Hace más de diez años descubrí el proyecto de El Naranjo, editorial independiente dedicada exclusivamente a la literatura infantil y juvenil. Desde ese contacto inicial me resultó evidente la calidad de su catálogo y del diseño de los libros: no recuerdo uno solo que no me pareciera bueno, todos contribuían a crear una propuesta sólida y valiosa, al nivel de cualquiera de las más consolidadas. Una década después, me alegra confirmar que esta editorial ha mantenido la calidad de su producción y ha ganado entre los lectores un merecido reconocimiento.
De entre los libros que leí en ese entonces, recuerdo especialmente uno: Copo de algodón, de María García Esperón. Se trata de una novela corta, histórica, ambientada en Tenochtitlán en los días de la llegada de los conquistadores españoles. El interés de García Esperón por los temas históricos se manifiesta en sus siguientes publicaciones en esta casa editorial; todas ellas se relacionan con personajes de la antigüedad clásica. La producción de la autora, enfocada en los niños y jóvenes, es amplia y ha recibido varios premios, entre ellos el prestigioso “Barco de vapor”. Entiendo, además, que Copo de algodón ha sido un relativo éxito de ventas: a diez años de su primera edición, había vendido más de 50 mil ejemplares, cifra nada despreciable en el panorama de la edición independiente.
En mi recuerdo de la novela siempre sobresale su inicio: “Mi padre es un hombre triste”, dice la protagonista, y desde ese momento existe en el estilo un balance muy bien conseguido entre la claridad y la sencillez que podría requerir una historia para lectores iniciales y las figuras retóricas tradicionales de la poesía náhuatl. El recurso más evidente es el difrasismo, una de las marcas de la poesía de los antiguos mexicanos que María García Esperón adopta con acierto para enriquecer la expresividad de su libro y también para conectar la historia con el contexto en el que está situada. Sin embargo, hay algo más en el tono y en las imágenes, sobre todo en la caracterización de los personajes, que sin duda tiene también ecos homéricos. Esta inteligencia estilística es uno de los rasgos memorables de la novela.
Por otra parte, la construcción del ambiente y los personajes también son aspectos destacables. La protagonista, Tecuixpo Ixtlaxóchitl, la hija de Moctezuma, da cuenta de su vida cotidiana, de la historia de su familia y de cómo el mundo como lo ha conocido hasta ese momento se transforma para siempre con la llegada de unos misteriosos extranjeros cuyas intenciones y comportamiento no son tan fáciles de comprender. La gran capacidad de la autora para insertarnos en las costumbres de la protagonista contribuyen a que vivamos con ella el impacto de esa irrupción.
En cuanto a los personajes, Copo de algodón esquiva el riesgo de continuar la narrativa habitual de buenos y malos, los antiguos mexicanos como símbolo de pureza y los españoles como asesinos unidimensionales. La mirada de la protagonista, muy bien situada y calibrada, nos muestra que este encuentro seguramente fue igualmente desconcertante para ambos bandos, además de crear cercanía con los acontecimientos históricos y las implicaciones que podemos suponer que tuvieron para los individuos que los protagonizaron. Copo de Algodón no es una figura idealizada, sino ante todo una adolescente que no entiende la dimensión de lo que está sucediendo, pues le resulta inmediato: al relatarnos lo que nosotros reconocemos como acontecimientos históricos, en realidad nos habla de su vida, su familia y sus afectos.
Lo anterior no significa que el trasfondo del relato se simplifique. Por el contrario, la obra no deja lugar a dudas acerca del trabajo de investigación realizado por la autora. Esto es evidente en aspectos estructurales, como el estilo y la construcción del mundo ficticio, que ya hemos mencionado, igual que en el andamiaje del argumento y sus antecedentes, pero también en los pequeños detalles, como el vocabulario que se usa en la novela incluso para titular sus capítulos. En este sentido, también es meritorio el cuidadoso balance conseguido por la autora, que aporta suficientes datos para construir un entorno verosímil y bien fundamentado, pero no tantos que terminen ahogando la trama y su emotividad.
Finalmente, merecen un comentario aparte las ilustraciones de Marcos Almada Rivero. Realizadas a carboncillo, en los inicios de cada capítulo emulan el estilo de los glifos, acompañando los títulos en náhuatl, mientras que a lo largo de la historia presentan distintos momentos con sencillez, elegancia y gran emotividad. Sin duda, resultaría difícil pensar en esta novela en una edición distinta de la original, al menos para mí.
Si bien Copo de algodón se trata de una obra dirigida a un público infantil y juvenil, no tengo dudas de que pueda interesar a cualquier lector, al tratarse de una historia interesante y bien escrita. Diez años después de su primera edición, ha resistido el paso del tiempo y ha alcanzado cada vez más lectores. La producción de María García Esperón merece atención en su totalidad, pero Copo de algodón destaca en ella con todos los méritos para continuar en su camino a convertirse en un clásico del género.
Copo de algodón
María García Esperón
Ilustraciones de Marcos Almada Rivero
México, Ediciones El Naranjo, 2013, 136 pp.