Tres poemas

Alejandra Estrada Velázquez
Marzo-abril de 2021

 

 

ANCIANA

 

Una mujer en bata

una curva

su espalda

Una mujer camina lento

respira el aire intoxicado

por el recuerdo de sus hijos

los dientes de leche

su ombligo y el mechón de pelo

guardados en una servilleta

Una mujer

una caja

su memoria

dos anillos

monedas

y una muñeca

las promesas

Una mujer oblicua

el pozo estaba lejos de su casa

nueve años y veinte litros en cada hombro

 

Un cuerpo enfermo

los ojos secos

el astigmatismo

y la miopía heredada de la abuela

y el luto

y el silencio

y la deshonra

Una mujer aterrada por el tiempo

La vergüenza

de una mujer curva es

su cuerpo

y las manos

del hombre

el padrino

un secreto

y la abuela trabajando

y la niña abandonada

arrojada al fuego

y la abuela echando las tortillas

y la niña

y el padrino

y el cuerpo

Una caja de Pandora

es la memoria de la mujer curva

La tristeza

el soliloquio frente a la estufa

el aceite caliente

la artritis

hora de la medicina

el diálogo imaginario

una radio que suena todo el día

y mañana

y otra vez

y la mesa puesta

y la espera

y nadie llega

 

Esta es la soledad de una mujer curva

 

  

ORFANDAD

Tu cuerpo es un muro.

 

Trata de explicar a la boca

que la palabra es una plaga

que habita entre las grietas,

un insecto que transita

las venas secas de esta casa,

un hogar con la memoria teñida de humo.

 

Tu cuerpo es un muro.

 

Trata de explicar a la boca

que ahora es una mancha de humedad

en la pared de esta tumba

a la que tus hijos llamaron casa.

 

Tu cuerpo es el muro y el muro se quiebra,

el muro es un hueso y el hueso se abre para alumbrar la verdad,

el muro es la muerte y la muerte es tu madre.

 

El niño dice que te oye cantar todas las mañanas.

 

El muro se quiebra

y los hombres barren

tu voz hecha polvo,

levantan trozos de tu cuerpo,

piedras con las que tropezamos en el camino.

 

Es de mala suerte andar

sobre la memoria de un muerto,

dormir a su lado,

olvidar su rostro,

llevar una mujer a la cama

de la que habita el muro.

 

Papel tapiz color mentira

sobre el cuerpo;

sobre la voz hecha polvo,

una piedra.

 

Nada se crea: el niño dice que ve fantasmas.

Nada se destruye: el padre derrumba la memoria.

Todo se transforma: tu cuerpo es el muro.

 

 

DEMENCIA

 

El corazón de mi madre es una cueva:

desde el fondo,

una niña desesperada

grita mi nombre.

 

Son los ojos de mi madre que se desmoronan

el espejo de piedra en el que me miro.

 

Una araña sin norte pasea en sus pupilas

una araña histérica teje su párpado,

una araña hila su noche definitiva.

 

Mi madre es un cuervo:

en el aire florece su canto negro.

 

La voz de mi madre ilumina la casa,

relámpago permanente,

herida que no cesa.

 

Mi madre no recuerda nombres

y me he vuelto un eco estéril

un balbuceo.

 

Es el cuerpo de mi madre

un río irregular que se desborda;

su voz desata la tormenta,

rompe las palabras,

es un látigo su boca.

 

La memoria de mi madre

es un pueblo fantasma

de alegrías grises

de dolores sepia,

paisaje de sílabas rotas.

 

Su miedo llena los huecos en los rostros.

 

La memoria de mi madre

es un sitio estático

y remoto

al que la niña de la cueva

ha huido.

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Alejandra Estrada Velázquez

(Ciudad de México, 1986)

Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM. Estudió la Especialización en Literatura Mexicana del siglo XX en la Unidad Azcapotzalco de la UAM. Publicó la plaquette Vacía de dioses, en 2018, y el poemario Esta herida se llama palabra, en 2020. 


Fotografía: Pixabay

 

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