El niño que no quiso crecer

Ana Romero
Ilustraciones de Valeria Gallo
Mayo-junio de 2021

 

 

Todos los niños del mundo, menos uno, crecen. Y no sólo crecen, sino que en seguida saben que han de crecer.[i] Wendy lo supo el día que, por primera vez, un hombre miró con detenimiento lo corto que le quedaba el vestido. No era cualquier hombre, era El Garfio, quien ejercía su total y absoluta voluntad en aquel pueblo. Se hacía llamar con el título de Capitán.

Si los cuentos tuvieran acta de nacimiento, este celebraría su cumpleaños cada 14 de julio, fecha en que la mamá de Wendy decidió perpetuar la niñez de su hija para mantenerla a salvo. La señora era bien intencionada pero nada sabía del mundo y sus misterios, por eso creyó que vestirla como niña sería suficiente. Se equivocó. No había hechizo capaz de ocultar su piel del color de las ramas de canela, aquellos ojos que causaban tempestades, ese pelo más negro que el fondo del pozo de donde salen todos los deseos.

La mamá de Wendy supuso que el universo se adaptaría a sus deseos pero el universo le falló: Wendy, como todos los niños del mundo, menos uno, creció y al hacerlo chocó de frente con su ruina. Porque no hemos dicho que en el lugar donde esta historia ocurrió, crecer era la peor de las desdichas.

Aquel había sido un apacible pueblo como muchos, con su río y su puente; con sus domingos en la plaza y sus muchachas altaneras; con sus adultos yendo al trabajo y sus niños corriendo en las calles, trepando a los árboles, jugando a la guerra. Ahora ya no era apacible pero, por desgracia, seguía pareciéndose a muchos pueblos de los alrededores, los cuales también habían perdido la paz.

El cambio llegó suavecito, como no queriendo. Un pleito a machetazos por aquí, un padre de familia que se enriquecía de la noche a la mañana por allá. Después se supo de un joven que había cambiado los libros por las armas y de un campesino que decidió que sembrar jitomate era menos redituable que aquellas plantas que crecían casi sin esfuerzo y siempre preciosas, altas, verdes, con sus hojas puntiagudas y un aroma que se quedaba impregnado en los dedos por mucho rato.

El cambio llegó poco a poco y muchos creen que llegó para siempre. Ya no hubo río ni puente porque para cruzarlo había que pasar retenes de hombres armados. Ya no hubo más plaza que la que comandaba el Garfio. Tampoco hubo más carreras que aquellas para esconderse del fuego cruzado. Ningún niño jugando a la guerra porque la guerra se convirtió en la vida misma y es muy sabido que los juegos se estropean cuando la realidad interviene.

El Capitán también llegó despacito, gritando a voz en cuello que la ausencia de su mano derecha no era una dificultad sino todo lo contrario porque hacía que su pistola formara parte de su cuerpo, como un garfio. El apodo y él se quedaron. Juntos reinaron.

Volvamos a las fechas. El día en que esta historia entró de aspirante a cuento, se llamaba 7 de mayo y fue uno de los días más calurosos del año. La mamá de Wendy le puso uno de esos vestiditos que ya le quedaban chicos pero que eran perfectos para los días de sol al dos por uno. Y así fue Wendy a la escuela, y así regresó, y así la miraron los ojos del Garfio.

—Es Wendy, jefe —se apresuró a informarle Smee, uno de sus más allegados secuaces—. Pero se me hace que todavía está muy chica, ¿no?

—Ya crecerá… Y por lo que se ve, no falta mucho —respondió el Capitán Garfio mientras se acomodaba el sombrero, ése que de no haber estado en la cabeza en la que siempre estaba, todo el mundo habría tachado de ridículo: ¿quién usaba sombrero de pirata en estos días? El Capitán Garfio. ¿Por qué? Porque podía.

Las hadas son muy volubles pero quiso la suerte que una que pasaba por ahí tuviera la gentileza de hacer soplar un viento que llevó las palabras del Garfio hasta los oídos de Wendy, quien por primera vez conoció el miedo y lo conoció de cerca. Entonces tomó la decisión que llevaba varias noches postergando.

—Sí, yo también lo conozco. Creo que se llama Pedro pero todos le dicen Peter —respondió uno de sus hermanos cuando Wendy les propuso el plan de huir al reino de Nunca Jamás. No pensaba dejarlos solos a merced de El Garfio.

—¡Yo lo conozco más que ustedes! —protestó el pequeño—. Es más, ya hasta me enseñó a volar.

