“La suave Patria” hoy

Audomaro Hidalgo
Mayo-junio de 2021

 

 

Ramón López Velarde. Fotografía: Wikimedia Commons


Este año se cumple el centenario de la publicación de “La suave Patria” de Ramón López Velarde. Fechado el 24 de abril de 1921, el poema fue escrito en el marco de los cuatrocientos años de la caída de Tenochtitlán y en los festejos del primer centenario de la Independencia. Apareció a finales de junio en El Maestro, revista dirigida por José Vasconcelos, entonces Ministro de Instrucción Pública. El poema ha sido llevado y traído por políticos y críticos literarios, ha suscitado toda clase de comentarios, desde la exégesis verso a verso hasta los ensayos más penetrantes. Tampoco ha desdeñado las polémicas, los debates y los embates. Después de un siglo de transformaciones culturales, sociales y políticas en nuestro país, “La suave Patria” nos sigue interpelando con el mismo imán contradictorio que generó desde su alba.

 “La suave Patria” es un texto bisagra. Su aparición se sitúa en un periodo de transición, es decir, entre el final de la fase armada de la Revolución y el inicio de otra época, la de la institucionalización política revolucionaria. El poema es consecuencia natural de un estilo, cuyo fundamento poético fueron siempre esas “deux postulations simultanées” de las que habló Baudelaire, y que Velarde llamó “la dualidad funesta”, en su caso: religiosidad y erotismo. “La suave Patria” deriva del estado de espíritu de un poeta y de la historia inmediata de México. López Velarde sintió más que ningún otro escritor mexicano el momento convulsionado que atravesaba el país. Lo vivió y lo padeció en carne propia. Zozobra, “La suave Patria” y los poemas agrupados póstumamente en El son del corazón representan el testimonio de un hombre en extremo sensible y muy lúcido. Ojos y oídos atentos al drama interior y al conflicto exterior. En este sentido, el caso de López Velarde me hace pensar en tres poetas franceses que respondieron con semejante lucidez a su tiempo. Tras la Revolución de 1848 y casi al mismo tiempo aparecen Les filles du feu/Les Chimères (1854) de Nerval, Les Contemplations (1856) de Hugo y Les Fleurs du mal (1857) de Baudelaire. Bella y valerosa respuesta de la poesía a la historia. Pero estos poetas escribieron al día siguiente de los sucesos, mientras que el poeta mexicano lo hizo inmerso en el remolino de los acontecimientos. Desde mediados del siglo XIX y hasta finales del XX, la poesía tuvo como uno de sus interlocutores a la historia. En este nuevo milenio, en nuestro siglo xxi, ¿cuáles son los paradigmas de la poesía? ¿A qué está referido el discurso poético? ¿Cómo debe dar cuenta la poesía de la realidad que vivimos hoy?

  El año de aparición de “La suave Patria” coincide, en México, con la publicación del Manifiesto del Estridentismo; Diego Rivera ejecuta La Creación, que podría considerarse, en cuanto a gesto artístico y no por contenido temático, la obra que inicia el Muralismo; Carlos Pellicer publica su primer libro, Colores en el mar, dedicado “a la memoria de mi amigo Ramón López Velarde, joven poeta insigne, muerto hace tres lunas en la gracia de Cristo”. López Velarde murió el 19 de junio de 1921, antes de ver publicado su poema.

Recientemente leí La suave Patria (El tucán de Virginia, 2013). Este libro, preparado por el poeta y editor Víctor Manuel Mendiola, es la mejor guía para conocer la recepción que tuvo el poema. El libro abre con un ensayo de Mendiola sobre “la última gran obra” de López Velarde, enseguida encontramos la traducción del poema al inglés hecha por Jennifer Clement; también se agregaron dos textos en prosa capitales: “Novedad de la Patria” y “La corona y el cetro de Lugones”. El primero es el pie de página teórico de Velarde a su poema; el segundo arroja luces sobre su estética. Poesía y poética se dieron la mano en López Velarde. Esta actitud crítica lo separa de sus antecesores inmediatos, pero también de muchos de sus contemporáneos. Mendiola recoge y ordena, a manera de notas, prácticamente todos los testimonios existentes sobre “La suave Patria”. La edición, además de ser producto de un esfuerzo de suma paciencia y pasión poética, es un trabajo minucioso que le permite al lector actual seguir el peregrinaje crítico sobre este poema a lo largo de un siglo. Cierra el volumen la reproducción gráfica de la “La suave Patria” tal y como apareció en El Maestro.

En 1940, Xavier Villaurrutia escribe el primer ensayo sobre la obra de Ramón López Velarde. Cualquier lector atento advierte que, a pesar de todos los aspectos resaltados de la obra lopezvelardeana, Villaurrutia no toca el célebre poema, o lo hace indirectamente como observa Mendiola. En su ensayo, Mendiola se hace algunas preguntas pertinentes al respecto y ve en el silencio de Villaurrutia “una crítica por omisión”. La actitud de Octavio Paz no es menos ambigua que la de Villaurrutia. En “El lenguaje de López Velarde”, escrito en París en 1950, afirma que “la originalidad de La suave patria consiste en que se trata de un himno dicho con ironía, ternura, recato y cierto rubor”; en 1966, en Delhi, urgido por la lectura que hace del libro de Allen W. Phillips, Paz vuelve a la carga. En “El camino de la pasión”, el Nobel mexicano encuentra parecido el teatro (“Ni lírico ni épico”) y “La suave Patria”, y luego entre esta y la música de Silvestre Revueltas, para calificarlo al final como “un poema exterior”; José Emilio Pacheco cree que el mérito del poema es haber feminizado a la Patria, es decir, el hacerla una Matria;[1] para Mendiola, “La suave Patria” es “el espectáculo de un mural barroco” de “engañosa simpleza” y “denso tejido.

