El cordoncito, un cuento de Vicente Leñero ya clásico en la literatura infantil

Elisa Castellanos y Mauricio Gómez Morín
Mayo-junio de 2021

 

 

Portada de El cordoncito, Vicente Leñero, ilustraciones de Mauricio Gómez Morín, México CIDCLI, 2021


La literatura es al fin la infancia recuperada.
GEORGE BATAILLE

Se dice que la obra literaria de Vicente Leñero es una de las más leídas en la historia de la literatura mexicana. Ya que se trata de uno de los escritores más conocidos y prolíficos en el México del siglo XX y parte del XXI, es muy difícil escribir algo que no se haya dicho o escrito sobre él. Con una obra extensa y muy diversa que abarca la novela, el cuento, la dramaturgia, el guion cinematográfico, el reportaje periodístico, la crónica y el ensayo, además de su trabajo como editor y como parte sustantiva de su escritura múltiple, está su activismo ciudadano en defensa de la libertad de expresión y el cuestionamiento sistemático del statu quo. Por estos y otros motivos quizá el rasgo más significativo de su persona y de su escritura sea la imbricación profunda entre vida y obra, entre ficción y realidad, entre sociedad y literatura, entre arte y política.

“La realidad —nos dice— le hace a uno escribir historias más interesantes de lo que uno se puede imaginar”. Claro que dicho de esta sencilla manera pareciera una fórmula muy simple de aplicar, pero para que eso suceda se requiere una profunda empatía con el otro y un decidido compromiso humano. No hay nada más inédito, impredecible y preciso que lo real. Y será esa conciencia lo que convertirá a la dupla de periodismo y literatura que él reunió espléndidamente en el ingrediente principal de su estructura narrativa. “Ficcionar” la historia y la realidad, e historiar la literatura y el arte serán sus más caros propósitos literarios.

El universo Leñero tiene muchas entradas, pero en cualquiera de los géneros que cultivó con patente maestría la ecuación fundamental es la realidad como materia prima. Desplegada con un esmero especial en la estructura y en la construcción literaria y lingüística tanto como en la experimentación constante, el realismo será su “recurso del método” para trastocar los paradigmas en cada uno de los nichos literarios. Y todo esto en aras de, como lo dice su hija Estela—también escritora y guionista teatral—, cumplir con su propósito cardinal: la búsqueda de la verdad humana, personal, social, histórica, política, religiosa, no para erigir un precepto inamovible sino para acceder a ella de manera crítica, problematizándola para que en la sacudida quede desnuda su complejidad. La escritura además asumida como acto de indagación autocrítica. A su decir, “Todos los escritores lo que hacemos al escribir novelas es reinventar y contar nuestra propia vida. Para eso inventamos personajes. La realidad le sirve a uno para decir lo que siente”. En alguna otra declaración Leñero confiesa que entró a estudiar periodismo para aprender a escribir y será esta vertiente documental la que le brinde el estilo y la que nutra de temas a sus escrituras.

De toda esta aparente seriedad del mundo adulto, resulta significativo destacar su interés en escribir historias para niños. En ellas utiliza todos sus recursos narrativos de una manera sencilla, siempre elocuente y ocurrente. Fue padre de tres hijas con las que seguro compartió las lecturas antes del sueño y quizá vio en ellas a un nuevo sujeto lector y nuevos formatos para su labor literaria. Sin abandonar los preceptos de su escritura adulta sigue registrando, observando la realidad, pero vista ahora con ojos infantiles, que son los de la novedad y el asombro. Tal y como se narra en El cordoncito, el cuento que ahora reseñamos.

CIDCLI es la única editorial de libros para niños que ha publicado en tres ocasiones este texto que hoy ya tiene el estatus de un clásico de la literatura infantil mexicana, gracias al reconocimiento libre y soberano de sus muchos lectores. En 1988 la escritora y editora Silvia Molina dirigió durante un año la editorial y gracias a su persistencia consiguió que Vicente Leñero accediera a publicar su cuento en esta pequeña casa editora con 40 años de existencia y con un número importante de grandes plumas de la literatura latinoamericana. Esta primera y sencilla edición rústica ilustrada por Felipe Ugalde sería el inicio de un increíble periplo editorial. Casi diez años después, en 1997, verá la luz una segunda edición a cargo de Patricia van Rhijn, fundadora y directora de la editorial, ahora ilustrada por Humberto García, que resultará un éxito rotundo acrecentando el número de lectores a más de cien mil. Y nos hicimos la pregunta obligada: ¿por qué gusta tanto este libro a niños y a adultos? Caímos en la cuenta de que a los adultos les gusta porque es una historia que habla divertidamente de la importancia de conseguir algo mediante el esfuerzo y el ingenio. Porque es una historia inspiradora. Y a los niños les encanta por la musicalidad de la narrativa que hace honor a la tradición oral de los cuentacuentos, por la brevedad atinada de las sencillas palabras, por el humor inteligente, por la mexicanidad natural y familiar de como la cuenta el escritor y, sobre todo, por la picardía y simpatía de Paquito, el chispeante protagonista de la historia. El libro le ha dado la vuelta a tres generaciones de lectores que han crecido con él y fue por ellos, mediante su fiel y tumultuosa demanda, que desde el año 2020 se inició el proceso de la tercera edición.[1]

Nos parece que las intenciones de realismo y conexión con la vida misma que Leñero procura siempre en su literatura para adultos se mantienen tal cual en este cuento para niños, pero ajustadas con maestría para estos nuevos sujetos a los que se dirige. Antes de iniciar la narración el autor nos advierte “Queridos lectores: Les voy a contar un cuento parecido o igual a uno que leí o me leyeron cuando yo fui niño alguna vez.” De entrada, hace el vínculo, la empatía no desde la fama adulta sino desde su identidad de niño, lejana pero intacta. Todo sucede en medio día: “­—Ve a buscar fortuna —dijo doña Paquita a su hijo Paquito, una mañana en que hacía mucha hambre en casa de doña Paquita.” En este conciso inicio se resumen todas las circunstancias. “—Qué busco —preguntó Paquito cuando ya estaba con los dos pies en la calle. —Fortuna —repitió doña Paquita—. Y no regreses hasta que la encuentres —doña Paquita dio un portazo y Paquito echó a andar barrio abajo.” Ya lo sabemos todo: no hay papá, no hay comida, no hay dinero, doña Paquita es una madre de carácter fuerte y Paquito tiene un gran reto que resolver.

La escritura de Leñero es ceñida, casi telegráfica. No hay una coma de más. La concisión es el recurso para la precisión y establece el ritmo ágil de la lectura. La estructura narrativa se apoya en dos modos de contar: primero el metatexto del narrador omnipresente que siempre empieza con una muletilla detonante “Anda que andarás. Anda que andarás”, como un conjuro que mantiene todo en movimiento y después da cuenta de las situaciones, los sucesos y los personajes involucrados. Luego en la página opuesta aparecen los divertidos e ingeniosos diálogos que Paquito va entablando con los diversos personajes para conseguir, poquito a poco, la tarea que le encomendó su madre. No hay desperdicio alguno, a pesar de la brevedad, la historia y los diálogos capturan nuestra atención, nos atrapan por la calidad narrativa de las voces. Es la identidad del lenguaje, el español mexicano que utiliza Leñero no tiene falla: se trata del habla común en la segunda mitad del siglo XX en los barrios pobres de la Ciudad de México. Es el oído finísimo del escritor que en los modismos lingüísticos populares encuentra el mejor recurso para dar pie a la sutil picardía, el ingenio y la certera verosimilitud de las situaciones. Al mismo tiempo no es un lenguaje tan obtusamente cifrado que no lo pueda entender cualquier hispanohablante. Refleja el contexto temporal histórico, pero a la vez lo trasciende para que sea asequible a cualquiera en cualquier tiempo. Es lo que además permite la vigencia entre diferentes generaciones.

Pero debemos decir con tristeza que si Leñero llevara hoy en día su texto a alguna editorial sería muy probable que, por el lenguaje usado, así como por la manera desparpajada de caracterizar a los personajes, sería rechazado por no ser “políticamente correcto”. Como lo exige el nuevo puritanismo social y editorial. Leñero describe a los personajes, diálogos y situaciones con palabras de su propia niñez. No hay dobleces ni malas y ocultas intenciones. Se dicen las cosas como son, justo en el modo directo y franco del habla infantil, sin filtros, con naturalidad, pero sin maldad. Salvo Paquito y su madre, todos los personajes tienen apodos y algunos hacen referencia a un rasgo físico: Pepe el Jarocho, Toro el Gordinflón, Lupe la Greñuda que nunca se peina y tiene una mirada “chistosa” porque está bizca, Matildita la del cinco, Toño Bárcenas el Presumido y Don Jesús el Pelón son el elenco. Pero no hay ninguna situación de agresión o desprecio de ninguno por ninguno. Hay una malicia cándida sin ofensa ni prejuicio. El habla y los apodos son parte del registro social y cultural de la historia, además de vitalizar la caracterización simpática de los personajes. Es imposible que la mirada de Leñero sea discriminatoria, su apuesta es por la ironía inteligente sin hipocresía.

Sin aspavientos y con los enormes recursos de su afinada escritura el escritor nos muestra las difíciles condiciones de vida en un barrio pobre no para provocar compasión y lástima. Por el contrario, su apuesta es por el humor esperanzado y propositivo, redentor. La historia es una pequeña gran épica sobre la importancia del ingenio, la inteligencia y la simpatía para resolver problemas y salir adelante. La mirada de Leñero prefiere la complicidad a la compasión y es una mirada rebelde. No creemos que haya lector que no se identifique con Paquito y lo demuestra su éxito consecutivo. Es el héroe que por orden expresa de su madre sale a buscar fortuna y regresa a Ítaca con las alforjas llenas. Paquito confía en la generosidad del azar así es que su primer premio en el camino es un cordón de 60 centímetros que encuentra tirado junto a una coladera. Y por obra y gracia de su chispa se convierte en la moneda del variado intercambio, sin alevosía ni engaño, que irá efectuando triunfalmente con cada uno de los personajes con los que siempre dialoga y encuentra el motivo ingenioso para convencer. Es una historia donde nadie sale perdiendo y de alguna mágica manera todos salen ganando. No es la historia de un triunfador astuto y tramposo, sino la de un niño que triunfa porque entiende el valor cabal de la perseverancia y el ingenio.

Aunque su locación sea México, el humanismo sencillo y verdadero que la inspira hace que pueda situarse en cualquier barrio similar en las diversas urbes del planeta. Su código esta escrito en clave humana por lo que siendo local es planetaria, como todo arte verdadero y sin mayúsculas.


[1] Esta vez a cargo de Elisa Castellanos van Rhijn e ilustrada por Mauricio Gómez Morin.

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Elisa Castellanos

Es editora de libros infantiles y Directora adjunta del Centro de Información y Desarrollo de la Comunicación y la Literatura Infantiles, editorial mexicana con treinta y siete años de antigüedad que incluye e impulsa a las nuevas generaciones y buscan incorporar nuevos soportes, formatos y técnicas de producción a las publicaciones tradicionales.


Mauricio Gómez Morín

(Ciudad de México, 1956)

Estudió grabado y pintura en La Esmeralda. Es considerado uno de los más ilustradores mexicanos más importantes. Entre los premios recibidos destacan el de la Sección Bienal de Gráfica 1983 y el Premio Nacional a las Artes Gráficas en 1998. Algunos de los libros ilustrados son Negrita, La Garra, Entidades nocturnas y El viejo que no salía en los cuentos, entre otros. Su trayectoria lo llevó en 2016 a ser nombrado embajador de la 36 Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil.