El tranvía que no paraba nunca
Los zapatos de Joaquín Penina

Marina Porcelli
Mayo-junio de 2021

 

 

Imagen de portada del libro El fusilamiento de Penina, Aldo Oliva, Rosario, Editorial Biblioteca, 2015


Se produjo un incidente curioso, escribe Roberto Arlt. Es el final de la novela Los Lanzallamas, en concreto el “Epílogo”, y Erdosain acaba de pegarse un tiro en el corazón. Está en un tren, en el oeste de la Ciudad de Buenos Aires, en las afueras, en Merlo. Cuando llevaron el cadáver a la comisaria, “un anciano respetable, correctamente vestido”, se acercó al muerto y le escupió la cara:

 “—Anarquista, hijo de puta”, le dice. “Tanto coraje mal empleado”.[1]

Y el lector pega un salto, porque esta acotación al final de la novela de Roberto Arlt en dos volúmenes resitúa la historia de Erdosain: el que fue despedido por un robo miserable, el que se sintió humillado cuando Elsa lo abandonó, el que, mientras camina, siente caer sobre él “la cortina de la angustia”. Reubica la historia del personaje en el campo ideológico, se dice.

Y hay más en los detalles, pienso, en el hecho de que el hombre que insulta el cadáver de Erdosain está correctamente vestido. En el hecho de que, después del disparo, el cuerpo de Erdosain sobre la butaca del tren se mantiene “dignamente”. En que Arlt publicó este libro en 1931, el mismo año en que presenció el fusilamiento de Severino Di Giovanni en la Penitenciaría Nacional, en Buenos Aires.

Y hay, además, una referencia explícita, en el capítulo Los anarquistas, a mitad de la novela. Erdosain y el Astrólogo caminaron muchísimo hasta las afueras de la ciudad, hasta meterse en una pieza que, adelante, tiene un gallinero. Encuentran dos hombres y a una mujer con un chico en brazos. En el sótano, a Erdosain le proponen regentear una imprenta para producir moneda falsa. Y se intercala una nota al pie del narrador de la novela:

 

[Erdosain] me manifestó que pensando luego en el hombre de los ojos verdosos se le ocurrió que podía ser el anarquista Di Giovanni, más prudentemente se abstuvo de hacerle ninguna pregunta al Astrólogo.

 

Después de escuchar la propuesta, cierra el capítulo con un pensamiento de Erdosain: “De cualquier modo, me mataré”.

La represión del Estado está presente en muchas partes de la obra de Arlt. Cuando describe el golpe de Estado de 1930, la violencia de los operativos y los fusilamientos sistemáticos, cuando el Astrólogo habla de los militares “al servicio del capital”. El mismo Arlt que —un momento antes de la escupida en la cara de Erdosain— llega a decir “involuntariamente, la gente tiene un concepto lombrosiano del criminal”, y es el que anotó en 1929 que se debe “escribir deshecho de pena” o “salir a la calle a tirar bombas o a instalar prostíbulos”.[2]

Le debemos a Osvaldo Bayer la biografía de Severino Di Giovanni, y los estudios sobre los fusilamientos de anarquistas en la Patagonia de las primeras décadas del siglo. Joaquín Penina, que vivió en Rosario, Santa Fe, fue arrestado el 9 de septiembre de 1930, a tres días del golpe de Estado de José Félix Uriburu, y de la declaración de la Ley Marcial, ley que autoriza a la policía a fusilar en caso de encontrar el sujeto en actividad sospechosa. Di Giovanni fue fusilado un año después, como ya dije, en 1931, y en Buenos Aires.

Si Rodolfo Walsh hubiera conocido el caso de Penina, muy posiblemente, y por ciertas similitudes que dan cuenta de una actitud sistemática en la represión, lo hubiera incluido como antecedente de Operación Masacre (1957). La rescritura del cuadro, la cifra de Joaquín Penina, digo, me pertenece, pero el estudio de fuentes y mérito verdadero corresponden al libro brillante de Aldo Oliva, El fusilamiento de Penina,[3] a su compilado de testimonios, declaraciones y a su investigación.

 

Los zapatos de Joaquín Penina

Penina era español y vivía en un altillo de la calle Salta al 1500, en Rosario, Santa Fe. La policía acude muy temprano a la casa (él estaba desayunando) y lo detienen junto a un amigo, carpintero, italiano, de 25 años, Victorio Constantini, ambos por averiguación de antecedentes. Los llevan a Investigaciones. Pero la policía vuelve a la pensión de la calle Salta: a las once de la mañana detiene a Pablo Porta, electricista y plomero, que había ido a visitar a Penina. También por averiguación de antecedentes. Además, los agentes saquean el altillo: vacían armarios, se llevan libros, periódicos, folletos (los diarios locales, que toman el caso en los años que siguen, y en especial uno llamado Democracia; calculan que esa mañana la policía se llevó cerca de mil pesos en libros). Arrojan los papeles al suelo y queman la correspondencia. Victorio Constantini y Pablo Porta fueron liberados dos días después. Porta huye a Córdoba. Y a Penina lo fusilan el 9 de septiembre, antes de la medianoche, en la Penitenciaria de Rosario.

Las declaraciones del propietario de la casa en la que vivía Penina señalan a Joaquín como un “hombre excelente, metódico, estudioso, buen inquilino”. Era albañil. Ocupaba un cargo de responsabilidad en la Federación Obrera local de Rosario. Compraba folletos y libros, y los leía después de las 17 horas, después del trabajo. Dicen que dormía poco por la lectura. Que prestaba los libros, los repartía entre los obreros. Dicen que a su altillo lo llamaban “la biblioteca”.