“La suave Patria” no es un poema nacionalista, no es un texto de conmemoración patriótica, una alabanza de la Revolución mexicana o un canto épico, tampoco es una loa a los generales triunfantes, un himno cívico, una oda nacional ni una protesta contra la presencia norteamericana que comenzaba a enraizarse por entonces, mucho menos se trata de un poema de declamación escolar. “La suave Patria” no busca celebrar la gloria del antiguo imperio tenochca, como lo enseña la memoria de algunos cantares en lengua náhuatl:

 

Y esta relación

la guardó Tenochtitlán

cuando vinieron a reinar

todos los grandes

estimables ancianos,

los señores y reyes

tenochcas.

Aquí tenochcas

aprenderéis cómo

empezó la renombrada,

la gran ciudad

México-Tenochtitlán.

 

El poema de Velarde está muy lejos de la grandilocuencia con que Balbuena alaba la “grandeza mejicana”:

 

¡Oh pueblo ilustre y rico, en quien se pierde

El deseo de más mundo, que es muy justo

Que el que éste goza de otro no se acuerde!

 

El paisaje de “La suave Patria” contrasta con las trompetas, los cañones “horrísonos” y los clarines que abundan en nuestro mutilado himno nacional de “bélico acento”. ¿Acaso hemos olvidado que le fueron suprimidas seis estrofas salpicadas de “olas de sangre”? En torpes decasílabos, el himno afirma:

 

Piensa, ¡Oh Patria querida! que el cielo

un soldado en cada hijo te dio.

 

En once sílabas, Velarde dice:

 

Suave Patria: tú vales por el río

de las virtudes de tu mujerío

(…)

Suave Patria, vendedora de chía:

quiero raptarte en la cuaresma opaca,

sobre un garañón, y con matraca,

y entre los tiros de la policía.

 

Incluso un texto de decidida empresa publicitaria, “El credo”, también insiste en esa carga de violencia. López Méndez, su autor, dice: “México (…) Tú hueles a tragedia, tierra mía”. López Velarde desplaza los términos. Para él, México no es un país sino una Matria, una patria “suave”, “no histórica ni política, sino íntima”. Pero no nos engañemos, con estar atenuada, en “La suave Patria” hay una dosis de violencia latente. Por ello, es difícil leer este poema sin pensar en la historia reciente de México y en los últimos sucesos de extrema violencia e inseguridad que ha sufrido y sufre nuestro país.

En general, se ha leído “La suave Patria” dentro del marco de la poesía mexicana. Es normal, este poema pertenece a nuestra tradición poética y es, entre otras cosas, producto de la historia de México. Sin embargo, fuera del contexto estrictamente mexicano, el poema adquiere otra dimensión. El poeta, sin proponérselo, es el creador de un nuevo género literario, porque fundó un modelo e inventó un punto de vista, una visión de lo mínimo extraordinario exaltado con “épica sordina”. Contrario a lo que se ha dicho, “La suave Patria” sí tiene descendientes, pero hay que buscarlos fuera de México, lejos de lo que Carlos Monsiváis llamó “el canon de la mexicanidad”. En 1910, el periódico La Nación, en vísperas de celebrarse el primer centenario de la independencia argentina, le pide a Leopoldo Lugones y a Rubén Darío que escriban poemas para conmemorar esa fecha. Cincuenta años después, con motivo del sesquicentenario, el mismo diario se lo solicita a Jorge Luis Borges. Éste entrega la “Oda compuesta en 1960”. Los poemas “¿Qué es Buenos Aires?” y la mencionada oda de Borges, así como la “Enumeración de la patria”, de Silvina Ocampo, e incluso el “Canto a Chile”, de Pablo Neruda, tienen sus raíces directas en el poema del mexicano Ramón López Velarde. No existirían sin “La suave Patria”.


[1] En La lumbre inmóvil (Ediciones Era, 2018) se recogen todos los textos de Pacheco sobre López Velarde. En el artículo “En los cincuenta años de La suave Patria, José Emilio observó que el territorio del que nos habla el escritor en su poema es aquel “que conocieron sus sentidos Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí y la Ciudad de México”. Más adelante, en “La patria espeluznante”, Pacheco dice: “El sureste, la costa, la frontera están excluidas; la capital aparece fugazmente”. Es verdad, el paisaje de la patria que nos presenta López Velarde es árido, seco, pero no por ello menos mexicano.

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Audomaro Hidalgo

(Villahermosa, Tabasco, 1983)

Poeta, ensayista y traductor mexicano. Estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, Argentina. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Obtuvo el Premio Tabasco de Poesía José Carlos Becerra 2013 y el Premio Nacional de Poesía Juana de Asbaje 2010.