Morir y otros verbos en infinitivo

María Fernanda García
Mayo-junio de 2021

 

 

La muerte es un tema recurrente en la vida humana, se presenta como una de las pocas certidumbres que conocemos. Trato de recordar cuándo fue la primera vez que pensé en ella y me encuentro con una memoria muy precisa: debo tener unos siete u ocho años, estoy en el baño de visitas de la casa de mi infancia, es un cuarto pequeño con mosaicos cafés. Desde ahí me pregunto cómo sería mi funeral si sucediera en ese preciso momento. Intento especular sobre qué dirían todos de mí y qué tan tristes se sentirían. Me emociona pensar en cómo serían las cosas sin mí, me pregunto si podría verlo o si alguien me lo podría contar. La fantasía termina cuando me llaman para comer, salgo del baño y dejo ahí esos pensamientos. En la adolescencia los retomo y me señalo como una niña rara, después de algunos años dejo de juzgarme; entiendo que son escenarios que todos imaginan en algún momento de la vida, que lo extraño sería censurarlos por tabú, negar lo obvio, eso que es evidente porque es inevitable.

Por causas o motivos naturales hay muertes que en cuestiones numéricas se esperan más que otras. Los niños son los que social e idealmente se perciben como los más lejanos a su extinción. Los ancianos tienen una relación estrecha con el fin de la vida por razones matemáticas, los años vividos les anuncian que no queda mucho tiempo más, ellos sí están cerca de la fecha límite, pasan los días con una sensación de caducidad. Sin embargo, a todas las edades la muerte está igual de cerca, nos persigue, nos acecha en cada movimiento y camina a diario junto a nosotros

El fin de la vida no tiene reglas definidas, la muerte puede golpear a quien sea y en cualquier momento. Una pandemia que lo evoca a diario nos revela lo frágiles que somos ante un virus, de la misma forma que lo somos a un descuido, un mal paso o una serie de eventos desafortunados. Un microorganismo invisible nos recuerda que ya no hay certezas, también nos hace preguntarnos si algún día las hubo. Vivimos inmersos en una atmósfera de muerte, pendientes del ascenso y descenso de las cifras de defunciones en el país y en el mundo. Los miedos se agudizan, la sensación del fin está más presente que antes. Yo vuelvo una y otra vez a mis pensamientos infantiles.

 

Peces dormidos

Hace unos años compré un libro para niños porque me interesó la cuarta de forros, se llama ¿Duermen los peces?, del autor alemán Jens Raschke e ilustrado por Jens Rassmus; fue publicado en el 2017 por el sello Loqueleo. Es una novela corta con estructura de monólogo, narrada en primera persona por Jette, una niña de diez años que presenció la enfermedad y el proceso de muerte de Emil, su hermano menor. La voz de la protagonista es entrañable desde las primeras páginas, la narración coloca al lector en un lugar de intimidad y complicidad con ella. Un relato que se posiciona frente a frente con el tema, lo toca, lo escudriña y lo enfrenta sin eufemismos, desde una voz que se hace las preguntas más obvias, pero también las más trascendentales.

Emil murió a los seis años y Jette lo vio degenerarse durante mucho tiempo. Él le hizo demasiadas preguntas sobre el futuro, ella le contestó lo que intuía, sus respuestas lo hicieron sentir más tranquilo, le dieron calma para enfrentar lo que venía. Pocas semanas antes de morir, Emil le preguntó a Jette por qué los personajes en los cuentos no mueren, y ella le respondió “[...] porque son cuentos. No es la realidad, sino lo que nos gustaría que fuera y lo que nos parece bonito”.1 Una respuesta cruda que es también una declaración de principios por parte del autor, una confrontación directa a la tradición clásica de literatura infantil, un elemento que le confirma al lector que está frente a una narrativa peculiar, subversiva, una que no maquilla la realidad, que no dulcifica los procesos para que duelan menos, los mira de frente y los explica con palabras que cualquiera puede entender. Un autor que no es condescendiente con el lector, que no lo quiere proteger del mundo ni de la vida y sus procesos naturales; que le recuerda que vivir es estar cada día más cerca de la muerte.

