Reír

Antonio Malpica
Mayo-junio de 2021

 

 

Imagen: Antonio Malpica, Facebook

 

Hace más de un año, cuando el mundo era tangible y las clases de educación primaria presenciales, mi esposa y yo decidimos cambiar de escuela a nuestra hija menor. Su hermano había pasado a secundaria y acordamos que la logística mañanera sería menos brutal si, en vez de hacer dos viajes en coche a dos escuelas distintas, los llevábamos a ambos a la misma, así que inscribimos a la pequeña en la escuela del grande. Hasta ahí, todo bien… si no consideramos que a ambos los dejaba alrededor de las 7:15 AM, pese a que el horario de entrada de la pequeña era hasta las 8 AM.

A los pocos días la chamaca empezó a mostrarse, umh, digamos… reticente para ir al colegio, aunque la verdad es que lo menos censurable que decía era “odio esa cochina escuela y maldigo el día en que me convencieron de cambiarme”. (Recurrir a un montón de helados y juguetes para persuadir a un hijo no es una práctica pedagógica recomendable, pero me consta que funciona).

Por supuesto, estaba el asunto de que era “la nueva” y le estaba costando trabajo hacer amigos. Pero también sumaba otra cuestión, la de verse cuarente y cinco minutos sola, en el patio, durante las mañanas, sintiéndose miserable. Como lo de hacer dos viajes no era negociable, yo escuchaba sus quejas, insistía con que no podía ser tan malo, le alborotaba el cabello, le daba un beso y la dejaba a la misma hora que su hermano, todos los días.

Pero fue hasta cierta mañana que tuve que acompañarla para arreglar un asunto administrativo que me di cuenta de la verdadera importancia del problema. Mientras yo hablaba con una profesora, alcancé a ver a mi hija en el patio… sentada en una jardinera… absolutamente sola… y aguantándose las ganas de llorar.

Tal vez recuerden ustedes aquellas viejas caricaturas en las que algún personaje, al advertir que se había portado como un desgraciado, se transformaba enseguida en una suela de zapato mientras el narrador anunciaba: “Canalla de primera clase”. Bueno, pues hagan de cuenta.

Esa misma tarde me disculpé con mi hija y le hice una propuesta. No, no haríamos dos viajes, eso estaba decidido; pero sí podíamos buscar dónde estacionarnos después de dejar a su hermano y hacer tiempo hasta las 8 AM. De inmediato vi cómo se sacudía el enorme yunque que había estado llevando sobre los hombros por varias semanas.

El primer día nos aburrimos espantosamente. No dejaba de cambiarle a la estación del radio, quería darle mordidas al lunch todo el tiempo y soltó varios “odio la escuela” con sus correspondientes florituras de lenguaje antes de que (por fin) la dejara en la puerta.

Pero al segundo día… todo cambió. No sólo se nos fue el tiempo muy de prisa sino que hasta conseguí que se apeara sin refunfuñar.

¿El secreto? Adivinaron: me llevé un libro y se lo empecé a leer en voz alta desde que apagué el motor del coche.

Mas no he recurrido a tan largo preámbulo para hacer una apología de la lectura en voz alta o de lo mucho que los libros pueden transformar un panorama, sino para llamar la atención sobre otro detalle. Y no desesperen, que aquí viene.

Primero he de contarles que, al cuarto o quinto día, me arrepentí de mi decisión. El libro que había elegido era una verdadera joya literaria. Su protagonista era una niña que la estaba pasando bastante mal en su casa y en la escuela. Era un libro hermoso, contado estupendamente, de esos cuya importancia detecta uno a la primera, un libro con todo lo necesario para ser llamado una obra de arte. Un libro que yo había elegido para que mi hija se identificara con la protagonista y… y…

Y…

Claro.

Me di cuenta al instante.

Así que tuve que meter reversa (metafóricamente, claro, aunque en verdad estábamos dentro del auto) y dar el volantazo (ustedes me entienden). El asunto es que, gracias a eso…

Durante los días siguientes ella se bajó del coche con una sonrisa envidiable y hasta con cierto brío para enfrentar el horripilante mundo escolar.

¿El secreto? Quizá esta vez no adivinaron tan fácilmente: sustituí aquel libro estupendo por La maravillosa medicina de Jorge, de Roald Dahl.

No estoy seguro de que tal título tenga todo para ser llamado una obra de arte. O que esté estupendamente bien escrito. Y no creo que sea hermoso en lo absoluto. Pero gracias a él me di cuenta de la tremenda importancia de los libros que simplemente quieren entretener, hacer volar la imaginación, detonar la carcajada.

“¡Oh, cómo odiaba [Jorge] a la abuela! Odiaba verdaderamente a aquella horrenda vieja bruja”, (página 21). Vaya, ni siquiera estoy seguro de que muchos padres o maestros vean con buenos ojos un libro en el que un niño quiere ponerle un petardo en la silla a su abuela o meterle una serpiente larga y verde por el cogote o encerrarla con seis ratas gordas y negras, (página 23). Pero nadie podrá jamás convencerme (ni siquiera con un montón de helados y juguetes) de que no es un libro importante, por el simple (pero nada despreciable hecho) de que mi hija lo amó desde el principio.

Es un misterio el porqué, pero los adultos solemos pensar (muy pomposa e inadvertidamente) que una obra artística cobra más relevancia entre menos te divierta. (¡Más temas de trascendencia humana y menos risotadas, por favor, que el  mundo se acaba y la cosa es seria!) Basta asomarse a los premios Nobel o a los Oscar para echar en falta la vena cómica en el medallero. Y no es que los Ibargüengoitias del mundo se merezcan un pedestal más alto que el de los Fuentes, pero al menos sí uno del mismo vuelo (sobre todo porque, además, son más escasos).

Con los niños la cosa es distinta. Me parece que lo único que compite con los libros que les sacan la risa son aquellos que les pegan tremendo susto o que los hacen emocionarse hasta olvidarse del recreo.

Estas someras palabras son únicamente para que no olvidemos la importancia de esos libros que dan felicidad. Con lo cual no quiero decir que no deba haber libros que traten los grandes temas de la condición humana, pero hay momentos en los que uno, simplemente, quiere ser feliz. Nadie la arrebata a nuestro amado Principito su lugar en el mundo, bucles y todo, pero el cien por ciento de los niños de mi casa prefiere a La peor señora del mundo, lonjas y todo, a la hora de escoger lectura para dormir.

Mi querido Francisco Hinojosa casi no tiene premios literarios. Pero tiene lectores. Y estoy seguro que no cambiaría unos por otros.

Y también estoy seguro que ni a Dav Pilkey ni a David Walliams les quite el sueño las pocas posibilidades que tienen de ser nominados al Andersen.

La risa tiende puentes. Dos personas que ríen por el mismo motivo no pueden estar enojadas. Pienso en mis hijos, molestos entre sí y relajando el encono si comparten el mismo sillón frente a una película de Mr. Bean.

La risa desafía a la muerte. No hay nada que haga sentir más viva a una persona que la risa que lo asalta muy a su pesar.

La risa aniquila la solemnidad.

La risa…

Bueno, sí, todo eso, pero principalmente…

La risa transporta. Saca a una persona de su cuerpo y lo entrega a un arrebato incontrolable de gozo puro. El que ríe no se da cuenta de ese transporte, sólo se rinde. Es instintivo e irracional. Ocurre sin pedir permiso. Y debería valorarse mejor a aquel que consigue ese efecto en una persona, ya sea con cosquillas o con historias, que la alegría es la misma.

Dice Michele Petit que “Sólo es posible habitar el mundo si se crean áreas que permitan movimiento, retirada, distanciamiento, reposo, una libertad de ir y venir, pasajes, relaciones insólitas: espacios abiertos hacia otra cosa, relatos de otro lugar, rostros desconocidos, leyendas o ciencia. Un libro es simplemente eso”.1

Movimiento. Retirada. Sé que aquel libro que intenté leer con mi hija es valioso, fundamental, no me atrevería a escamotearle su lugar en el mundo. Pero en ese momento, más que propiciarle un distanciamiento a la niña, la afianzaba en ese mundo que, al menos por tres cuartos de hora, deseaba hacer a un lado. Es un libro muy bueno. De hecho, cuando al fin lo pudimos leer (en el momento en el que mi hija dejó de ser “la nueva” y empezó a tener amigos), ella misma confirmó que es una gran historia.

Pero un texto en donde un muchacho prepara un potaje asqueroso para dárselo a su horrible abuela “de boca pequeña y fruncida, como el trasero de un perro”, (página 10), no tiene por qué quedarse atrás. Sobre todo porque puede ser la lancha salvadora que rescata a un niño del naufragio de su tristeza. Y eso no sólo es bueno sino también importante. Muy importante, de hecho.

Esos minutos en los que mi hija se reía escuchando cómo la abuela crecía hasta romper el techo de la casa de Jorge avalan el lugar del libro en los anales de la gran literatura universal. Lo afirmo y lo sostengo frente al más guapo (y más solemne) de los críticos.

La risa. La risa como tema a ser abordado en las letras para niños y jóvenes. Que sirvan estas líneas para que en algún momento del futuro una editora, un editor, una mañana como cualquier otra, en vez de pedir a un autor un libro sobre el bullying o la inclusión pida un libro muy divertido. Ese libro, por muy disparatado que parezca, va a ser el libro más importante del mundo para ese niño o niña que, una tarde como cualquier otra, va a necesitar salirse de su cuerpo unos instantes y…

Reír. Reír. Reír.

 


1 Michéle Petit, Pero, ¿y qué buscan nuestros niños en sus libros?, México, Conaculta 2014.

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Antonio Malpica

(Ciudad de México, 1967)

Narrador y dramaturgo. En 1992 creó, junto con su hermano Javier Malpica y Roberto Cravioto, la compañía de teatro independiente In-Crescendo. Ha obtenido, entre otros, el  Premio de Novela Breve Rosario Castellanos por La nena y el mar; el Premio Nacional de Obra de Teatro para Niños 2002 por Mozart a través del espejo, y el Premio El Barco de Vapor 2007 por Diario de guerra del coronel Mejía, así como el Tercer Premio Nacional de Novela Una Vuelta de Tuerca 2007 por Nadie escribe como Herbert Quain.