—Nadie puede volar —lo regañó la sensata Wendy—. Estás confundiendo el sueño con la realidad. Lo que sí es seguro es que hay un grupo de niños que huyeron, como nosotros lo haremos. Viven en una cueva rodeados de montañas y no crecen nunca. Por eso su reino se llama así: Nunca Jamás.

—Y ese reino sería perfecto si te tuviéramos a ti, Wendy. Nos haces falta —dijo Peter sin detenerse a pensar ni en la desesperación que padecería la mamá de Wendy al quedarse sin sus hijos, y lo dijo mientras asomaba la cabeza por la ventana del tercer piso. Fue entonces cuando los niños comprobaron tres cosas: que sí se podía volar o que Peter podía fingirlo muy bien; que sí había un reino a donde llegaban los niños perdidos de aquel pueblo; y que las hadas son caprichosas como nadie, porque la misma que alertó a Wendy de las negras intenciones del Garfio ahora se le echaba encima con la firme intención de sacarle los ojos.

Por fortuna, Peter impidió que nuestra querida Wendy se quedara sin sus ojazos: pescó de las alas al hada Campanita y, con un seguro movimiento de mano, la estampó contra la pared. Para cuando el hada recobró el conocimiento, Wendy y sus hermanos ya estaban en Nunca Jamás donde la pandilla de los niños perdidos celebraba un festín en honor a los recién llegados.

Muchos niños solos y en la montaña son capaces de convertir cualquier lugar en un cochinero, sobre todo si han decidido escapar de la adultez y de los adultos. Eran unos malcriados, pero tenían mucha fuerza de voluntad y se apegaban a su determinación original de no crecer nunca. Claro, las hadas les ayudaban porque a pesar de su insolencia, su debilidad son los niños. Hay quien dice que se trata de bondad, otros aseguran que es puro egoísmo pues las hadas necesitan que los pequeños crean en ellas para poder existir. Yo lo único que sé es que forman parte de una misma realidad y la realidad, cualquiera que sea, nunca suele venir con etiquetas claras. Si alguien tuviera la gentileza de colocar los avisos de malo o bueno sobre todas y cada una de las cosas de este mundo (y los otros), quizá nos ahorraríamos muchos problemas, pero tendríamos menos historias que contar.

En Nunca Jamás no había etiquetas pero sí muchos niños. Y se da el caso que todos ellos, por más perdidos que estén, necesitan de alguien que los cuide, pero en aquel reino no había nadie que lo hiciera.

Estaba escrito que Wendy crecería mucho más de prisa que las demás niñas. ¿Quién lo escribió? El hada que escuchó el deseo de la madre de Wendy. Tal vez si la señora no lo hubiera deseado tan fervientemente, el hada no habría prestado atención. Pero lo hizo y, por supuesto, se encargó de que ocurriera exactamente lo contrario y ahí está una gran enseñanza: nunca se debe confiar en las hadas, sobre todo cuando son azules. Ya se sabe que las de color malva son varones, las blancas, mujeres y las azules, unas tontas que no saben nada de nada.[ii]

Así las cosas, era de imaginarse el mucho trabajo que Wendy tenía por delante: ordenar la cueva, dar a los niños su medicina de moras frescas, untarles saliva en los raspones, enseñarles buenas costumbres, sobre todo aquellas concernientes a no enterrar cuchillos en los cuerpos de sus compañeros cada vez que discutían por las cosas más absurdas… Aquello era un sinvivir, se quejaba Wendy muy en su papel.

A ese trabajo se sumaba la aventura de vivir en una montaña, tarea nada fácil: había bestias salvajes con pistolas, verdes sembradíos que destruir, armas que inutilizar, pasos que bloquear y, sobre todo, redadas continuas comandadas por los hombres del Garfio, que lo que más deseaban era complacer a su jefe y su jefe, más que nada este mundo, quería atrapar a la pandilla de Peter por las innumerables pérdidas que le producían.

Si los sentimientos pudieran adoptar formas, el odio que el Capitán Garfio sentía por Peter formaría un enorme volcán.

 

*

 

Dejemos pues que Wendy ponga orden en Nunca Jamás y vayamos con El Cocodrilo... ¿No lo conocen? ¿Pues en qué clase de reino sin alma han vivido?

Concedo que pocos han visto a El Cocodrilo en persona pero todos saben de su existencia. No hay niño a quien no le hayan contado por las noches las historias del mayor pacificador que estas tierras han conocido. El hombre que se ganó su apodo por su forma de atrapar a los piratas como el Garfio: rápida, mortal, sorpresiva.