Los diarios oficiales publican, al día siguiente de la detención de Penina, que los obreros habían sido detenidos en el momento exacto en el que imprimían un manifiesto contra el gobierno de Uriburu. Pero Democracia sale al cruce. El 9 de septiembre, los obreros estaban desayunando, dice el periódico. Porta y Constantini fueron liberados y exiliados a otras provincias el 11 de septiembre, así se le informó al abogado que intervino. Penina no aparece por ninguna parte y que nadie sabe dónde está. En la calle se cree que a Joaquín Penina lo fusiló la policía.

En los años que siguen, se publican testimonios de agentes y responsables. Se confirman los rumores de tortura. Alguien narra un diálogo que hubo entre Penina y Lebrero, jefe de policía a cargo de la operación, cuando ingresaron al reo. De Democracia, 23 de febrero de 1932.

 

Lebrero: ¿Es usted comunista?

Penina: Sí.

Lebrero: ¿Qué piensa usted?

Penina: Pienso en una sociedad mejor organizada que la actual. Tengo mis ideas así como las puede tener usted.

 

Y sobre la noche del 9 de septiembre se reproduce este diálogo entre un teniente y un capitán. De Democracia, 24 de febrero de 1932.

 

Teniente: Sin novedad, mi capitán.

Capitán: La tendremos.

Teniente: Cuál.

Capitán: Esta noche habrá baile.

 

Martín Essain era el comisario del cementerio de La Piedad. El 12 de septiembre de 1930 fue llamado por los empleados de la asistencia pública para que diera inhumación a un cadáver por orden de Lebrero. Dicen que el ataúd llegó al cementerio con un cartel pegado en la tapa, una advertencia: “no abrir”.

Sin embargo, es el testimonio del subteniente Jorge Rodríguez, publicado en La provincia de Santa Fe, y que reproduce enteramente Democracia en la edición del 2 de marzo de 1932, el que narra los detalles del fusilamiento y esclarece el caso.

Cuenta Rodríguez que a las 22 horas del 9 de septiembre, cuando llega a hacer el relevo, le comunican que tiene que ejecutar a un hombre. Rodríguez pregunta por qué. Por anarquista, por imprimir folletos, le dicen. La noche era desolada, fría, los soldados se miran con aire interrogativo. “Había que matar a un obrero”, dice Rodríguez. Era imposible negarse; por incumplimiento del deber, le aplicarían la Ley Marcial también a él.

Se detuvo el camión. Bajaron tres soldados y el suboficial, se colocaron a la izquierda, junto al borde del camino. Dieron orden de cargar armas. Penina bajó despacio por la escalerita trasera del camión. Parecía de 25 ó 26 años, la cabellera era rubia, desmelenada. Rodríguez le mira la ropa, los zapatos. Cuenta que tenía las manos esposadas atrás. Cuando escuchó el ruido de carga de las pistolas, dice Rodríguez, Penina abrió los ojos con mucho asombro, y entendió. Se dejó conducir. No dijo una palabra.

 

—Ahí —dijo alguien.

El detenido hizo alto y bruscamente dio media vuelta, quedando frente a mí y al pelotón que yo tenía que comendar. La luz de la luna, ocultada por momento, caía casi perpendicular. Serían las once de la noche. Entre él [Penina] y nosotros habría unos nueve metros. De un lado, el valor y la muerte. Del mío, la repugnancia y la vergüenza…

No quise prolongar la valiente agonía de ese hombre.

 

Cuenta Rodríguez que Penina gritó viva la anarquía, “con voz templada y pronunciado acento catalán”. Cuenta Rodríguez que ordenó fuego y tres tiros cayeron sobre él. El cuerpo se movió hacia un lado, fue desarmándose. Lo remataron con un disparo en la cabeza.

 

Todos nos acercamos entonces hasta donde estaba el cadáver del que había sido Joaquín Penina, y alguien dijo:

—Fue un valiente hasta el último momento.

 

Roberto Arlt, un año después de esta noche de Rosario, escribe la crónica sobre el fusilamiento de Severino Di Giovanni en Buenos Aires. Narra cómo anda Di Giovanni, “que camina como un pato”, que tenía “los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos” y que dijo “venda, no” cuando lo sentaron en el banquillo. Y narra también la presencia de un hombre, un espectador que había ido a ver el fusilamiento. Dispararon y el médico certificó que Di Giovanni estaba muerto. El espectador que señala Arlt es un hombre vestido de frac y lleva zapatos de baile. Se retira con la galera en la coronilla. Los zapatos de Joaquín Penina, en cambio, son de caña. Lleva uno botines livianos, a pesar del frío de esa noche de 1930. Y el pantalón (cuenta Jorge Rodríguez) es de fantasía o marrón oscuro, la luz de la luna es poca y no permite ver bien. Lo fusilan. Una vez muerto, alguien del grupo ordena que le revisaran los bolsillos. Sacan dos o tres galletas marineras muy duras y en parte comidas —pienso yo, eran las del desayuno—; un trozo de papel de diario sin ninguna importancia, y un giro de cinco pesetas para su hermano en Barcelona.


[1] Coraje en argentino: valentía.

[2] Arlt, Roberto, Obras completas, Omeba, Buenos Aires, 1981, en: Pigna, Felipe, Los mitos de la historia argentina 3, Planeta, Buenos Aires, 2006.

[3] Oliva, Aldo, El fusilamiento de Penina, Puño y letra / Editorialismo de Base, Rosario, Argentina, 2012.

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Marina Porcelli

(Buenos Aires, 1978)

Es editora. Ha colaborado en el suplemento Laberinto, del periódico Milenio. Su primer libro de cuentos, De la noche rota, fue publicado por la Universidad de La Plata en 2009. En 2014 recibió el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés.