La roca lunar, Valeria Arendar. Impresión giclée sobre papel Hahnemühle Photo Rag, 2024.
I
Finales del siglo xix: en casi todas las regiones del mundo está experimentándose una emoción en la que se funden la expectativa y la angustia. La vida se organiza de maneras antes inusitadas: los aparatos de la ley regulan lo público y lo privado, y la medicina se establece como una certeza que clausura las supersticiones y los peligros. Ambos campos —entre otros— buscaron con firmeza dirigir a la sociedad hacia un “progreso” secularizador. Las tecnologías del gobierno, de la legislación y de la ciencia se volvieron fuerzas que pretendieron derrumbar los asideros espirituales, con el objetivo de llevar a las conciencias hacia un entendimiento más ordenado del mundo. Esto anudó una contradicción que, en ese momento, se pensó irresoluble: la modernidad sólo podía construirse a costa de la fe y las esperanzas. A costa de toda noción de estabilidad. “La fe en la ciencia se mezclaba con la nostalgia por las antiguas certezas religiosas, la creencia en el progreso al vértigo ante la nada”, explica Octavio Paz. “No era la plena modernidad, sino su amargo avant-goût: la visión del cielo deshabitado, el horror ante la contingencia”. El apocalipsis, tal y como fue concebido por el final de la centuria decimonónica, constituyó un hecho político: la luz eléctrica, la velocidad de los transportes, el desarrollo en sí, no eran más que signos del fin.
II
El cuerpo fue uno de los reductos donde se encarnizó el apocalipsis político. Como lo demostró Michel Foucault, el relato de la modernidad inventó la enfermedad y la violencia. Las fronteras de la ley y la medicina no se mantuvieron dentro de los límites de lo físico, sino que hicieron del cuerpo una superficie que podía desgajarse. La mente y los órganos se encontraron bajo su escrutinio.
La criminalística indagó en la subjetividad de los asesinos y explicó aquellos cerebros que pensaban intoxicados por una serie heterogénea de factores individuales y ambientales. Por su parte, las refinaciones del instrumental quirúrgico pudieron hacer que los cuerpos se despedazaran ante el escalpelo. Una figura simbólica —la carne le pertenecía a Dios, y por ello debía preservarse— pudo fragmentarse en partes discretas para su catalogación y subsecuente estudio.
¿Qué consecuencias discursivas se activaron por estas prácticas? El cuerpo se sometió a las nuevas facultades de la vigilancia. Retirando la carne y teniendo en las manos al corazón, era posible definir qué era un cuerpo sano y cuál expresaba deformidades que debían erradicarse; qué mentalidades debían ser aisladas dentro de instituciones y cuáles se encontraban dentro de la norma; quiénes tenían, por su constitución física, el derecho a tomar decisiones y quiénes eran meras consecuencias de aquellos decretos.
III
El apocalipsis también llegó al México finisecular. A finales del siglo xix, el espacio de la ficción literaria se comportó como una suerte de respuesta a las acciones políticas y sociales del Porfiriato. Esa respuesta no fue articulada de manera explícita, no ocurrió que los escritores de novela y cuento se reunieran bajo un sólo programa estético para oponerse al régimen. Sin embargo, ante las labores higienizadoras del porfirismo, con las cuales se fundaron instituciones médicas y legales, y ante los valores que exaltaban la limpieza moral para la sociedad y sus infraestructuras, la narrativa comenzó a representar a un cuerpo que sucumbía a los desvíos psíquicos o al que se le arrebataba toda noción de voluntad para ser sometido a la violencia más cruel. Si las autoridades pugnaban que el ciudadano se volviera instrumental para la construcción del orden y del progreso, en la narrativa mexicana era posible que un criminal, un enajenado o una prostituta hablaran en primera persona, o bien, que el narrador no cediera a las explicaciones morales y dejara que la imagen del cuerpo destazado se plasmara sin veladuras.
Ante la industrialización y el ordenamiento casi represivo de la vida diaria, el cuerpo perdió estabilidad simbólica, incluso física. Dejó de ser un reducto sagrado que debía preservarse, la evidencia más contundente de una vida llevada con decencia y normatividad. Al contrario, se tornó en una materia vulnerable al horror y a la contingencia. Durante los últimos cinco años del siglo se publicaron una serie de historias donde el cuerpo se hallaba desprotegido. Historias donde los símbolos de la sacralidad se trocaban por violencia, y donde la sociedad, en su dimensión colectiva, se volvía un ámbito que activaba la ansiedad y el peligro.
Amado Nervo publica, en 1895, El bachiller, una novela corta en la que un joven aspirante a seminarista comienza a enamorarse de una joven. Escindido entre el fanatismo y la repulsión que le provocan sus propios impulsos sexuales, decide emascularse. Hacia el final, Nervo arroja al lector en la más profunda ambigüedad: el cercenamiento de su órgano sexual no responde a un arrebato místico, al menos hasta donde la voz narradora decide explicar las motivaciones de su personaje. Más bien, pareciera que el acto provocó placer en un muchacho que escondió en su interés por la religión una especie de patología que encontraba satisfacción en el dolor. “El bachiller afirmó con el puño crispado la plegadera, y la agitó durante algunos momentos, exhalando un gemido”.