Como los cocodrilos, este hombre sólo emerge cuando va a atacar y luego vuelve a sumergirse en quién sabe dónde, aunque debe ser un reino profundo porque nadie vuelve a saber de él hasta que llega el rumor de que un pueblo más ha vuelto a ser seguro y apacible gracias a su intervención. El Cocodrilo es casi infalible y ese casi se lo debe a El Garfio: el capitán ha sido el único que se le ha escapado.

Cuenta la leyenda que alguna vez El Cocodrilo estuvo tan cerca del Garfio que le cortó la mano, aunque el resto del cuerpo huyó. Desde entonces lo persigue por ríos y montañas, esperando el momento preciso para atacar. Dicen que el corazón de El Cocodrilo late al ritmo de un reloj que marca la hora en que dé muerte al Garfio. Es cierto. El Capitán lo sabe. También lo saben los niños perdidos y Wendy que, como todos, espera con ansiedad el momento en el que el reloj de El Cocodrilo marque la hora final.

El único que no quiere que ese reloj se detenga es el Garfio. A pesar de haber puesto de rodillas a un pueblo entero, tiene miedo. Vive con miedo. Respira miedo sabiendo que su muerte lo espera a la vuelta de la esquina o quizá oculta debajo de la cama. Y no será una muerte tranquila sino proporcional a la mucha sangre que él mismo ha derramado. Quizá sea por eso que se apresura a vivir, a tomar, casi siempre por las malas, todo aquello que le procure placer, como Wendy y su vestido corto.

Piensa en esa niña, que ya para este momento se ha convertido en la madre de unos niños que son más salvajes que las bestias salvajes que los rodean, pero que la obedecen y la cuidan como a sus propias vidas. Peter es el primero en quererla y por ello Campanita la detesta. Pero ese es el menor de los problemas de Wendy. Ay, si pudiéramos prevenirla…

Pero nada podemos hacer para evitar que, a raíz de la huida de Wendy y sus hermanos, el odio del Garfio se haya transformado en algo tan negro y viscoso que casi puede tocarse. Sin importarle plaza ni negocio, puso todos sus esfuerzos en encontrar la ubicación exacta de Nunca Jamás. Nadie se los ordenó, en ningún lugar estaba la instrucción, pero desde el día en que los niños perdidos se juntaron, adoptaron su papel de enemigos del Garfio y sus hombres: si eran ellos los causantes de su necesidad de no crecer, a ellos había que destruir. Por eso los enfrentaban con valentía y eficacia aunque, lamentablemente, las armas de los hombres hacían más daño que las de los niños. Su única ventaja eran los combates cuerpo a cuerpo porque a pesar de que los piratas eran más fuertes físicamente, los niños eran más ágiles, más veloces, más listos y, claro, podían volar. Pero como el mundo no sería mundo si los opuestos no se atrajeran, el vuelo de uno de los niños, uno medio descuidado, fue también su ruina.

Los halcones espías del Garfio lo otearon y le pasaron la información. Los ojos del Capitán resplandecieron. No tardó ni medio segundo en contar a sus hombres el plan que llevaba años perfeccionando en sus noches de insomnio.

—Será un abordaje pirata. Los sorprenderemos al amanecer para que sus sueños se pongan de nuestra parte y no sepan por dónde les llegó la muerte. Capturen a los que puedan porque, ya creciditos, los niños perdidos podrían ser buenos piratas. Pero si hay necesidad de matar… —y Garfio soltó una carcajada que aún resuena por aquellas montañas—. Y que nadie se acerque a Wendy. Ella es mía —aquella fue la instrucción y fue cumplida al pie de la letra.

 

*

 

Antes de que amaneciera, los niños perdidos estaban de regreso en la cueva sin graves daños pero completamente agotados. Wendy les dio sólo media hora de juego antes de mandarlos a la cama.

El sol, tímido, apenas asomaba la cabeza cuando ocurrió la masacre.

Los niños perdidos estaban en clara desventaja por haber sido sorprendidos a traición. Hubo sangre y fuego y brillos de navajas que desaparecían al ser enterrados en un cuerpo enemigo. Pero no será este cuento donde se relate aquella tristeza, nosotros haremos lo mismo que Campanita: alejarnos.

Desde el principio, el hada comprendió que la derrota era segura: los niños estaban exhaustos y los piratas los rebasaban en número y en armas. Supo también que Peter era el que mayor peligro corría tan sólo con ver la volcánica mirada del Garfio. No pudo soportar aquello y salió volando como nunca había volado.

Mientras nosotros veíamos perderse en el horizonte a Campanita, el Capitán Garfio había logrado su cometido: Nunca Jamás era un campo de batalla y los dedos de las manos de los muertos fueron el ábaco con el que se contaron las bajas.

