron en la escuela, tomó su lugar una variada mitología compuesta por Rods (supuestas entidades biológicas extraterrestres parecidas a varas flotantes), naves de plasma que parecen transformarse en cuestión de segundos y, por qué no, bestias sacadas de un manual de criptozoología como el famoso chupacabras que, a la postre, hizo su aparición en la televisión nacional en 1995.  

En 1991 tenía catorce años y, además de recordar el eclipse, tengo presentes en la memoria las intervenciones de Jaime Maussan en el programa nocturno Y… ¿usted qué opina? que conducía el locutor Nino Canún. Los temas que se abordaban eran diversos, pero, sin duda, uno de los más polémicos era el de las naves espaciales y sus avistamientos. Maussan se había iniciado como reportero de investigación en el programa 60 minutos y pasó, muy rápidamente, de los temas ambientales o sociales, al fenómeno de los no identificados. El programa de Nino Canún se prolongaba hasta la madrugada. A pesar de las largas horas de debate ovni nunca había un consenso porque el bando de los escépticos (al que yo odiaba) nunca aceptaba las pruebas de Maussan que hacía gala de toda su paciencia para no perder la compostura. ¿Qué era lo que me atraía del personaje? Quizás era el tono casi científico con el que presentaba sus descubrimientos. El tema de las naves espaciales a menudo es monopolizado por publicaciones sensacionalistas y sujetos estrafalarios. El extraterrestre es una broma para tontos y, por ende, mercancía que mezcla, sin pudor, la realidad y las más alucinadas ficciones. Sin embargo, el periodista mexicano, siguiendo la estela de Pedro Ferriz Santa Cruz, locutor oficial del milagro mexicano de los 60 y voz del sexenio de Adolfo López Mateos, trataba de darle una perspectiva profesional al polémico tema. Consultaba a testigos, hablaba con los protagonistas de los avistamientos e, incluso, presentaba evidencias fotográficas y en video. Una de las imágenes más famosas de aquella época es la que consiguió el granjero suizo Billy Meier. El gigantesco ovni de apariencia metálica, presentado por Maussan en una de las emisiones de 60 minutos, se volvió aún más famoso cuando apareció en un póster con la leyenda “I want to believe” en la serie The X files estrenada en 1993. El agente del fbi que coprotagoniza la historia, Fox Mulder, tenía el póster en su oficina. El personaje es, de alguna forma, el prototipo ideal del creyente en los extraterrestres: dispuesto a hacer un lado a la lógica, se enfrasca en cualquier tipo de aventuras con su compañera y contraparte ideológica Dana Scully.       

En aquellos años pensaba en las implicaciones de las naves espaciales y en la posibilidad de que no estemos solos en el universo. Tenemos muy presente la imagen que la cultura popular ha construido de los extraterrestres. Durante el siglo XX el alienígena encarnó la alegoría del villano o el extranjero pernicioso que viene a invadirnos. Esto era muy útil en una época marcada por la Guerra Fría y el riesgo constante —al menos ese era el sentimiento generalizado— de un conflicto nuclear. Quizás el evento mediático más famoso fue la adaptación que hizo el director y enfant terrible del cine estadunidense Orson Welles de La Guerra de los mundos, novela de su casi homónimo H. G. Wells. En 1938 logró que muchos estadunidenses pensaran que auténticos marcianos estaban asediando sus ciudades y evaporando a personas con sus rayos cósmicos. Sin embargo, a pesar de todas estas referencias, me resistía a pensar que los habitantes del espacio fueran una versión de nosotros mismos: conquistadores, expansionistas y violentos. Entonces conocí otras versiones del extraterrestre en la cultura popular. En Encuentros cercanos del Tercer Tipo, película dirigida por Steven Spielberg en 1977, se muestra a seres alienígenas que, después de varios acercamientos, tienen un encuentro pacífico con el ser humano. La escena final (cuando la nave principal por fin aterriza y abre su compuerta principal) capturaba mi imaginación y la de mis amigos. Había un sentimiento contradictorio: alienígenas que tienen una tecnología asombrosa son caracterizados como niños que se aventuran fuera de su nave. A un lado de ellos caminan los humanos que habían desaparecido en el famoso Triángulo de las Bermudas. Quizás me ocurrió lo que Freud define como “lo siniestro” en un famoso ensayo publicado en 1919. En el texto el creador del psicoanálisis describe la sensación extraña que provoca encontrarnos con una figura que recuerda la apariencia humana. Freud —inspirado en el cuento de E.T.A. Hoffmann “El hombre de la arena”— examina a un hombre artificial que casi es indistinguible de un ser humano verdadero. Los extraterrestres presentados por Spielberg, lejanos a las criaturas monstruosas que atormentaron a las audiencias en las décadas anteriores, eran perturbadores por su semejanza a nosotros. A través de los años y, alineándose con las preocupaciones del nuevo siglo, los extraterrestres y sus naves pasaron de ser entes amenazantes o entidades místicas, a personajes que advierten o castigan a la raza humana por destruir el planeta Tierra. En El día que la Tierra se detuvo, adaptación de la película de 1951, un extraterrestre encarnado por el actor Keanu Reeves tiene la misión de exterminar a los humanos y salvar a la naturaleza. Sólo así tendrá futuro el planeta.   

