Fotografía: City College, Nueva York, c. 1905.
Al fin y al cabo, ¿no es la vida de un
escritor revisión y nada más que revisión?
¿De qué otra forma se aclara el
pensamiento y se hace más profunda la obra?
¿Cómo, si no, se pasa del
discernimiento a la sabiduría?
Vivian Gornick
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Una tarde de abril de 1995, una mujer caminaba por las afueras de Arizona. La podemos ver concentrada en sus pensamientos, ajena al mundo, con la mirada perdida entre las montañas, el cielo claro, el inmenso desierto poblado de vacío. Fue ahí cuando tuvo un repentino ataque existencial. Una marejada de ansiedad llenó su boca de amargor, su campo de visión se distorsionó y sintió en su pecho el ahogo y el temor. Un miedo indefinido, aunque real e inquietante, la habitaba sin previo aviso.
Si bien, tal arrebato no le era familiar, tampoco era la primera vez que se enfrentaba a una crisis vital. De hecho, podría decirse que su vida entera, como la de todos, no sólo había estado poblada de profundos cismas, sino que esos resquebrajamientos habían dado paso a luminosos descubrimientos vitales, pasajes definitorios que ella misma narró en las páginas enérgicas, lúcidas y valientes de sus libros. La suya, la de la escritora norteamericana Vivian Gornick, es una continua peripecia interior, un combate incesante para definirse a sí misma.
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Comenzó su carrera en 1969, cuando se incorporó a la plantilla del Village Voice. Hija de inmigrantes judíos, Vivian había estudiado en el City College de Nueva York y en la universidad de la misma ciudad. Tenía treinta y cinco años, se había divorciado dos veces y era infeliz, insegura e insatisfecha. O, en sus propias palabras, “tenía edad, hastío, agotamiento y dolor de sobra”.
Entonces llegó el primero de los grandes rompimientos existenciales de su vida: el feminismo. Comisionada por la revista, fue a investigar sobre aquel movimiento que aún pocos entendían y, de esa experiencia, surgió el célebre texto: Women’s Liberation: The Next Great Moment in History is Theirs. El título de aquella crónica-ensayo fue premonitorio, tanto en lo general, como en lo particular. El inesperado y abrupto descubrimiento significó un viaje sin retorno, tanto para el fortalecimiento del movimiento en Nueva York y el país, como para ella misma. “El feminismo de los primeros tiempos sigue siendo para mí el fogonazo vital de discernimiento que me despeja la mente. Me rescata de la autocompasión, me brinda el regalo incomparable de querer ver las cosas como son”, confesaría posteriormente en su ensayo “Lo que significa para mí el feminismo”.
Ese era el inicio de una carrera en la que, de manera sostenida y vivaz, Gornick trenza la perspectiva de género, la narrativa personal y el periodismo. Dos años más tarde, le ofrecen la posibilidad de viajar a Egipto para escribir sobre las mujeres de clase media de El Cairo. De esa experiencia surgirá su primer libro In Search of Ali Mahmoud: An American Woman in Egypt, nominado al National Book Award en 1974.
A pesar de generar revuelo y abrir paso a su vocación, la autora recuerda aquel primer volumen como un intento fallido, debido en parte a que aún no encontraba su voz, el tono, la distancia, el estilo. Demasiadas palabras, sintaxis densa, prosa agitada, retórica en exceso. Sin saberlo, comenzaba a tomar distancia del periodismo para adentrarse en la literatura en primera persona.
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Segundo quiebre. Vivian ya ronda los cincuenta años. Ha sumado tres libros más a su currículum y sigue luchando para encontrar esa honestidad literaria que todo escritor debe buscar, pero que exige algo que no cualquiera está dispuesto a brindar: esfuerzo, autocrítica y mirada atenta. Comienza a sentir que hay un exceso de sentimentalismo y que ella misma, como personaje, se desborda en la escritura. Entonces inicia un aprendizaje que durará años. “El proceso fue lento, doloroso y, para mi sorpresa, surcado por un autocuestionamiento paralizante”.
Tras esa nueva crisis y la reconfiguración de su estilo y voz, surgió el ya clásico Apegos feroces, donde narra desde una perspectiva, en la que se conjugan la inteligencia y la humanidad, la relación tensa, amorosa, cercana y muchas veces asfixiante que sostuvo con su madre. Con un estilo directo y eficaz, claro y contundente, sus párrafos confirman la presencia de una mente aguda, irónica y mordaz. Utiliza el humor hábil y precisamente, para evidenciar el absurdo cotidiano, los callejones cerrados de los lazos familiares y la extrañeza de los vínculos humanos.
Decidida a eludir el sentimentalismo o el cinismo, logra presentar un complejo retrato de su madre, sin desdeñar los mutuos ataques y las necesarias amnistías. En las páginas del libro transmite indomables emociones con vivacidad, melancolía, enojo, desencanto y escepticismo. Pero, aún más importante, abraza aquella difícil relación con generosidad y justicia.