En 1896, Bernardo Couto Castillo da a las prensas el relato “¿Asesino?”. En esa obra, el lector se transforma en el receptor: un asesino cuenta de viva voz cómo decidió asesinar a un infante. Aquel era un hombre que mendigaba “un pedazo de pan”. Orillado por el hambre, planea matar a cualquier transeúnte “para robarlo y comer algo”. Una música de piano lo dirigió hacia una ventana donde se encontraba una niña. Por un mero impulso fundamentado en la gratuidad y en la ira, el asesino comenzó a estrangular a la infanta. “No pudiendo dominarme, cedí y la acaricié, sintiendo extraño placer al pasar varias veces mi mano áspera y callosa por su cuellito terso como un guante. Ella estaba muda de espanto, sus ojitos se abrían cada vez más grandes y me miraban más aterrados; pero yo no podía, me era imposible resolverme a dejarla, y continuaba pasando y volviendo a pasar mis manos sobre su piel”.
En 1896, Ciro B. Ceballos publica también “De viaje”. En el interior de un ferrocarril —una de las máquinas emblemáticas de la modernidad—, el narrador captura su encuentro con una extraña mujer que llevaba un cesto que contenía un bulto apretadamente envuelto en cobijas, un pequeño bebé. En el tránsito entre la oscuridad y la luz provocado por un túnel, la mujer arroja por la ventana al niño: “Oí un lamento del pequeño… y ¡luego!... el ruido extraño que producía su cuerpecillo al estrellarse en las piedras del terraplén”. El narrador no hace nada ante el suceso. Llega la luz, y el testigo y esa mujer que “sonreía con gracia de duquesa” admiran el paisaje y comentan lo hermoso que es. El infanticidio parece banal, un hecho al que la voz narradora decide no volver.
El inicio del siglo xx ve la luz con un texto singular. En 1900, Efrén Rebolledo da a conocer la novela corta El enemigo. El texto cuenta la historia de Gabriel Montero, un burgués que se apropia ya no de mercancías sino de Clara Medrano, una muchacha de clase baja. La forma en la que Gabriel codifica el ámbito de Clara es a través de los objetos:
Encantáblo el aspecto de la casona vieja y destartalada donde las Medrano vivían, la candidez de sus costumbres, el hechizo fácil y agradable de las tres niñas vestidas modestamente y con tocado sencillísimo partido en la mitad de la cabeza; regocijábalo la humilde sala amueblada con un ajuar de dril...
La familia no vigila las interacciones entre el hombre y su pariente, dado el estatus económico del hombre. Gabriel decide poner en marcha una fantasía: hacer de Clara una monja, figura que para el México de ese entonces ya no se encontraba tan presente en el entramado social. La obsequia con hábitos y otras reliquias que, de ser objetos de culto, son transformados en mercancías por el solo hecho de que Gabriel puede comprarlos. La escenificación de sus fetiches culmina en la violación de Clara. Con el acto final, se anulan las distinciones entre mercancías y carne.
IV
Las estructuras que trajo consigo la modernidad porfiriana se volvieron condiciones de posibilidad para las representaciones literarias de la violencia. La construcción de un cuerpo y una mente denominados como “enfermos” por la ley y la medicina fue consubstancial a que ese cuerpo apareciera en las páginas de la narrativa finisecular como una materia expuesta a vulneraciones sistemáticas. Se instaló en el ámbito literario la modernidad, al igual que la crueldad que podía ejercerse sobre los cuerpos. La curación de los órganos mediante procedimientos quirúrgicos, el traslado entre regiones con vías de transporte más rápidas, de alguna manera, estuvo a la par de la obtención de placer a través del dolor ajeno.
Y lo que guio a la ley y a la medicina fue el proceso “civilizador” del capitalismo porfiriano. No es demasiado aventurado afirmar que uno de los principales objetivos políticos de aquel periodo, si no es que el más relevante, era instalar a México en lo que se pensó que era progreso o modernización. Es decir, poner en marcha el modelo de capitalismo noratlántico (Bradford Burns dixit) con el que se intentaría destruir activamente todo resabio de pasado, las organizaciones sociales y las ideologías anteriores a un orden que privilegiaba la acumulación monetaria. Este proceso social permitió que la narrativa modificara sus ideas respecto al cuerpo. A decir de Mark Steven, crítico literario que ha ahondado en el horror, quien afirma que en el periodo decimonónico “todas las estructuras sociales basadas en el feudalismo o que fueran no capitalistas fueron obliteradas”. De igual manera, “cada vez más, los cuerpos humanos se volvieron sujetos de las fuerzas del mercado; y nuevas jerarquías de dominación y subordinación se encrudecieron”.
El hecho de que el cuerpo de una muchacha pueda hacerse una mercancía y un fetiche, como sucede en El enemigo, o que puedan utilizarse las tecnologías de la modernidad para cometer un asesinato, como es el caso del bebé arrojado por la ventana en el cuento “De viaje”, nos hablan de cómo el cuerpo, en su dimensión social y subjetiva, fue vejado por un sistema económico, jurídico y científico al cual lo engloba una sola denominación: capitalismo.
El apocalipsis que acarreó el Porfiriato culminó a su vez en otro, el de la Revolución. Las consideraciones políticas y estéticas en torno al cuerpo, por supuesto, serían muy diferentes. Pero una breve revisión de las manifestaciones literarias centrada en el final del siglo xix nos posibilita sugerir una hipótesis: ¿no acaso, en los periodos de autoritarismo cruento, el cuerpo se hace más frágil? Pareciera que habitar un cuerpo implica enfrentarse a un arsenal de dispositivos con los que se puede provocar dolor, todos cada vez más insólitos y sofisticados. Más allá de adscripciones a ciertas responsabilidades éticas que cada autor pudiera tener, la literatura tiene un lugar en momentos en los que se asedia al cuerpo —y la sola enunciación de esto contiene un posicionamiento crítico—, creando discursos que describen un reducto lastimado.
Actualmente cursa el Doctorado en Literatura Hispánica por El Colegio de México.