Lo oculto y lo manifiesto. Umbral, de Roberto Abad

Rodrigo Rosas Mendoza
contraluz
agosto-septiembre de 2025

 

La trayectoria cuentística de Roberto Abad (Cuernavaca, 1988) ya mostraba una solidez imaginativa en Cuando aparezcan las luces (2020), un afortunado ejercicio narrativo en una línea muy kafkiana e incluso cercano a la llamada weird fiction. Es más: diría que en esos cuentos veíamos personajes atrapados en circunstancias propias de The X Files y The twilight zone. Ahora, en su nuevo libro de cuentos Umbral (Universidad Autónoma Metropolitana, 2024), Abad teje una red de guiños y homenajes que repasan diversos momentos más cercanos al terror, aunque siempre con un pie en la atmósfera enrarecida y amenazante de la weird fiction. En trece textos —¿qué otro número más afortunado?— el libro pasa por diferentes estaciones temáticas en las que el morelense ocasionalmente se detiene a dialogar con la larga tradición del terror en la cultura popular. Por ejemplo, la mítica Alien de Ridley Scott en “Siempre estarás conmigo”; luego, el diálogo con el personaje de Casasola creado por Bernardo Esquinca en “Aleación”; hasta el guiño a Coraline y el eco del mundo creado por Chris van Allsburg en “Los niños de esta casa”.

“Aleación” representa bien el nuevo rumbo del terror en nuestros días. La ciudad y su mugre son los elementos que usa Abad en esta historia para escarbar en el terror contemporáneo. ¿Qué puede inspirar más terror que las montañas de basura apiladas en las afueras de la metrópoli? Las vidas errantes de quienes viven ahí, alimentándose de los desechos, respirando esa fétida atmósfera, son quizás las nuevas criaturas incomprendidas y malditas de nuestra era. Son esos seres los que, desplazados por el movimiento incesante y voraz de la urbe, emergen como fuerzas oscuras de una naturaleza al borde de la aniquilación cuyo único propósito ahora es defenderse de nuestros embates. En “Aleación”, el alimento de esta criatura semihumana es el metal, ese material tan abundante en los entornos citadinos. Ya David Cronenberg proponía algo parecido con el plástico en su maravillosa Crimes of the future. El imaginario contemporáneo está buscando la forma de disolver, aunque sea desde la ficción, los desechos con que hemos asfixiado al planeta.

Por otro lado, “Laureles” es quizá el mejor cuento del libro. El más oscuro, el más poético, de una atmósfera pesada y desoladora. Un joven sacerdote llamado Joel llega a Laureles —un pueblo pequeño y olvidado— para culminar ahí su vocación bajo las órdenes del padre Santiago. Interesante la referencia bíblica de Santiago, quien se convirtió en el testigo privilegiado de los milagros crísticos. Este hombre lidera en el pueblo un culto siniestro que sigue sus propias profecías y escrituras apócrifas. Abad, inteligentemente, vuelve de este culto una metáfora acertada de los poderes ocultos que gobiernan el México rural.

Como si se tratara de un desdoblamiento de las esferas criminales en México, el culto también entierra en una fosa clandestina a quienes le estorban y mantiene un velo de silencio y obediencia forzada sobre toda la comunidad. Por si no fuera suficiente esta dosis de realidad entretejida con horror, Abad también inserta la presencia eclesiástica como una autoridad que cierra los ojos ante lo inadmisible. La iglesia aparece aquí como institución fallida incapaz de vencer sus propios demonios y que ha encontrado en la inacción la mejor filosofía de trabajo. Con reminiscencias de aquellas historias de la vida monástica y el entorno rural tipo El derviche y la muerte, del yugoslavo Meša Selimović, o Madre Juana de los Ángeles, del polaco Jaroslaw Iwaszkiewicz, Abad recupera esa atmósfera de desolación y sujetos asfixiados por una destructiva crisis de fe para así poder encauzar un relato siniestro y desolador de una vena lírica innegable.

En “Retorno a Galápagos”, Abad explora uno de los grandes temas de esta literatura: el manuscrito encontrado. Una traductora fallece y deja su biblioteca —además de su casa entera, ubicada en la colonia Narvarte de la Ciudad de México— a una sobrina que no sabe muy bien qué hacer con ese legado. Un par de amigos se ofrecen a recoger los libros y aprovechar, en beneficio propio, esas potenciales joyas escondidas. En medio del montón de libros rescatados, este par de amigos encuentra una traducción hecha por la occisa tiempo atrás Se trata de un diario escrito por un biólogo suizo durante un viaje a los Galápagos. Ahí encontró una especie extraña de lagartos que le causaron una fascinación mortal. Abad sabe cómo conjugar, en tiempos y voces narradoras diferentes, el elemento del manuscrito encontrado y la descripción detallada de criaturas fantásticas. El resultado es un relato enmarcado hipnótico, inquietante y muy lovecraftiano.

Cierran el libro dos textos que aligeran la atmósfera a partir del humor y la sátira. “La noche que mi hermano empezó a flotar” es un cuento próximo a la comedia de terror y que homenajea a El exorcista. Por otro lado, “Nuestras invocaciones” es una suerte de ensayo breve que, de manera bastante convincente, propone una serie de respuestas a la pregunta de por qué los mensajes del “más allá” son siempre tan crípticos, vagos e insuficientes. Se agradecen estos matices de humor y ligereza no sólo porque alivian un poco el lúgubre tono del libro sino porque muestran los distintos registros que el terror puede alcanzar en las manos correctas.

Intercalados entre cada cuento, hay una serie de cuestionamientos de tinte aforístico y poemas visuales que, a manera de preguntas con respuesta exclusivamente monosilábica, funcionan como epígrafes introductorios a la materia de cada historia: los sueños, la luz, la noche, el viaje, la vida. Los monosílabos “sí” y “no”, siempre entrelazados entre sí, permanecen enmarcados entre figuras geométricas, ecuaciones y paradojas espaciales que remiten a las múltiples dimensiones exploradas por Abad en su obra. Una de esas preguntas en tono aforístico resulta ser un verso endecasílabo muy sugerente que ilustra bien el buen ritmo en la prosa de Abad: “¿Será la noche otra forma de luz?”.

En esencia, el libro se articula como una suerte de historias contadas por “el oráculo de la noche”, una suerte de entidad invocada desde la primera página y que acaso funcionaría como una suerte de narrador multifacético capaz de tomar posesión de voces y personajes distintos. Abad, desde la primera página, asegura que “no es una sola realidad la que nos rige, sino varias a la vez”. El título de la obra, en esos términos, es simple, pero adecuado.

            Debe reconocerse el bello trabajo de edición que se nota en la camisa que cubre este libro. Las ilustraciones a cargo de Frida Kadavre y el diseño son un añadido artesanal que merece especial atención, pues simula un tablero de ouija —el instrumento que aparentemente nos permite invocar a este “oráculo de la noche” y que aparece en varios cuentos—. Esta decisión editorial también combate las limitaciones monocromáticas de las portadas de la colección Molinos de viento y vuelve al libro un objeto notable por su propia materialidad.

Así, en Umbral caben todos los resquicios y las huellas de la maldad. Roberto Abad transita entre dimensiones para demostrar que, siempre que se crucen sus límites, un mundo puede perturbar al otro.  

 

 

 

 

 

Umbral

Roberto Abad

México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2024, 152 pp.

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Rodrigo Rosas Mendoza.

Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la unam. Cursó la Especialización en Literatura Mexicana del Siglo xx y la Maestría en Literatura Mexicana Contemporánea impartidas por la uam Azcapotzalco. Actualmente cursa el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Veracruzana. Ha colaborado en El Universal y el suplemento cultural Confabulario.