Bosque adentro. Un nuevo llamado de lo salvaje

Adolfo Córdova
Mayo-junio de 2021

 

 

Fruto de una desilusión amorosa, un melancólico joven decide abandonar toda vida “civilizada” para recluirse en un bosque. De tanto comer hierbas, su barba y su cabello se tornan verduzcos y su cuerpo se deforma adquiriendo rasgos ferales. Pronto será conocido en los alrededores como el “Hombre Salvaje”.

En 1550, el italiano Giovanni Francesco Straparola publica el relato al que pertenece este joven despechado: “Guerrino y el Hombre Salvaje”; incluido en Las noches agradables, unas de las obras pilares de los cuentos de hadas, que influyó a escritores como Charles Perrault, Jeanne-Marie Leprince de Beaumont y Jacob y Wilhem Grimm. En el cuento, este hombre de barbas verdes es capturado por el rey en turno que, cuando lo ve deambular en el bosque, lo considera una amenaza; pero Guerrino, el joven príncipe, lo libera y, más adelante, el Hombre Salvaje lo ayuda a coronarse rey.

Trescientos años después, en 1850, los Hermanos Grimm escriben un cuento muy similar, pero el montaraz, llamado aquí Juan de Hierro, vive en el fondo de un pantano y revelará al final que era un rey encantado.

Cercano al arquetipo de origen medieval del “hombre salvaje”, antes que los Grimm, en 1756, Jeanne-Marie Leprince de Beaumont escribe la versión más conocida hasta hoy de “La Bella y la Bestia”. Se cree que La Bestia, de quien ya circulaban otras historias, pudo haber estado inspirado en Petrus Gonsalvus, el “Salvaje gentilhombre de Tenerife”, o el “Hombre lobo canario”, que nació en las Islas Canarias en 1537, padecía hipertricosis y cuando tenía diez años de edad fue enviado a Enrique II de Francia como “regalo”. Enrique II le concedió un título nobiliario en su corte y adquirió mucha popularidad.

En 1818, el monstruo de Frankenstein, creado por Mary Shelley, también daría continuidad y actualizaría la imagen de la criatura acechante, atormentada y escondida en los bosques. Mowgli en El libro de la selva, de 1894, los niños perdidos en Peter Pan, de 1911, y Tarzán de los monos, de 1912, completan la genealogía salvaje.

Estos personajes asilvestrados, que vuelven al “estado de naturaleza” que quería Rousseau, o se crían en la intemperie, son antecedente de una tendencia en la publicación de literatura infantil y juvenil contemporánea: un nuevo llamado de lo salvaje, repleto de personajes que recuperan cierta fiereza y arrojo interno, o regreso a la Naturaleza, con otros que quieren vivir sin artificios en una flora y fauna diversa.

 

Volver a rugir

En El señor Tigre se vuelve salvaje, de Peter Brown (Océano, 2014), un tigre muy formal y antropomórfico se harta de andar en dos patas y usar traje y se muda a la selva sin más trapos que su reluciente piel rayada. Ese comportamiento salvaje toma por sorpresa a sus amigos y vecinos que, aunque primero lo juzgan por rugir y encuerarse, luego siguen su ejemplo.

Un camino inverso traza Salvaje, de Emily Hugues (Zorro Rojo, 2014), que puede leerse como una reformulación de las historias de niños ferales de finales del siglo xviii y principios del xix. En particular la del niño francés, Victor de Aveyron, encontrado en 1797 en los bosques del Languedoc y luego estudiado por psiquiatras y exhibido por toda Francia como ejemplo de humano en estado “puro” de naturaleza.

En Salvaje, una niña es criada por animales en el bosque, y cuando un par de cazadores la encuentra y la lleva con un afamado psiquiatra para que la eduque, a ella —como le pasaba a Huckleberry Finn con la viuda Douglas— le resulta insoportable. Volverá al bosque acompañada del perro y el gato del psiquiatra, también liberados de sus moños y collares, para asumir su esencia silvestre.

Eso mismo quiere la niña del poemario ganador del Premio hispanoamericano de poesía para niños en 2014, Lunática, de Martha Riva Palacio con ilustraciones de Mercè López. Una niña-loba combate cualquier sometimiento con imaginación y juego, con “la cara pintada de sudor y tierra”, invocando “a los espíritus de la tarde”. Aúlla por los niños que han muerto de aburrimiento en la escuela, quiere probar el sabor del pasto y mojarse en la lluvia. Defiende la escalada “sin que te importe/ que se rasgue tu vestido”, sentarse “al borde de la barda” y concentrarse solamente en que tu “cabello en maraña/ es nido de vientos”.

Y esta lunática es de la misma especie que la tropa de niños y niñas de Los temerarios, de Roger Ycaza (Gato Malo, 2017). Como lo anuncia el título, ellos y ellas quieren experimentar por cuenta propia todas las texturas a su alrededor y dan rienda suelta a su deseo inconsciente de partirse la cara. Pero son la revancha de Los pequeños macabros, de Edward Gorey, aquel abecedario de muertes infantiles, pues Los Temerarios sobreviven a todas sus hazañas.

 

El espíritu del bosque

Creí que en los ruidos del bosque estaban todos los ruidos del mundo. Olía a la lima y a la madreselva, y me dieron ganas de revolcarme en la tierra. Ahora podía ver en las nervaduras de una hoja los ríos que corrían dentro de mí. Me miré en el agua y yo era un huemul.

Aunque podría ser la voz del arquetipo de “hombre salvaje”, y claramente del joven de barbas verdes, se trata del monólogo interior de un niño inventado por Perla Suez en 2014, quien, junto a la ilustradora, Natalia Colombo, imaginan en El huemul (Comunicarte, 2014) los pasos de un niño bosque adentro que avanza descalzo entre los árboles, siente el suelo húmedo y blando, escucha a los pájaros, se asoma al río, lo envuelve una lluvia fina y, de pronto, descubre al huemul. El misterioso animal dice su nombre con dulzura, y él lo entiende. El encuentro es una revelación, como si se tratase del legendario espíritu de los bosques. Y se quedará para siempre en la memoria del niño.

Esta variante mística de comunión con la naturaleza ha sido abordada, en los últimos años, por álbumes ilustrados como El bosque dentro de mí, de Adolfo Serra (fce, 2016) o Yokai, de Manuel Marsol y Carmen Chica (Fulgencio Pimentel, 2017). Ambos tienen a sus propios espíritus o demonios naturales que modifican a sus protagonistas.

El “espíritu del bosque” simboliza, de una forma no corrompida, la esencia de la naturaleza, el núcleo de la vida natural. Una de sus representaciones más memorables es la que aparece en La princesa Mononoke, la película animada de 1997 de Hayao Miyazaki.

En el mencionado Yokai, un camionero debe detenerse al costado de la carretera para hacer una escala técnica. Medio escondido entre los matorrales, se desorienta y no puede volver a su vehículo. Entonces empieza un proceso de transformación e inmersión en la floresta que renovará sus ojos y su piel. ¿Se ha convertido él mismo en un yokai? Los yokai son criaturas sobrenaturales, como genios o demonios con partes humanas o animales o ambas, que aparecen en pintura, teatro japonés clásico y más recientemente en manga, anime y videojuegos. En cualquier caso, ahora se le ve más feliz. Aunque sea sólo por un momento.

En la cuarta de forros, un micro ensayo condensa el espíritu del libro:

 

Perderse en una montaña, en cualquier montaña, también conlleva perder algo que éramos en nuestra vida anterior. Al regresar, como en un sueño, el mundo conocido se vuelve ignoto por unos instantes. Y nítidamente sentimos que por un breve lapso de tiempo, fuimos otro.

 

Parecería escrito por Henry David Thoreau: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente solo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida”. En 1854, luego de pasar dos años, dos meses y dos días en una cabaña en el bosque, Thoreau publicó Walden, la vida en los bosques, un testimonio que, como dijo John Updike “se ha convertido en un tótem de la mentalidad de regreso a la naturaleza, preservacionista, anti empresarial, de la desobediencia civil”.

En El bosque dentro de mí, de Adolfo Serra, un niño pequeño, que no es criado por animales, pero sí anda acompañado por una criatura amistosa y gigantesca, recorre un bosque en calma, en silencio (es un álbum sin palabras), tan sólo contemplando. Cuando la espesura termina, la ciudad se impone y la criatura desaparece. El niño tendrá que mutar, si no quiere ser uno más entre la gente, sucumbir a la amenaza civilizadora, representada por una fría formación de edificios y personas repetidas, si quiere encontrar el camino de regreso al bosque.

A diferencia de los libros anteriores, para reconectarse con la naturaleza el niño habrá de asumir el lugar de la criatura fantástica, convertirse él mismo en el espíritu del bosque, listo para guiar a otra niña o niño.

 

Una sola tribu

Martín y el rey del bosque, de Sebastian Meschenmoser (fce, 2018), propone una versión más cómica que mística. El trono del espíritu del bosque, casi imposible de avistar, es ocupado, por accidente, por uno de los más visibles, instintivos y espontáneos: un perro, que enseñará a todos los animales el valor del juego y de una buena revolcada en la tierra.

En Había una tribu, de Lane Smith (Océano, 2016) un cachorro humano recorre el mundo con su traje de hojas e imita lo que ve. Así deba estirarse, agitar los brazos, darse un chapuzón o andar en cuatro patas como en ese desfile de Mowgli con los elefantes (en la versión fílmica de Disney de 1967). El niño quiere ser parte de todo y probar cómo se siente el aleteo de los pingüinos, el resplandor de las medusas, el vuelo de los cuervos, la formación de las rocas, el azul del mar. No intenta imponer su forma de ser, estudia la de los otros. Hasta que encuentra su lugar en el mundo con muchos otros niños y niñas en traje de hojas como él. 

En el reverso de no ficción de este álbum están las publicaciones que los sitúan como exploradores científicos —que valoran sin explotar a la Naturaleza— en sofisticados libros informativos o inventarios ilustrados: animalarios, herbarios y atlas.

En el imaginario, Mowgli, igual que Tarzan, vive en la selva. No obstante, el niño indio finalmente se marcha de allí para casarse. De hecho, en el poco conocido El segundo libro de la selva, publicado en 1895, justo un año después que el primero, vemos cómo, efectivamente, Mowgli abandona la selva porque ya tampoco se siente bienvenido allí. Sin embargo, sus amigos animales Kha, Bagheera, tres hermanos lobos y Baloo, ya un viejo oso ciego, se despiden de él cantándole cada uno una canción que termina siempre igual: “Bosque y agua, viento y árbol,/ ¡vaya contigo el Amparo de la Jungla!”. Es la misma canción que intentan cantar todos estos libros.

Frente a las muchas publicaciones infantiles cuyo objetivo es adoctrinar, domesticar al lector —reavivando la dicotomía bárbaro/civilizado y las prácticas adultocentristas— muchas otras celebran lo indomable, ambiguo y desconocido que supone todavía la niñez; promueven un “estado de infancia”, la rebeldía y la desobediencia; quieren reinventar las muchas maneras de ser niño o niña salvajes; proponen un regreso, una nueva conexión con la Naturaleza, menos bucólica, más realista, aunque no despojada de símbolos, que refleja la complejidad emotiva de los personajes: un reconocimiento de la complejidad emotiva y psíquica de los lectores.

 

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Adolfo Córdova

(Veracruz, Veracruz, 1983)

Periodista y escritor. Ha sido becario de la onu, el Fonca, la Jugenbibliothek en Múnich, el cepli en Cuenca, el CaSa en Oaxaca y la Fundación de Cornelia Funkem, en California. Por sus libros ha recibido diversos reconocimientos como el Premio Nacional Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada, el Premio Antonio García Cubas del inah, The White Ravens y Los Mejores del Banco del Libro de Venezuela. Sus títulos más recientes son Infinitos, publicado por el fce, con ilustraciones de Cristina Sitja Rubio, y la antología de poesía Cajita de fósforos, publicada por Ediciones Ekaré, con ilustraciones de Juan Palomino. Tiene un blog de periodismo especializado en LIJ: Linternas y bosques.