A lo largo de todo el texto, las preguntas no cesan, se vuelven cada más profundas y específicas, pero también de índole práctico: ¿qué pasa cuando te meten en un ataúd?; ¿es cómodo estar ahí dentro?; ¿hace frío ahí?; ¿qué pasa cuando te entierran?; ¿cuánto tardan los gusanos en comerte el cuerpo? Una lista de dudas que Jette intenta responder, preguntas de las que sus padres no tienen la respuesta; entonces ella las responde sola, saca conclusiones e hila un discurso propio. Desde lo que parece ingenuidad, el personaje se responde dudas ontológicas de forma concisa. Sin darle demasiadas vueltas, atravesada por el dolor, atiende muchas interrogantes que la filosofía occidental se ha planteado una y otra vez desde la época clásica y hasta la actualidad.

El libro plantea la posibilidad de que estas preguntas sean respondidas por un personaje niño bajo una cosmovisión propia y sin intermediación de los adultos; al tiempo que se aventura a proponer a la muerte como un tema pertinente de ser tratado en la literatura para niños. Una postura ciertamente rebelde que se contrapone a la tradición de la literatura infantil clásica, la misma que decidió modificar los cuentos populares y que por siglos escribió relatos con finales dulces para que ningún niño se quedaran con un mal sabor de boca. Ocultar esta información no es siempre la salida más fácil, el mundo es un lugar duro y enfrentar lo inevitable podría darles a los lectores herramientas para comprenderlo y confrontarlo (en el presente y en el futuro). La ficción es el vehículo ideal para hacerse preguntas, para dar respuestas tentativas, para experimentar con mundos posibles, buscarle diferentes ángulos a un mismo tema, darle vueltas y no quedarse estáticos.

¿Duermen los peces? es una obra que, por su carácter intimista, no empieza ni concluye en un sentido cronológico clásico, profundiza, se aleja y vuelve a los temas una y otra vez. Es un ejercicio profundo de empatía, en el que el autor intenta reconstruir la cabeza de una niña y pensar en cómo se experimenta el dolor a esa edad. Un texto que tiene presente su estrecho vínculo con la tradición y el pensamiento existencialista, pero que también puede ligarse con obras infantiles contemporáneas como El pato y la muerte (2007), del también alemán Wolf Erlbruch, libro álbum que, mediante textos breves y llenos de humor, plantea la íntima y perpetua relación entre los individuos y la muerte. Un pato adulto y la muerte, personificada por una calavera vestida con pijama, caminan juntos durante varios días, hasta que llega la hora de despedirse porque “así es la vida”.

Ambas obras conciben a la muerte como una etapa de la vida que, más allá de ser dolorosa, es natural. Dos libros que sorprenden por la claridad y frescura de los planteamientos, mismos que han sido bien recibidos por distintos públicos en todo el mundo. Por un lado, ¿Duermen los peces? ha sido traducida a más de diez lenguas, adaptada a obra de teatro y a formato radiofónico, además de recibir el Premio Mülheim para obras infantiles. Mientras que el éxito de Wolf Erlbruch como autor e ilustrador lo ha llevado a todos los rincones del mundo y recibió el premio Hans Christian Andersen, el mayor reconocimiento internacional que se otroga a un autor de literatura infantil. Dos obras que resuenan hoy con fuerza en el universo de la literatura infantil y nos recuerdan que no hay temas prohibidos, que es posible diluir los tabúes mediante narrativas innovadoras, llenas de sentido del humor y con la construcción de personajes complejos. Una combinación que escandaliza e incomoda a los más dogmáticos pero que reconforta a otros tantos en medio de esta atmósfera de muerte, dolor e incertidumbre.

Un momento histórico para repensar la idea de fin, un siglo xxi que nos reposiciona ante la muerte, que la normaliza porque hoy se siente global, incluyente, acechante e inevitable. Una época para encerrarse en un cuarto y volver a preguntarnos cómo cambia el mundo cuando otros ya no están o cuando yo tampoco esté.

 


1 Jens Raschke, Duermen los peces, Loqueleo, México, 2017, p. 19. 

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María Fernanda García

(Ann Arbor, 1987)

Nunca aprendió a andar en bicicleta y estudió la licenciatura en Historia en la unam. Se ha especializado en temas relacionados con la Literatura Infantil y Juvenil; formó parte del comité organizador de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil y  fue editora de libros para niños en el Fondo de Cultura Económica. Es autora del libro Los libros de niños no son para niños. Fue becaria del programa Jóvenes Creadores del Fonca en la categoría de Ensayo. Actualmente revisa contenidos para medios audiovisuales y escribe en distintas publicaciones.