Uno de los saldos de mi aventura ovni en los noventa fue entender que el deseo de creer en algo puede traicionar hasta la mente más racional, científica e, incluso, escéptica. Hay dos casos emblemáticos. El primero involucra al escritor inglés Arthur Conan Doyle y su pasión por el espiritismo, los fantasmas y otros seres mágicos. En 1917 le enviaron varias fotografías tomadas por las primas Frances Griffiths y Elsie Wright. En las imágenes se puede ver cómo interactúan con pequeñas hadas que parecen salidas de un cuento infantil. A pesar de que los familiares de las niñas sospechaban de la autenticidad de las fotografías, Conan Doyle defendió su autenticidad en conferencias y artículos. Murió creyendo que el montaje era real. El segundo caso tiene que ver con el científico Charles Darwin. A menudo se olvida que los grandes avances en la ciencia no son exclusivos de una mente genial y que hay otros personajes —olvidados por la historia— que merodean las mismas pistas o realizan experimentos similares. En el caso de la teoría de evolución, adjudicada por unanimidad a Darwin, tuvo como protagonista cercano a otro científico: Alfred Russel Wallace. Usando como objeto de estudio el archipiélago malayo, contribuyó a las ideas sobre la selección natural. Sin embargo, con el tiempo, su posición derivó en posiciones que incorporaban la espiritualidad y cierto misticismo que cayeron muy mal en el círculo de intelectuales al que pertenecía. Para Wallace debía haber una razón trascendental que mueve los hilos de la naturaleza, aunque era imposible de comprobar con el método científico.    

Con el tiempo me desencanté del tema de los alienígenas. El “I want to believe” era un eslogan de unos años ya lejanos. Las fotografías de Meier fueron desacreditadas al igual que su supuesto “contacto” con seres provenientes de las Pléyades. La visita de los seres extraterrestres o, al menos, de sus naves espaciales, parece una utopía. Cuando estás a punto de alcanzar la prueba definitiva, cuando el contacto parece inminente, no ocurre nada y permanecemos en una especie de limbo en el que sólo se acumulan pruebas y más pruebas. Con la evolución de la tecnología, la llegada de la llamada posverdad, y las noticias falsas es más difícil lograr un consenso ya que cualquier testimonio se puede adulterar. Sin embargo, el escenario lejano del encuentro extraterrestre no impide que florezcan sectas inspiradas en los seres del espacio y las más diversas teorías de la conspiración. Precisamente, en la década de los noventa ocurrió un suicidio colectivo que conmocionó a la opinión pública estadounidense. Marshall Herff Applewhite —un texano fundador de la secta Heaven’s Gate— convenció a treinta y ocho personas para ingerir barbitúricos y alcohol. Después se colocaron bolsas de plástico en las cabezas y se ahogaron. Estaban convencidos que iban al encuentro de una nave nodriza que orbitaba la Tierra y que los esperaba desde hacía tiempo.

Quizá ha sido la falta de fe lo que evita que pueda ver una nave espacial en los cielos. Michel de Montaigne —creador del ensayo moderno— quizás citando al filósofo musulmán Avicena, refiere en uno de sus textos que “una fuerte imaginación genera el acontecimiento”. Debería, entonces, volver a mis elucubraciones sobre los alienígenas para, de alguna forma, atraerlos. Tal vez podría comprarme un telescopio y hacer vigilias desde la azotea de mi casa. Debería volver al tema para darle una nueva oportunidad. Puebla, el estado en el que vivo, es el lugar ideal. En la década de los noventa fue epicentro de decenas de avistamientos ovni que tuvieron como escenario el poblado de Atlimeyaya perteneciente al municipio de Atlixco. Familias enteras viajaron a la zona con la esperanza de obtener alguna fotografía memorable. Como recuerdo de aquel frenesí queda el Monumento al Ovni, inaugurado en 2001. La estructura que replica la forma de un plato volador fue creada por el escultor chileno Ricardo Vivar y está hecha con un tanque elevado en desuso, según reportes periodísticos. Como habitualmente sucede, la moda perdió fuerza y el monumento quedó en el abandono. A pesar de que aún es visitado, ahora luce lleno de grafitis y basura. Deberían rehabilitarlo. Si algún día vuelven nuestros amigos del espacio se sentirán muy decepcionados del lamentable homenaje que les hemos hecho. Regresarán de inmediato a sus naves y yo perderé una nueva oportunidad para encontrarlos.    

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Alejandro Badillo

(Ciudad de México, 1977)

Narrador y reseñista. Es autor, entre otros, de los libros de cuentos Ella sigue dormida, El clan de los estetas, y de las novelas La mujer de los macacos y Por una cabeza. Obtuvo el premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo.