La LIJ en México: un camino inacabado

Mónica B. Brozon
Mayo - junio de 2021

 

 

Poco más de veinte años tuvieron que transcurrir para que nuestra disciplina, la literatura infantil y juvenil, empezara a ser más o menos tomada en serio. Para que dejara de considerarse como de segunda categoría; como una hermana muy menor de la gran literatura. A este camino le falta por recorrer, pero el trecho que llevamos ya ha dado algunos frutos. Durante mucho tiempo y hasta hace un par de años, solicitar una beca del FONCA para un proyecto de LIJ era simplemente inútil. Yo siempre supuse que era solo a causa de un prejuicio, pero más adelante una colega que había sido parte de comités de jurados y asesores me dijo que no se trataba nada más de eso, sino que también se debía a la carencia de profesionales que juzgaran y asesoraran proyectos de esa naturaleza. Apenas algunas convocatorias atrás se incluyó en las bases el rubro “Proyectos para niños y jóvenes”, en todas las áreas. Después se omitió de nuevo, pero desde entonces, entre los becarios que ingresan, se pueden encontrar más a menudo quienes tienen una carrera dedicada a la literatura para niños y jóvenes, aunque en menor porcentaje, probablemente congruente con la participación.

Pero es verdad que la LIJ ha padecido una discriminación histórica y sí, basada en puros prejuicios. “Que no es importante, que no es seria, que es fácil de escribir”. ¿Cómo no va a ser importante? La LIJ es la única base sobre la que verdaderamente se puede construir un país de lectores. A esa luz, ninguna otra es tan importante. Quien afirme que no es seria es porque no ha leído los libros de Martha Rivapalacio, ni los de Juan Carlos Quezadas, ni los de Ana Romero, ni de los hermanos Malpica, ni de Verónica Murguía, entre tantos otros autores que hablan de temas fundamentales con un dominio de la literatura que ya quisieran muchos que escriben “para grandes”. Y no, tampoco es fácil de escribir. Pueden dar buena cuenta de ello quienes lo intentaron al ver que es de las pocas variantes de la literatura de la que puede uno aspirar a vivir. No, no es fácil de escribir; tampoco es más difícil, diría yo, solo es distinta. Solo requiere una sensibilidad que no todos los escritores poseen.

Quienes escribimos para niños y jóvenes también hemos padecido la recurrente pregunta: “¿Y cuándo vas a escribir algo para adultos?”, como si la LIJ en realidad fuera un trampolín, o, como la mariguana, la puerta de entrada al mundo de las drogas “de a deveras”. ¿Será que consideran que solo nos graduaremos como escritores cuando escribamos algo que no puedan leer los niños?

Yo, como la mayoría de mis compañeros de generación, entré a la Escuela de Escritores de la SOGEM con aspiraciones de lo que entonces entendíamos como grandeza y con la idea de que éramos muy capaces de ser los herederos de Rulfo, de Paz, de Castellanos, etc. Por tanto, las horas de la clase de Literatura Infantil y Juvenil, que teníamos que cursar en el segundo semestre como parte del diplomado, se empleaban mayormente para hacer tareas atrasadas de otras materias o bien, para jugar ahorcados, gato o a lanzarse bolitas de papel mojado con el esqueleto de una Bic como improvisada cerbatana. La mayoría se sentía muy por encima de los cuentos de hadas, limmericks y fábulas que poblaban el temario, expuesto por Guillermo Murray y Betriz Donnet, nuestros profes. A mí sí me gustaba, pero no le encontraba mucha utilidad práctica. Yo había tratado —estaba tratando— de publicar un libro que había escrito antes de entrar a la escuela, ¡Casi medio año!, la historia de un niño de 10 años que narra pasajes de su vida a manera de diario. Toqué las pocas puertas disponibles entonces. En algunas no hubo respuesta, en las que sí, fue que ahí se publicaban cuentos cortos, ilustrados, y no había lugar para un libro como el mío, de poco más de 100 páginas.

Es decir que aunque me gustara y fuera una lectora de lo que había a la mano (principalmente traducciones que publicaba Alfaguara), no tenía mucho sentido escribir libros para niños en este país.

En medio de ese clima más bien desértico, a mediados de 1996 apareció la convocatoria de los premios Barco de Vapor y Gran Angular. Esos nombres no nos decían nada, ni tampoco el de Ediciones SM, pero al lado de éste, aparecía también como convocante el Conaculta. Era, justamente, un concurso de literatura infantil y juvenil. Mi libro se ajustaba a las bases, de modo que saqué mis copias, las engargolé y las llevé.

Al cabo de algunos meses, recibí la llamada de Ana Franco, la editora, quien con su marcado acento español, me comunicó que mi libro había ganado el premio, noticia que yo consideré en un principio una broma por parte de alguno de mis compañeros de la escuela. Pero no; mi libro, en efecto, había ganado. La editorial, además de los ganadores, seleccionó media docena de finalistas y con ellos inició las colecciones Barco de Vapor y Gran Angular, que inauguraron la tradición de LIJ en México.

No quiero decir que antes de este momento no se publicara nada. Para entonces circulaban libros como El profesor Zíper, de Juan Villoro y La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa; ya Daniel Goldin había creado en el Fondo de Cultura Económica la colección A la orilla del viento, que contaba entre sus ejemplares con libros de Emilio Carballido, de Alicia Molina, algunos más del mismo Hinojosa. Pero no había una generación de autores que se dedicaran exclusivamente a escribir LIJ, como entonces sucedió. SM inició con el sistema de ventas mediante prescripción escolar, que no era muy glamoroso, pero que sí derrotó eficazmente los vaticinios de pobreza que acostumbrábamos escuchar quienes queríamos dedicarnos a escribir. Este esquema, además, funcionó para dotar a los chicos de lo que hay que leer para encontrar placer en los libros y, eventualmente, convertirse en un gran lector; no como quienes tuvimos que leer Los hermanos Karamazov a fuerzas para pasar un examen. Desde luego, no quiero decir que no hay que leer a Dostoievski, pero cada cosa a su tiempo.

En ese 1996, pues, dio inicio ese círculo virtuoso. Los editores que hasta entonces no habían dirigido su atención hacia los escritores mexicanos (que no escribíamos porque no había dónde publicar) empezaron a hacerlo, nos incluyeron en sus colecciones, otros editores iniciaron nuevos proyectos y convocaron nuevos concursos, hubo cada vez más autores interesados y ahí despegó, propiamente, la LIJ mexicana.

Quince años después me integré a la planta docente de mi querida Escuela de Escritores, para dar la clase de LIJ. Mi temario no tenía ya nada qué ver con el de la clase que yo había tomado tres lustros atrás. Mi bibliografía sugerida inicial constaba de unos 30 títulos, buena parte de ellos de autores mexicanos contemporáneos. Mi clase era algo teórica y muy práctica, convencida yo, y eventualmente, convencidos mis alumnos, de que el material de calidad que surgiera en mi curso no tendría dificultad en ver la luz editorial.

Buena parte de los estudiantes, semestre tras semestre, llegaban a mi clase arrastrando esos prejuicios que, erróneamente, yo consideraba superados. Sin embargo, a la pregunta de qué tanto conocían de libros para niños y jóvenes, las respuestas de aquellos reticentes solían ir desde El patito feo hasta El principito. Y entonces yo pensaba “Con razón”. Conforme avanzaban las clases y ellos descubrían las posibilidades inmensas de expresión que ofrece la LIJ, el entusiasmo crecía en la mayoría, aunque nunca faltaron quienes hasta el final afirmaron que no era un área de interés para ellos. Lo cual es perfectamente válido, siempre y cuando se sostenga con conocimiento de causa. Pero también tengo el orgullo de que muchos de mis alumnos, al concluir el semestre, no sólo tomaron en cuenta la LIJ como una opción viable, sino que acabaron dedicándose de lleno a ella, a publicar y a ganar concursos. Porque seducir a un lector y llevarlo a enamorarse de la literatura para niños y jóvenes resulta sencillo. Únicamente se trata de mostrar lo que hay, que no es ni más ni menos que lo que puede encontrarse en la literatura general. Aquellas consideraciones de que a los niños se les escribe para enseñarles “valores” o para que conozcan la importancia de cepillarse bien los dientes, hace mucho tiempo que quedaron atrás. Y, claro, no es que ahora no se escriban y se lean libros de ese tipo, pero digamos que son el equivalente a los libros de autoayuda, tan populares entre los lectores adultos. Así pues, como se encuentran maravillas en los estantes dedicados a la LIJ, se pueden encontrar esperpentos. Lo mismo están ahí sagas de fórmula y testimonios de Youtubers (que, lamentablemente, suelen ser los de mayor éxito comercial), como libros cuyo contenido es pura y excelente literatura. Igualito a como sucede en los estantes de aquellos para lectores de más edad.

Los libros para públicos jóvenes es de lo que más se vende y se lee hoy en día en el país, y no solo son disfrutados por niños y jóvenes, que llevan los libros de la escuela a la casa y con ellos inician una biblioteca familiar. No es raro que los autores recibamos mensajes entusiastas de los padres de nuestros lectores meta, quienes han descubierto el placer de la lectura gracias a esos ejemplares que sus hijos les han compartido. Nuestros libros, pues, forman lectores de todas las edades.

De modo que sí: Sí es importante. Sí es seria. Y no, no es fácil de escribir. Pero sigue sucediendo, aunque afortunadamente cada vez con menos frecuencia, que cuando nos preguntan “¿Y tú qué escribes?” y decimos “Libros para niños”, nos contestan con un condescendiente “Awwwww”, como si le respondieran a una abuelita desquehacerada que se entretiene escribiendo para sus nietos.

Por lo demás, parece que ahí la llevamos.

 

Abril, 2021

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Mónica B. Brozon

(Ciudad de México, 1970)

Egresada de la Escuela de Escritores de la Sogem, ha escrito más de veinticinco libros y ha sido reconocida con múltiples galardones, como el Premio de Literatura Infantil El Barco de Vapor, el Premio A la Orilla del Viento y el Premio Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada. Entre sus obras más representativas se cuentan Casi medio año (1997), Historia sobre un corazón roto… y tal vez un par de colmillos (2002), Alguien en la ventana (2006) y Vengadora (2016).