Las guerras son siempre atroces pero cuando hay niños de por medio son inenarrables. Vaya entonces una plegaria por todos los caídos en las batallas que los adultos organizamos como los estúpidos que somos.

Las hadas lloraban y las bestias de la montaña aullaban. Atados y amordazados, los niños perdidos escuchaban las risas del Garfio que sujetaba con fuerza a una Wendy que temblaba de pies a cabeza, ya sin fuerzas para seguir resistiéndose al abrazo como garra. Todo era felicidad, todo era perfecto para el Capitán… ¡Un momento! ¡Falta el más importante!

—¡¿Dónde diablos está Peter?! —gritó con la furia saliéndole a espumarajos de la boca y soltó un poco a su presa. Wendy aprovechó para enterrarle las uñas en la cara y Peter, que aguardaba el más mínimo error, saltó sobre el Garfio cuchillo en mano, trepó por su espalda y en menos de medio segundo ya tenía el filo sobre la garganta del enemigo.

Pero el Capitán también tenía algo en la mano; la pistola con la que apuntaba a Wendy.

—Si me matas, la mato. Decide, ¿ella o yo? ¿Quién va a salvarse, Peter?

Nunca sabremos cuál habría sido la respuesta del niño porque en ese momento, como si un relojero lo hubiera calculado, se oyó un tic-tac y Garfio palideció al creer que su hora, la hora marcada por El Cocodrilo, por fin había llegado. ¿Habría oído mal?

Escuchó bien: tic-tac. Y otro. Y uno más.

Tic-tac-tac-tac. ¿Se descompuso? No, es que no se trataba de un reloj sino de las armas que portaba el comando de El Cocodrilo y que apuntaban directo a la cabeza de todos y cada uno de los piratas.

Wendy miró a Campanita revolotear alrededor de El Cocodrilo y supo que ella lo había llamado. Fue la primera y última vez que hada y niña se sonrieron.       

El resto fue pura celebración y aquí sería nuestro deber decir que todos fueron felices para siempre, pero no sería preciso. Digamos pues la verdad: todos hicieron cuanto estuvo en sus manos para ser felices. El pueblo necesitaba tiempo para sanar sus heridas y Wendy quiso regresar junto a su madre para ayudar a curarlas. Así que la despedida tuvo que llegar.

—¿Vas a recordarme, Peter? —preguntó Wendy con una impertinente lágrima bajando por su mejilla.

—Siempre —respondió el niño quien, igual que el resto de los niños perdidos, aceptó la invitación de El Cocodrilo para convertirse en pacificadores como él. Eso sí, con la condición de que nunca, jamás, serían obligados a crecer.

Por otro lado, Wendy sí creció y se olvidó de las hadas. Incluso llegó a pensar que el Garfio había sido una pesadilla porque, en aquel apacible pueblo, ya nadie recordaba los días de guerra. Wendy se olvidó de casi todo, menos de Peter.

¿Y él? ¿La recuerda? Mejor no preguntarle. Los niños son los más valientes pero tienen mala memoria.

Y así sucederá siempre, siempre, mientras los niños sean alegres, inocentes… y un poquito egoístas.[iii]

 


[i] J. M. Barrie, Peter Pan y Wendy, ilustraciones de Mabel Lucie Attwell, Ed. Juventud, vigésimo segunda edición. Barcelona, 2000. 

[ii] Ídem.

[iii] Ídem.

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Tiempo en la casa 68
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Ana Romero

(La Piedad, Michoacán, 22 de octubre de 1975). Narradora y poeta. Estudió Psicología en la UAM y cursó el diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores de la Sogem. Se ha desempeñado como guionista de cine y televisión. Obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento Infantil Juan de la Cabada 2011 por Puerto libre. Historias de migrantes. Entre sus libros se encuentran Para cuando vuelvas (2007), La noche de la muñeca: una noche de espanto en doce horas y tres suspiros (2008), Un gato vago y sin nombre (2015), y Sirena (2019).


Valeria Gallo

(1973). Ilustradora. Estudió diseño en la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes. Ha colaborado con distintas editoriales en México, España, Brasil; tales como CIDCLI, Editorial Castillo, Edelvives, Santillana, Anaya, Edelbra, Ediciones SM. En 2011, fue merecedora del Primer lugar en el Catálogo de ilustradores de Publicaciones Infantiles y Juveniles de Conaculta. Fue seleccionada en el IV Catálogo Iberoamericano de Ilustración en 2013. En 2012 diseñó la imagen de la FILIJ 32, Feria Internacional de libros infantiles y juveniles. 

Instagram: @valeriagallo