Es, en ese momento, confesará posteriormente Gornick, cuando comienza a sentir que ha dado, finalmente, con el tono adecuado, la sintaxis, el desapego para hablar desde un yo, sin estar del todo implicada. Por primera vez, se asume como narradora. Gornick asegura que, tras aquella experiencia de reinvención, su abordaje dejó de ser el de una cronista de la realidad, en la estela de Tom Wolfe, Norman Mailer y Joan Didion, para dar paso al de una autora imaginativa, que utiliza con inteligencia y oficio la materia prima de su propia vivencia para construir literatura.
En ese sentido, su genealogía vital armoniza no sólo con el ensayo en tanto género, sino con esa filosofía que ingleses como William Hazlitt o Samuel Johnson encarnaron con soltura y elegancia. Es decir, aquella en la que la escritura mental se une al paseo citadino. El deambular es un correlato del pensamiento, la cadencia del paso se traslada al estilo y los hallazgos en el camino suman riqueza a las reflexiones.
Gornick se declara una caminante infatigable, hambrienta de estímulo y distracción en medio del anonimato que le brinda la ciudad. Ese linaje, que incluye igualmente a personajes como Benjamin y Baudelaire, es también el de Virginia Woolf, quien en medio de sus recorridos toma apuntes lúcidos y perspicaces sobre los laberintos de su propia psique.
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Volvamos a la caminata en Arizona, que ilustra en mucho el recorrido interior que ha empujado durante toda su vida a Vivian Gornick. Ha transcurrido casi una década desde que publicó el libro que la llevó al reconocimiento internacional. Acaba de cumplir sesenta años. Sin embargo, se encuentra en algún lugar del desierto, agobiada por un ataque en el que se mezclan, de manera desconcertante, la perplejidad y la alarma. Varios fueron los episodios similares, hasta que pudo controlarlos y darse cuenta del origen de todo aquello. Se trataba de un malestar surgido de ensoñaciones que la alejaban de ella misma, de su realidad y, especialmente, de sus posibilidades. La única forma de salir del bache existencial era plantarse de lleno en “la inmensidad del presente desocupado”.
Gornick cuenta que la lección de esa nueva crisis fue la necesidad de llenar los vacíos de la vida con una permanente presencia, mental y espiritual; o, como escribe en El fin de la novela del amor, encarnó la certeza de que “para tener una vida una debe actuar, consciente y deliberadamente, desde su propio ser integrado”. Entendió que estacionarse en el mundo de lo ideal es una manifestación de autoengaño y ocultamiento. Y el autoengaño nos arrastra a la depresión, al rechazo de uno mismo y, en consecuencia, a la parálisis. Estar paralizado es letal, tanto como vivir anhelando un mundo de fantasía que anestesia y evade. En lugar de fervor religioso, escribe, encontró refugio en el “dolor tranquilizador del esfuerzo diario”.
Esta crisis, junto con todas las que ha vivido, empujan a Gornick a expresar que en su vida siempre llegó con retraso. Se califica como una late bloomer. Ha florecido tarde, dice. Se lamenta no pocas veces de haber tardado demasiado en todo, pero la profundidad de su obra y de su escritura nos sugiere que quizá peca de exigente.
Incluso, como lectores estamos tentados a creer que la atención no debe recaer en el tiempo que se tarde, sino en la seriedad con la que se acometa el esfuerzo de cuestionarse. Cuando muchos creen que a cierta edad la vida o está resuelta o se encuentra ya en una inercia en la que poco importa replantear el camino, la autora de La mujer singular y la ciudad nos enseña que el proceso de formarse una personalidad auténtica es una permanente y penosa hechura. La ruta, por supuesto, no es sencilla ni fácil. Hay retrocesos, derrotas, traiciones y flaquezas constantes. Y, lejos de significar un punto final, a través de sus libros, Gornick nos comparte, con humildad y franqueza, que en este viaje “la búsqueda lo es todo. La lucha lo es todo”.
La escritura no es una terapia, no cura ni soluciona nada. Pero sí es, sin duda, una herramienta para ahondar en nuestros abismos. Cuando es honesta, describe lo que ella llama “la verdad de uno mismo”, es decir, el recorrido descarnado y brutal de la experiencia y de aquello que tratamos de entender de la vida, el dolor, la alegría o la soledad individuales. Y es, también, lo que abre paso a la comprensión de las modestas iluminaciones que nos hermanan como género humano.
Recordar aquel suceso ocurrido en el desierto de Arizona hace treinta años es tan sólo un pretexto para celebrar una obra singular, auténtica y generosa que ha sabido florecer ante sus lectores con inteligencia y autenticidad. Con noventa años cumplidos en 2025, Gornick nos demuestra la importancia de la disciplina, la paciente orfebrería que demanda el oficio y, especialmente, la pasión necesaria para vivir, incluso a pesar de uno mismo.
(Orizaba, Veracruz, 1981)
Estudió Filosofía en la Universidad de Guadalajara. Fue becario en la Fundación para las Letras Mexicanas de 2009 a 2011 en el área de Ensayo. Textos suyos han aparecido en revistas como Este País, Replicante, el suplemento Laberinto, de Milenio Diario, y Confabulario, de El Universal.